Fallen Gods

CAPITULO #27 PARTE 1: El Colmillo de la Bestia

El aire gélido del bosque parecía haberse vuelto más pesado. La nieve crujía bajo las patas del gigantesco jabalí mientras este resoplaba con fuerza, expulsando densas columnas de vapor que se mezclaban con la neblina del amanecer. Frente a él, Eirik y Adalsten permanecían separados por varios metros, respirando con dificultad y sin apartar la vista de las dos criaturas que tenían delante. Lo que había comenzado como una expedición para dar caza a una bestia legendaria se había convertido en una lucha desesperada por sobrevivir. El enorme jabalí poseía una fuerza descomunal y una piel tan resistente que sus espadas apenas conseguían arañarla, mientras que la misteriosa figura con cuerpo de hombre y cabeza de toro continuaba inmóvil entre los árboles, observándolos con una inquietante serenidad, como si estuviera esperando el momento perfecto para intervenir.

Durante unos instantes, el bosque quedó sumido en un silencio antinatural. Ni el viento parecía atreverse a cruzar entre los árboles. Entonces, el jabalí golpeó el suelo con una de sus pezuñas, inclinó lentamente la cabeza y comenzó a escarbar la tierra con una violencia creciente. Raíces, nieve y piedras salieron despedidas en todas direcciones mientras un gruñido profundo hacía vibrar el aire. Eirik comprendió de inmediato lo que iba a ocurrir y ajustó el agarre sobre la empuñadura de su espada, flexionando las piernas para recibir el impacto.

No fue suficiente.

La bestia salió disparada como un proyectil, arrancando una estela de nieve a su paso. La velocidad era absurda para una criatura de semejante tamaño. La criatura continuó avanzando con la misma fuerza, llevándoselo consigo como si apenas pesara.

—¡Eirik! —gritó Adalsten, dando un paso al frente por puro instinto.

Los árboles comenzaron a caer uno tras otro al paso del jabalí. Troncos centenarios se partían en dos con estruendos ensordecedores mientras astillas de madera salían despedidas por todas partes. Eirik apenas podía protegerse el rostro de los fragmentos que volaban a su alrededor. Cada nuevo impacto contra los troncos hacía que el dolor recorriera todo su cuerpo, pero la bestia ni siquiera disminuía la velocidad. Era una fuerza de la naturaleza desatada, imposible de detener mediante la fuerza bruta.

Adalsten apretó los dientes mientras observaba cómo su compañero desaparecía entre la arboleda, incapaz de alcanzarlo sin exponerse a la segunda amenaza que seguía inmóvil a pocos metros de distancia. La enorme criatura con cabeza de toro no había dado un solo paso desde que comenzó el combate. Permanecía erguida, con los brazos relajados a los costados y la mirada fija en él. Aquella quietud resultaba mucho más perturbadora que la violencia del jabalí. No parecía una bestia dominada por el instinto, sino un guerrero que estudiaba cada movimiento de su adversario antes de decidir cuándo atacar. Por primera vez desde que había comenzado aquella misión, Adalsten comprendió que enfrentaban algo mucho peor que dos simples monstruos legendarios. Aquellas criaturas parecían haber sido creadas para matar.

Adalsten observó cómo Eirik desaparecía entre la arboleda, arrastrado por la embestida del gigantesco jabalí. Maldijo por lo bajo, consciente de que perseguirlo significaba darle la espalda a la otra criatura. No tenía elección. Respiró hondo, dio un paso hacia atrás y llevó una mano a su espalda, descolgando el arco con un movimiento fluido. Sabía que enfrentarse cuerpo a cuerpo contra una bestia de semejante tamaño sería un suicidio; si quería tener alguna oportunidad, necesitaba mantener la distancia y encontrar un punto vulnerable.

Sin embargo, aquel simple movimiento bastó para que el monstruo actuara.

La criatura de cabeza de toro flexionó las piernas y, contra toda lógica, recorrió la distancia que los separaba en apenas un instante. Su enorme mazo describió un arco devastador que hizo vibrar el aire antes incluso de impactar. Adalsten reaccionó por puro instinto, lanzándose hacia un lado mientras el arma se estrellaba contra el suelo con una violencia aterradora. La tierra explotó bajo el impacto y un árbol cercano se partió por la mitad, desplomándose entre una lluvia de astillas y nieve.

Adalsten no perdió tiempo. Aprovechó el breve instante para incorporarse y echar a correr entre los árboles, buscando el espacio suficiente para tensar el arco y realizar un disparo limpio. Conocía bien sus fortalezas; un arquero necesitaba distancia, calma y precisión. Pero, por más que aceleraba el paso, una sensación incómoda comenzó a instalarse en su mente. El sonido de las pesadas pisadas no se alejaba. Permanecía justo detrás de él.

Se atrevió a mirar de reojo.

La bestia seguía allí.

Su imponente cuerpo avanzaba con una rapidez imposible para alguien de semejante tamaño, acortando y manteniendo la distancia con una facilidad escalofriante. No corría de manera torpe ni descontrolada como el jabalí. Cada movimiento era preciso, calculado, como el de un guerrero acostumbrado al combate. Mientras perseguía a Adalsten, balanceaba el gigantesco mazo una y otra vez, obligándolo a cambiar constantemente de dirección para evitar unos golpes capaces de pulverizar cualquier cosa que tocaran.

El bosque se convirtió en un infierno de madera quebrándose. Cada impacto arrancaba árboles de raíz o partía gruesos troncos como si fueran simples ramas secas. Las astillas silbaban alrededor de Adalsten mientras este zigzagueaba desesperadamente entre la vegetación, consciente de que un solo error bastaría para acabar con él.



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En el texto hay: accion, mitología y leyendas, fantasía oscuro

Editado: 13.08.2026

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