La luz que se filtraba por las rendijas de la cabaña caía suavemente sobre el cuerpo inmóvil de Loki. Afuera, Midgard seguía su curso con una calma casi indiferente, ajena a la destrucción de un reino entero y al peso que se acumulaba dentro de esas paredes.
Angrboda permanecía sentada a su lado, sosteniendo su mano desde hacía días. No había cambiado de lugar más de lo necesario, como si cualquier distancia, por mínima que fuera, pudiera romper algo que aún no entendía del todo. Sus dedos seguían firmes alrededor de los de él, aunque el cansancio ya comenzaba a reflejarse en su postura y en la quietud de su mirada.
Había pasado una semana.
Una semana desde que Loki cayó tras el esfuerzo descomunal en Jotunheim. Una semana desde que el mundo que conocían dejó de existir.
Angrboda observó su rostro con detenimiento, buscando algún indicio de cambio. La respiración seguía ahí, débil pero constante, suficiente para mantener viva una esperanza que se negaba a desaparecer.
—Siempre fuiste imprudente —murmuró, sin apartar la vista.
No había reproche en sus palabras, solo una tristeza contenida. Recordaba con claridad lo ocurrido: el poder que Loki había desatado, la forma en que se sostuvo cuando todo a su alrededor colapsaba, como si hubiera decidido cargar con algo que no le correspondía enfrentar solo.
Sus dedos se ajustaron ligeramente alrededor de su mano.
—No tenías que hacerlo solo…
El silencio volvió a imponerse. Pero esta vez no era vacío; estaba lleno de pensamientos que Angrboda ya no podía seguir evitando.
Cuando despierte.
La idea apareció con una claridad incómoda.
Su mirada descendió lentamente, deteniéndose en la unión de sus manos. No era miedo lo que sentía exactamente, sino algo más complejo: una mezcla de anticipación, angustia y una certeza inevitable de que no existían palabras adecuadas.
¿Cómo se le dice a alguien que su hogar ya no existe?
Que Jotunheim ha caído.
Que todo lo que conocía… desapareció.
Sus labios se tensaron, y por un instante cerró los ojos, como si así pudiera retrasar ese momento.
—Tu madre…
La frase apenas salió, casi como un susurro que no se atrevía a tomar forma completa. Ese era el golpe más profundo, el que no admitía consuelo ni explicación. Un reino podía perderse, reconstruirse incluso con el tiempo, pero eso… eso no.
Angrboda apretó su mano con más fuerza, como si intentara anclarlo a ese instante, a ese silencio previo a la ruptura.
—Despierta primero —dijo finalmente, con una voz baja pero firme—. Lo demás… vendrá después.
Se inclinó ligeramente, apoyando la frente sobre su mano sin soltarlo. Afuera, el viento seguía recorriendo el pueblo, moviendo las hojas con suavidad, como si el mundo insistiera en continuar sin detenerse.
Dentro de la cabaña, en cambio, todo parecía suspendido. No había certezas, no había respuestas, solo la espera… y la conciencia de que, cuando Loki abriera los ojos, nada de lo que conocía seguiría en pie.
La puerta de la cabaña se abrió con un leve crujido. El aire frío de afuera se coló por un instante antes de que Eirik entrara, cerrando tras de sí con cuidado. Su mirada recorrió el interior hasta detenerse en Loki, inmóvil en el lecho.
—¿Algún cambio?
Angrboda no apartó la vista de él.
—Aún nada.
Eirik soltó un suspiro bajo, cruzándose de brazos mientras se acercaba un poco más, observándolo con detenimiento. Había algo incómodo en esa quietud, algo que no encajaba con la imagen que tenía de Loki.
—Vaya… —murmuró—. Supongo que se está tomando en serio lo de tomarse un respiro.
El intento de ligereza no encontró respuesta. Angrboda permaneció en silencio unos segundos más antes de hablar, su voz baja, pero firme.
—Me preocupa.
Eirik la miró de reojo, notando el cambio en su tono.
—¿Por él?
Angrboda asintió levemente.
—Por lo que viene después.
Sus dedos se ajustaron alrededor de la mano de Loki, como si ese simple gesto pudiera sostener algo que estaba a punto de romperse.
—Cuando despierte… —continuó— no habrá forma de evitarlo.
Eirik frunció ligeramente el ceño.
—¿Evitar qué?
Angrboda bajó la mirada, y por un instante pareció dudar. No en lo que iba a decir… sino en decirlo en voz alta.
—Que perdió su hogar.
El silencio se hizo más denso.
—Y a su madre.
Las palabras quedaron suspendidas en el aire, pesadas, definitivas. Eirik no respondió de inmediato. Su expresión cambió apenas, lo suficiente para dejar ver que entendía la magnitud de lo que eso significaba.
Desvió la mirada hacia Loki, como si intentara ver más allá de ese estado inerte, como si buscara al hombre que tendría que cargar con esa verdad.