Fallen Gods

CAPITULO #25 PARTE 3: Los Verdaderos Depredadores

El bosque recibió a Eirik y Adalsten con un silencio tan profundo que parecía devorar cualquier sonido. Bajo la nieve intacta, cada huella contaba una historia, y cada árbol ocultaba secretos que pocos se atrevían a descubrir. Lo que comenzó como una simple expedición para llevar alimento a Ravnberg pronto revelaría que, en aquellas tierras olvidadas por el mundo, no toda criatura era un animal... y no todo cazador estaba destinado a regresar como tal.

Por un instante, el jabali pareció percatarse de algo.

Se detuvo.

Alzó ligeramente la cabeza.

Había sentido las presencias… pero no las consideró amenaza.

No todavía.

Adalsten no parpadeó. La cuerda del arco estaba completamente tensa.

Solo necesitaba un segundo más.

Pero entonces—

crack.

El sonido fue seco. Inconfundible.

Eirik había dado un paso en falso.

La rama bajo su pie se partió.

El jabalí reaccionó al instante.

Su cabeza se giró con violencia hacia ellos, sus ojos ahora fijos… alertas.

El bosque entero pareció contener la respiración.

El jabalí permaneció inmóvil por un instante, con la respiración pesada saliendo de su hocico mientras sus ojos recorrían el entorno, buscando la fuente de la amenaza que había perturbado su calma. Sus orejas se movieron levemente, captando cada mínimo sonido del bosque… hasta que, entre los troncos, encontró algo.

Adalsten.

Sus miradas se cruzaron por una fracción de segundo… y fue suficiente.

El cambio en la bestia fue inmediato. Su cuerpo se tensó, sus músculos se marcaron bajo la piel gruesa como piedra, y un gruñido profundo, cargado de furia, emergió desde lo más hondo de su pecho. Ya no había duda: había elegido su objetivo.

Adalsten no retrocedió. En un movimiento limpio, firme, levantó el arco, colocó la flecha y tensó la cuerda hasta el límite, apuntando directamente a la cabeza de la criatura, buscando el punto exacto para derribarla antes de que fuera demasiado tarde.

Entonces, el jabalí avanzó.

Salió de entre la vegetación como una avalancha viva, arrancando ramas y arbustos a su paso, y fue en ese momento cuando su verdadero tamaño quedó al descubierto. No era un animal común… era una monstruosidad. Más de cuatro metros de altura, una masa descomunal de carne y furia, con colmillos que parecían capaces de atravesar piedra y una presencia que hacía temblar el aire a su alrededor.

Adalsten no dudó.

Soltó la cuerda.

La flecha surcó el aire con precisión, directa, letal… impactando de lleno contra la cabeza de la bestia.

Pero no penetró.

En el instante en que tocó su piel, la flecha se hizo pedazos, como si hubiera chocado contra roca sólida. Fragmentos de madera salieron despedidos en distintas direcciones, inútiles, insignificantes.

Adalsten abrió los ojos, incrédulo.

—¿Qué carajo…?

No hubo tiempo para más.

El jabalí ya estaba sobre él.

Adalsten reaccionó por instinto, lanzándose hacia un lado justo cuando la bestia atravesaba el espacio donde él había estado un segundo antes. El impacto fue devastador: el árbol que se encontraba detrás de él estalló en mil pedazos, el tronco partiéndose como si no fuera más que madera seca ante la fuerza brutal de la embestida.

Astillas volaron por el aire. El suelo vibró.

Y la criatura… ni siquiera se detuvo.

El jabalí no cayó.

Por el contrario, se reincorporó con una lentitud inquietante, como si el impacto no hubiera sido más que una molestia menor. Fragmentos del árbol destrozado aún colgaban de su cuerpo, incrustados entre su piel gruesa, pero bastó un violento sacudón para desprenderlos. Astillas y trozos de madera salieron despedidos en todas direcciones, golpeando el suelo con un sonido seco.

La criatura resopló.

Un vapor denso escapó de sus fosas nasales, mientras sus pezuñas se hundían ligeramente en la tierra húmeda. No había confusión en su mirada… no había duda.

Solo furia.

Lentamente, alzó la cabeza.

Y volvió a fijar sus ojos en Adalsten.

Esta vez no fue un reconocimiento casual.

Fue una elección.

El bosque pareció encogerse a su alrededor, como si todo lo demás dejara de importar. El jabalí inclinó levemente el cuerpo hacia adelante, tensando cada músculo, marcando la intención clara de lo que vendría.

Adalsten lo entendió al instante.

—No le hice nada… —murmuró, casi sin creérselo, mientras retrocedía un paso, manteniendo la distancia—. Ni siquiera lo rozó…

Sus dedos buscaron otra flecha, pero esta vez no hubo la misma seguridad en el movimiento.

Porque ahora lo sabía.



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En el texto hay: accion, mitología y leyendas, fantasía oscuro

Editado: 02.08.2026

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