Fallen Gods

CAPITULO #28 PARTE 4: Un Hijo, No un Arma

El espacio que los rodeaba comenzó entonces a estremecerse. La imagen del lago se deformó lentamente, como si la propia memoria estuviera siendo arrastrada por una corriente invisible. El agua, las montañas y las figuras de las Nornas comenzaron a desvanecerse hasta convertirse en manchas de luz que se mezclaron unas con otras. Tyr permaneció inmóvil mientras contemplaba cómo el paisaje cambiaba frente a sus ojos.

Cuando la distorsión desapareció, Tyr reconoció inmediatamente el lugar.

Los campos de entrenamiento de Asgard se extendían ante él. Decenas de guerreros practicaban con sus armas mientras otros combatían entre sí bajo la supervisión de los maestros de armas. El sonido del metal chocando, los gritos de los soldados y el estruendo de los golpes llenaban el aire. Pero, en medio de aquel escenario, había alguien que destacaba por encima de todos.

Balder.

Tyr miró hacia él y después volvió la vista hacia Odin. Comprendió entonces que estaba contemplando otro momento de su pasado, uno ocurrido poco después de la visita al lago.

Después de recibir la profecía, Odin había tomado una decisión.

Si Balder era realmente el guerrero que las Nornas habían descrito, entonces no permitiría que aquel destino se desperdiciara.

Desde aquel día, su entrenamiento cambió por completo.

Odin comenzó a exigirle mucho más de lo que exigía a cualquier otro guerrero de Asgard. Cada combate debía llevarlo más allá de sus límites; cada derrota debía convertirse en una lección y cada victoria debía ser el comienzo de un desafío todavía mayor. Odin no quería simplemente que Balder fuera un guerrero poderoso. Quería convertirlo en el guerrero que, según él, estaba destinado a convertirse.

Tyr observó en silencio cómo Odin permanecía de pie junto al campo de entrenamiento, siguiendo cada movimiento de Balder con una atención absoluta.

Para Odin, aquello no era simplemente un entrenamiento.

Era la preparación de su hijo para el futuro que las Nornas le habían prometido.

Y mientras Tyr contemplaba aquella escena, una pregunta comenzó a crecer nuevamente en su mente.

¿Por qué estaba viendo todo aquello?

¿Qué tenía que ver el entrenamiento de Balder con la verdad que Zong Khui quería mostrarle?

Tyr todavía no podía imaginarlo.

Porque, en ese momento, ninguno de los dos comprendía que aquella memoria no hablaba solamente de Balder.

También mostraba el primer gran error que Odin había cometido al intentar interpretar el destino de su propio hijo.

Odin decidió supervisar personalmente cada etapa del entrenamiento de su hijo. No delegó aquella responsabilidad en los maestros de armas ni permitió que otros guerreros determinaran hasta dónde debía llegar Balder. Desde entonces, fue él mismo quien estuvo presente en cada sesión, observando cada movimiento, corrigiendo cada postura y exigiendo de su hijo un nivel de perfección que, para alguien de su edad, resultaba prácticamente imposible de alcanzar.

Al principio, Balder tuvo enormes dificultades para adaptarse a la intensidad con la que su padre lo instruía. Apenas tenía diez años, pero Odin ya lo trataba como si fuera un guerrero adulto que debía estar preparado para enfrentarse a los mayores peligros de los Nueve Reinos. Los entrenamientos podían prolongarse durante horas, hasta que los músculos del muchacho apenas respondían y su respiración se volvía pesada. Sin embargo, cuando Balder pensaba que finalmente había hecho suficiente, Odin siempre encontraba algo que corregir.

A pesar de su corta edad, las capacidades físicas de Balder eran extraordinarias. Podía enfrentarse simultáneamente a cinco hombres entrenados y mantenerse en combate durante varios minutos sin que su cuerpo mostrara señales de agotamiento. Su fuerza superaba ampliamente la de otros niños de su edad, su velocidad le permitía anticiparse a ataques que muchos adultos ni siquiera alcanzaban a percibir y su resistencia parecía no tener límites. Para cualquiera que observara aquellos entrenamientos desde fuera, Balder era un prodigio.

Pero para Odin, aquello no era suficiente.

Cada vez que Balder cometía el más mínimo error, la expresión de su padre cambiaba. Una postura incorrecta, un golpe ejecutado con demasiada fuerza, un instante de duda o una abertura en su defensa eran suficientes para que Odin considerara que había fallado. No importaba cuántos adversarios hubiera derrotado ni cuánto hubiera mejorado desde el entrenamiento anterior; Odin siempre encontraba aquello que todavía no era perfecto.

—Otra vez.

Balder levantaba lentamente su arma, respirando con dificultad.

—Padre, estoy cansado...

Odin no respondió con compasión. Simplemente señaló el campo de entrenamiento.

—Entonces aprende a luchar estando cansado.

Balder apretó los dientes y volvió a colocarse en posición.

Lo intentó una vez más.

Y volvió a fallar.

Odin negó con la cabeza.

—Demasiado lento.

Balder volvió a intentarlo.



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En el texto hay: accion, mitología y leyendas, fantasía oscuro

Editado: 20.09.2026

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