El amanecer llegó lentamente sobre las tierras de Midgard. Tras la noche de incertidumbre, una tenue luz gris comenzó a filtrarse sobre el pueblo oculto bajo el gran domo que lo protegía del clima salvaje del norte. El viento golpeaba con fuerza el exterior de la barrera mágica, levantando torbellinos de nieve y hielo que jamás lograban atravesarla. Dentro, sin embargo, el asentamiento despertaba poco a poco: hogueras encendiéndose, guerreros vigilando las murallas y habitantes observando con curiosidad a los inesperados huéspedes que habían llegado desde reinos lejanos. Aunque por el momento la calma reinaba en aquel refugio invisible para el resto del mundo, en el ambiente aún flotaba la sensación de que aquella paz sería breve, como si todos, en el fondo, presintieran que la tormenta que se aproximaba no era de nieve… sino de guerra
La vida dentro del refugio comenzó a encontrar un ritmo extraño pero necesario. Los guerreros de Asgard y los gigantes de Jotunheim se habían instalado como podían entre las casas de madera del pueblo oculto en Midgard. Los heridos ocupaban varias cabañas improvisadas como refugios de descanso; algunos permanecían inconscientes, otros apenas podían moverse, mientras los curanderos y los habitantes del lugar hacían todo lo posible por atenderlos. Aquellos que aún podían mantenerse en pie no permanecían ociosos: ayudaban a transportar agua, reparar cercas, reforzar tejados o cualquier tarea que el pequeño pueblo necesitara para soportar la presencia de tantos huéspedes inesperados.
En una de las cabañas más apartadas, la situación era distinta. Allí yacía Loki, todavía inconsciente sobre un lecho improvisado. Su respiración era estable, pero profunda, como si su cuerpo aún luchara por recuperarse de las heridas que había sufrido. Sentada a su lado permanecía Angrboda, observándolo en silencio, atenta a cualquier señal de que finalmente despertara. No decía nada, pero su mirada no se apartaba de él ni por un instante.
Afuera de la cabaña, la presencia de Fenrir bastaba para mantener a cualquiera a prudente distancia. El enorme lobo permanecía echado frente a la entrada, vigilante, sus ojos dorados atentos a cada movimiento del lugar. Nadie se atrevía a acercarse demasiado sin necesidad.
A pocos metros de allí, el sonido seco del hacha rompiendo madera resonaba de manera rítmica. Eirik trabajaba sin descanso, partiendo troncos con golpes precisos mientras el frío aire del norte se mezclaba con el vapor de su respiración. Cada tajo era fuerte y limpio, como si necesitara descargar la tensión acumulada desde la batalla. Aunque el pueblo intentaba recuperar la normalidad, en el fondo todos sabían que aquel descanso era apenas un respiro antes de que la guerra volviera a alcanzarlos.
En otra de las cabañas del pueblo oculto en Midgard, el ambiente era mucho más silencioso. El interior estaba iluminado apenas por el tenue resplandor de un brasero, cuyas brasas crepitaban suavemente mientras el calor luchaba por mantener el frío fuera de la habitación.
Sobre dos lechos improvisados yacían Balder y Tyr, aún inconscientes, cubiertos de vendas y marcas de batalla. Sus respiraciones eran débiles pero constantes, señal de que al menos sus cuerpos seguían resistiendo.
Sentados cerca de ellos permanecían Odin y Thor, vigilando en silencio, esperando cualquier señal de mejoría.
El tiempo parecía moverse con lentitud.
Thor permanecía con los brazos apoyados sobre sus rodillas, la mirada fija en el suelo de madera. Había algo en su expresión que no era simplemente preocupación… era inquietud.
Finalmente rompió el silencio.
—Padre…
La voz del dios del trueno sonó más baja de lo habitual.
Odin levantó ligeramente la mirada.
—¿Qué ocurre, hijo?
Thor dudó un momento antes de continuar.
—¿Qué es lo que realmente somos?
Las cejas del Padre de Todo se fruncieron apenas.
—No comprendo tu pregunta.
Thor alzó la mirada, y en sus ojos se reflejaba algo poco común en él: duda.
—Escuché lo que dijo Astaroth… durante la batalla.
El silencio volvió a llenar la habitación.
—Dijo que tú… no eres más que una creación de algo superior.
Las brasas del fuego chisporrotearon suavemente.
—Que ninguno de nosotros toma realmente sus propias decisiones… que alguien más ya las escribió por nosotros.
Odin no respondió.
Thor continuó, su voz ahora cargada de una tensión que llevaba tiempo acumulándose.
—Pero eso no fue lo que más me inquietó.
El dios del trueno apretó ligeramente los puños.
—Cuando Nictofer habló conmigo…
Una pausa breve.
—Se refirió a mí como… su sobrino.
El silencio que siguió fue pesado.
Thor observó directamente a su padre.
—Dime la verdad, padre.
Su voz ya no era solo duda.
Era exigencia.
—¿Qué quiso decir con eso?