El lobo está al acecho, ten cuidado en dónde caminas.
Toda la noche no pude dormir. Cada vez que cerraba los ojos, revivía la escena de cuando encontré a Mysie. Recuerdo que ayer acompañé a mi padre a darle la noticia a la madre de Mysie. Cuando papá se lo contó, ella gritó tan fuerte que mi corazón se partió en mil pedazos.
Katy, la madre de Mysie, se dejó caer al suelo y mi padre se acurrucó a su lado, abrazándola con ternura.
Katy había perdido el año anterior a su esposo, quien falleció a causa de un cáncer de próstata, y ahora también estaba perdiendo a su única hija.
Recorro los pasillos de la secundaria. Los estudiantes nos dirigimos al auditorio; el director quiere dar unas palabras en memoria de Mysie. Nada se siente igual. Las personas susurran, comentando sobre lo ocurrido anoche, un suceso muy extraño. Concuerdo con ellos: no creo que Mysie haya sido asesinada por lobos, ya que aquí en Falltown no hay lobos. He insistido mucho a mi padre para que investigue el caso a fondo y encuentre al asesino de mi mejor amiga.
Tomo asiento en una de las sillas del auditorio, que comienza a llenarse poco a poco. El director se sube al escenario y se detiene detrás del púlpito de madera, donde sobre él descansa el micrófono. Detrás del director están todos los profesores, mi padre y otros oficiales.
—¡Buenos días! —exclama el director, logrando que los estudiantes guarden silencio—. Hoy nos encontramos de luto por la muerte de nuestra estudiante Mysie Kenne, una joven muy amable y disciplinada. Es una gran y profunda tristeza la que sentimos hoy —confiesa—. El entierro de Mysie será a las tres, y el sheriff Evans quiere dar una información.
El director se hace a un lado, y mi padre camina con pasos lentos, pero firmes hasta quedar al lado del director Fisher.
—Jóvenes, el caso de Mysie está siendo atendido. Los guardabosques están inspeccionando el bosque para verificar si hay lobos en Falltown. Por el momento, no tenemos información, pero les recomiendo evitar el bosque hasta que todo esté seguro —informa mi padre.
El cielo está cubierto de nubes grises y la brisa sopla con fuerza, trayendo el aroma a pasto recién cortado. Los sollozos de la madre de Mysie se escuchan con tanta intensidad que opacan las palabras del párroco. Todos nos mantenemos en silencio, observando cómo ella se aferra al ataúd de su hija, sollozando con un dolor desgarrador. Su hermana y el cuñado se acercan hasta ella y la separan del ataúd para poder enterrarlo.
Escucho algo crujir cerca de mí. Dirijo mi mirada hacia la derecha, a lo lejos, veo a Sybil, vestido de negro, observando cómo entierran el ataúd donde reposa el cuerpo de Mysie. Detrás de él, a unos cuantos metros entre los árboles, logro vislumbrar la silueta de un chico de pie, ocultándose entre las sombras. Su mirada está fija en Sybil.
Al sentir mi mirada, me sonríe y luego gira un poco la cabeza para mirar detrás de él. Al hacerlo, su sonrisa se ensancha aún más y la silueta del chico desaparece entre la oscuridad del bosque. Sybil vuelve a dirigir su mirada hacia mí.
Agita su mano izquierda en una despedida, para luego darme la espalda y comenzar a caminar en dirección a donde antes estaba la silueta del chico. Doy un brinco al sentir que alguien posa su mano sobre mi hombro. Al girarme con brusquedad, mi padre alza las manos y me observa con curiosidad.
—¿Hollis, qué te sucede? —inquiere al verme tan nerviosa.
Dirijo una rápida mirada hacia donde vi a Sybil, pero ya no hay nadie, lo cual me hace fruncir el ceño ante este extraño suceso.
—Estoy bien, solo que aún estoy en shock por lo de anoche y lo que sucedió con Mysie —admito. Mi papá se acerca a mí y me abraza con fuerza.
—Siempre voy a estar aquí para ti, cariño —me susurra, a la vez que deja un beso en mi frente.
—Lo sé, papá —murmuro, a la vez que mi mente comienza a generar mil ideas y escenarios extraños sobre lo ocurrido con Sybil y el chico.
Aunque, pensándolo bien, anoche estaban esos dos chicos desconocidos con armas y extrañas vestimentas. Parecía que ambos perseguían algo o a alguien. Además de eso, la silueta amorfa que vi varias veces anoche y, por último, esos ojos rojos que es imposible que pertenezcan a un ser humano… Todo lo que está sucediendo es completamente loco. Solo una persona cuerda podría volverse loca como yo con todo esto.
—¿Puedes llevarme a casa? Quiero descansar —él asiente.
—Esta noche tengo turno —comenta.
Ambos caminamos hasta la patrulla.
Al llegar, nos subimos en silencio y él enciende el motor. Apoyo mi cabeza en la ventana, observando el paisaje. El pueblo está rodeado de un bosque amplio y abundante. Los árboles de roble y pino pasan a una velocidad que lucen borrosos.
—¿Estás segura de que quieres quedarte sola? Puedo llevarte conmigo a la estación —sugiere a la vez que estaciona el vehículo frente a nuestra casa.
—Necesito asimilar todo lo que está sucediendo y quiero hacerlo sola —admito, abro la puerta, pero él me detiene sujetando mi hombro. Volteo el rostro para verlo; su mirada refleja cansancio y desasosiego.
—No quiero que te encierres y ocultes tus sentimientos y emociones, como lo hiciste cuando tu madre murió —comenta. Suelto un suspiro.
—No va a pasar. Cuando mamá murió, solo tenía diez años. Fue muy duro para mí perder mi figura materna, mientras tú te sumergías en tu trabajo para no pensar en ella; me hiciste aún lado —admito—. Igualmente, te amo porque sigues siendo mi padre y entiendo que esa fue tu manera de llevar tu duelo. Así que, por favor, déjame sobrellevar a mi manera la muerte de mi mejor amiga.
Salgo del vehículo cerrando la puerta con ímpetu. Mis pasos son firmes, pero están cargados de frustración a la vez que me dirijo hacia la casa. Mis ojos comienzan a nublarse debido a las lágrimas que esfuerzo por contener, y mi garganta se siente tensa y dolorida a causa del nudo que me restringe, impidiéndome gritar y liberar toda la rabia acumulada dentro de mí.
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Editado: 13.02.2025