En lo más profundo de los dominios donde el fuego no solo ardía, sino que devoraba sin descanso, existía un reino que no conocía calma. No era un lugar gobernado por ciclos ni por leyes naturales, sino por una voluntad abrasadora que consumía todo lo que tocaba. El aire mismo parecía distorsionarse, cargado de una energía densa, corrupta, como si la realidad se viera obligada a sostener algo que no le pertenecía. Allí, entre mares de llamas y tierra resquebrajada, se gestaba una fuerza que no buscaba conquistar… sino arrasar, extenderse y reducir todo a cenizas. Y en el centro de ese dominio, donde el calor alcanzaba niveles insoportables incluso para los suyos, una presencia comenzaba a moverse nuevamente.
Furcas permanecía de pie sobre una extensión de roca ennegrecida, elevada lo suficiente para observar lo que quedaba de las fuerzas reunidas. A simple vista, el fuego que envolvía el entorno y la presencia de aquellas criaturas podía dar la impresión de un ejército imparable, pero él sabía la verdad. La batalla en Jotunheim había cobrado un precio más alto de lo que muchos admitirían. Las filas estaban incompletas, los espacios entre las formaciones eran demasiado amplios, y aunque el fervor seguía presente, la cantidad ya no era la misma.
Su mirada recorrió lentamente a las tropas. Algunas figuras aún mostraban rastros del combate: grietas en sus formas, llamas inestables, movimientos más pesados. No era debilidad en el sentido común… pero sí desgaste.
—No es suficiente… —murmuró para sí mismo, sin apartar la vista.
No para lo que vendría.
Porque si algo había dejado claro Jotunheim, era que incluso con ese poder… el costo existía.
Furcas entrecerró los ojos, pensativo. No dudaba de la victoria cuando su señor estuviera presente. Eso no estaba en discusión. Pero un nuevo avance, otra ofensiva directa, requeriría algo más que poder bruto.
Requeriría precisión.
Y aun así…
Su atención se desvió hacia el horizonte incandescente del reino, como si esperara que en cualquier momento algo irrumpiera en ese paisaje consumido por el fuego.
Porque sabía que no tendría que esperar mucho.
La llegada de su señor no solo traería dirección…
Traería algo más.
Algo que haría que el número de tropas dejara de importar.
A lo lejos, el aire comenzó a distorsionarse.
No fue un cambio abrupto, sino una alteración progresiva, como si el propio espacio se viera forzado a abrirse. Las llamas cercanas se inclinaron en una misma dirección, y una grieta incandescente terminó por formarse en medio del horizonte ardiente.
Un portal.
De su interior emergió una figura.
Astaroth.
Su presencia no necesitó anuncio. El entorno mismo pareció reaccionar a su llegada, como si incluso ese reino reconociera algo superior. Dio un paso al frente, cruzando completamente el umbral, y sin detenerse avanzó en dirección a su salón.
Furcas lo observó desde la distancia, su postura tensándose apenas. No tardó en moverse. Descendió de su posición y se dirigió tras él, siguiéndolo hasta el interior del salón, donde el calor se volvía aún más denso, más opresivo.
Astaroth ya había tomado su lugar.
Sin ceremonia. Sin pausa.
Furcas se detuvo a unos metros, firme, sin inclinarse, pero midiendo cada palabra antes de hablar.
—No sé qué hacía perdiendo el tiempo en Muspellheim —dijo directamente—. Mientras usted se permitía ese desvío… revisé nuestras fuerzas.
Astaroth no respondió.
Ni siquiera levantó la mirada.
—No son suficientes —continuó Furcas—. Jotunheim nos costó más de lo que aparenta. Si pretendemos avanzar de la misma forma…
No terminó la frase.
—Cuida el tono.
La voz de Astaroth fue baja.
Pero bastó.
El aire dentro del salón se volvió más pesado, como si la presión misma descendiera sobre el lugar.
—O te arrancaré la lengua… —añadió, sin alzar la vista— y se la daré de comer a los cerberos.
El silencio cayó de golpe.
Furcas no retrocedió, pero su postura cambió apenas lo suficiente para mostrar que entendía el límite.
Entonces, Astaroth levantó la mirada.
Y en ese instante…
quedó claro que el número de tropas no era lo que realmente importaba.
Astaroth sostuvo la mirada unos segundos más, suficiente para dejar claro que no había lugar para cuestionamientos innecesarios. Luego, con una calma casi indiferente, habló.
—No tienes de qué preocuparte.
Furcas entrecerró los ojos, atento.
—Las fuerzas de Muspellheim están ahora a mi disposición.
El silencio que siguió no fue de duda… fue de sorpresa contenida.
Astaroth continuó, como si fuera algo menor.