Afuera, el aire corría con más libertad. Eirik permanecía de pie a un lado de la cabaña, inhalando con calma, como si intentara sacudirse el peso que aún cargaba desde dentro. No era paz… pero al menos era espacio.
A unos metros, Fenrir permanecía recostado, aunque su postura distaba mucho de ser relajada. Sus ojos recorrían el entorno con atención constante, midiendo cada movimiento, cada sonido, como si esperara que algo saliera mal en cualquier momento.
El murmullo del pueblo comenzó a acercarse.
Un par de niños.
Se detuvieron al verlo, completamente fascinados. Sus ojos brillaban con una mezcla de asombro y emoción. No veían una amenaza… veían algo extraordinario.
Se miraron entre sí, dudando apenas, hasta que uno dio un paso al frente.
Luego otro.
Eirik los notó, pero no intervino.
Uno de los niños extendió la mano, con esa inocencia que no conoce consecuencias.
El gruñido de Fenrir fue inmediato.
Bajo. Profundo. Amenazante.
Los niños se congelaron… y luego huyeron, el miedo reemplazando de golpe la fascinación.
El silencio volvió.
Eirik giró la cabeza hacia Fenrir, frunciendo ligeramente el ceño.
—¿En serio?
Fenrir no respondió.
—Eran solo niños —añadió—. No tenías que reaccionar así.
Fenrir movió apenas la cabeza, sin apartar la mirada del entorno.
—Eso es lo que parecen.
Eirik alzó una ceja.
—¿"Parecen"?
Hubo una breve pausa.
—Los humanos siempre parecen inofensivos… al principio.
El tono de Fenrir no cambió, pero había algo distinto en sus palabras. Algo más profundo.
Eirik lo observó con más atención.
—Eran niños —insistió—. No soldados, no cazadores.
Fenrir soltó una exhalación leve, casi imperceptible.
—También lo eran… la primera vez.
El silencio que siguió fue distinto.
Más pesado.
Eirik dejó de sonreír.
—¿Qué quieres decir con eso?
Fenrir no respondió de inmediato. Sus ojos se mantuvieron fijos al frente, pero su expresión se endureció apenas.
—Que la curiosidad… —dijo finalmente— es lo que viene antes de las cadenas.
Eirik no dijo nada.
Fenrir continuó, con la misma calma incómoda:
—Primero se acercan. Observan. Tocan. Se maravillan.
Una pausa.
—Y luego regresan con más.
El viento pasó entre ambos, arrastrando hojas secas por el suelo.
—Con miedo.
Otra pausa.
—Y el miedo… siempre termina en violencia.
Eirik apretó ligeramente la mandíbula, procesando.
—No todos son así.
Fenrir giró apenas la cabeza hacia él.
—Suficientes lo son.
El silencio cayó otra vez.
Eirik desvió la mirada, pensativo.
—Aun así… —murmuró— no eran ellos.
Fenrir volvió a mirar al frente.
—No.
Una pausa breve.
—Pero podrían serlo.
El ambiente se tensó ligeramente, pero ya no era por lo que había pasado… sino por lo que Fenrir había dejado entrever.
No era desconfianza sin razón.
Era memoria.
Y no una que estuviera dispuesto a olvidar.
Eirik permaneció unos segundos en silencio después de lo ocurrido con los niños, observando a Fenrir con una mezcla de curiosidad y ligera frustración. No era la primera vez que reaccionaba así… pero ahora entendía que no era solo carácter.
—Tarde o temprano tendrás que aprender a confiar —dijo finalmente, con un tono más calmado—. No todo lo que se acerca a ti quiere hacerte daño.
Fenrir no respondió. Su mirada seguía fija al frente, atento a todo, como si las palabras de Eirik no tuvieran peso suficiente para desviar su atención.
Eirik soltó una leve exhalación y esbozó una media sonrisa.
—Y aun así… mírate —añadió, cruzándose de brazos—. Todo un lobo feroz, imponente, aterrador. ¿Quién en su sano juicio se atrevería a hacerte algo?
Dio una breve pausa, ladeando la cabeza con cierta ironía.
—Solo un completo idiota intentaría lastimarte.
El viento sopló entre ambos, moviendo ligeramente la ropa de Eirik y agitando el pelaje de Fenrir. Por un instante, todo pareció en calma.