A media que los secretos se desvelan, las verdades inquebrantables cambiaran el destino para siempre.
Empujo con fuerza las puertas del instituto, sintiendo el chillido de las bisagras al abrirse, la noche anterior fue larga y tortuosa; apenas logre cerrar los ojos, y cuando finalmente lograba dormir, mis sueños se llenaban de recuerdos de Mysie, tal como la encontré, inmóvil en ese lugar, la imagen de aquella extraña figura de ojos rojos me acechaba, como si estuviera dispuesto a quitarme la vida en cualquier momento. Esa pesadilla me despertaba, con el corazón disparado y un terror palpable en mi pecho.
A medida que camino por los pasillos del instituto, el ambiente se vuelve pesado. Mucha gente me rodea, se gira para mirarme y susurran palabras que no logro entender. La sensación de ser el centro de atención me abruma, como si cada mirada pesara sobre mí.
Enderezo mi postura con determinación, elevando mi mentón para mantener la mirada firme y en alto, observándolos a todos con una expresión seria en mi rostro. Con delicadeza, aliso el tejido de mi vestido beige, asegurándome de que esté perfectamente ajustado a mi figura. Acomodo mis mechones de cabello rojo, que caen libremente, dándole un toque de cuidado y elegancia a mi atuendo, después de estos pequeños ajustes, retomo mi andar, notando como ellos, al verme, bajan la cabeza en un gesto de reconocimiento y respeto, antes de continuar con sus caminos en silencio.
Esto es lo que ocurre cuando tu padre es el sheriff del pueblo: te conviertes en alguien intocable, en la figura inalcanzable de la secundaria. Detesto que las personas me perciban como débil y aprovechen esa percepción para hacerme daño. Me acomodo en mi asiento habitual, sintiendo el roce familiar de la madera y el respaldo; poco tiempo después, la profesora de castellano entra en el aula y comienza a impartir la lección.
Sin embargo, una sensación inquietante me envuelve, como si alguien estuviera observándome desde algún lugar, y esa sensación provoca que me distraiga de la clase, luchando por reconectar con las palabras que expresa la profesora frente a mí.
Le doy una mirada a mis compañeros de clases, pero todos parecen estar absortos en sus propias actividades, cada uno concentrado en sus asuntos. De repente, percibo un suave ruido proveniente de la ventana a mi lado, como si alguien hubiera tirado una pequeña piedra contra el cristal. Lentamente, giro mi cabeza hacia la ventana que da a la cancha de fútbol americano y, más allá, se extiende un frondoso bosque, una vez más, allí está esa sombra indefinida con ojos rojos que me observa fijamente.
Frunzo el entrecejo al percatarme de que nuestras miradas se encuentran. En sus ojos, se puede notar un claro matiz de burla y desprecio: parece dividirse en dos, como si disfrutara al observarme en un estado de terror y desasosiego. La sensación de incomodidad se intensifica, y me doy cuenta de que su expresión se alimenta de mi miedo.
Me sobresalto en mi asiento, una repentina sacudida que me saca de mis pensamientos. Estaba tan absorta mirando la sombra que, cuando el timbre sonó con su aguda resonancia, de inmediato regresé al presente. Pestañeo un par de veces, tratando de aclarar mi mente confusa, y me doy cuenta de que la figura que me había estado inquietando, con sus ojos rojos penetrantes, ya no estaba en su sitio. Con un impulso casi frenético, recojo mis pertenencias, arrojando libros y cuadernos en mi mochila de cualquier manera, me apresuro a salir del aula sin mirar atrás.
Camino con pasos apresurados por los pasillos, esquivando a mis compañeros que van y vienen, cado uno inmerso en sus propias conversaciones y preocupaciones. Abro las puertas que conducen al campo de fútbol americano con un movimiento brusco, continuó avanzando con el mismo ritmo acelerado que mantuve durante todo el camino, adentrándome al bosque, la adrenalina corre por mis venas a la vez que el aire fresco me golpea el rostro.
Soy consciente de que esto podría parecer una situación ridícula. ¡Ja! Una adolescente de dieciséis años adentrándose en el bosque solamente porque ha visto una extraña sombra con ojos rojos, y todo sin la compañía de mi padre para brindarme la protección. Es algo que me resulta incomprensible: no sé de dónde saque el valor para enfrentarme a esa criatura, o a lo que sea que se esconda en la oscuridad.
Sin embargo, me imagino que si llegara a morir a causa de esta locura, lo más probable es que mi historia acabe en las noticias locales y en la primera página del periódico del pueblo.
“La hija del sheriff del pueblo ha sido encontrada muerta en el bosque”
Sin duda, este sería un titular impactante para cualquier primera plana. Prosigo mi caminata hasta el sitio exacto donde lo vi por última vez. Al llegar, me detengo y empiezo a examinar detenidamente todo lo que me rodea.
—¿Qué quiere de mí? —grito, mi voz resonando por todo el bosque—. ¿Qué eres?
Pasan un par de minutos hasta que una risa ronca se escucha cerca de mí. Giro sobre mi eje, intentando encontrar al dueño de esa risa.
—¡Qué humana tan patética! —la voz resuena a mi alrededor, es una voz áspera y a la vez animal, como si hablar le costará—, y pensar que la hija de Atarah sería más fuerte que ella.
Percibo el sonido de pasos, cada rama y hoja crujen bajo el peso de alguien que se mueve sigilosamente. Sigo intentando localizar al propietario de esa voz, pero se camufla de manera astuta en la penumbra y se desplaza en círculos a mi alrededor, como si estuviese jugando a un juego de escondite en la oscuridad del bosque.
—¿Cómo sabes el nombre de mi madre? —cuestionó, intentando ocultar mi miedo. Aprieto mis puños con fuerza, él vuelve a reír.
—¿Tu madre no te lo dijo? —comenta con burla.
—¿Decirme qué? —interrogo, sin entender qué o quién es, pero no me gusta cómo habla de mi madre.
—No lo sabes —vuelve a reír—. Ven esta noche al instituto, te lo mostraré —escucho cómo se va corriendo con prisa, adentrándose aún más en el bosque.
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Editado: 13.02.2025