Falsa Haeresis

Falsa Haeresis

En una época en la que, el milagro de una santidad constituía la cura para todas las dolencias humanas, vivía Paúl, el monaguillo de confianza del sacerdote Otto. El joven Paúl, con apenas veinte años, le ofrecía devoción y cuidado a la iglesia de Santa Anna, en el pueblo de Bourguignon, al este de Francia. El joven aprendiz, pasaba las horas nadando entre textos sagrados, buscando en ellos la sabiduría y la guía celestial. Sin embargo, lo que el joven Paúl no sabía, era que, en sus próximos meses de vida, sería testigo del más grande genocidio en la historia de la iglesia católica.

Cada domingo, como de costumbre, el padre Otto daba inicio a la ceremonia celestial. Los feligreses asistían y depositaban sus plegarias en las manos del cura, con la ilusión de que fueran entregadas al señor todopoderoso y sus pecados, fueran absueltos. Mientras la misa avanzaba en el tiempo, Paúl se encargaba de mantener encendidos los inciensos y monitorear los llameantes candelabros, pero su atención era arrancada por los relucientes ojos esmeralda de la joven Claudette.

La joven era huérfana de padre y madre. La única compañera de su vida era Christinne, su hermana pequeña de a penas seis años. Claudette, con sus cortos dieciocho años, cargó con la responsabilidad de educar a Christinne por el camino del señor y enseñarle los beneficios de ser una persona amable y sincera. Pero lo que su adorable hermana no sabía, era que la maldad también podría ocultar su putrefacto olor bajo el velo inocente de un alma pura y bondadosa.

En una ocasión, mientras la calma se adueñaba de Bourguignon, el repicar inesperado de las campanas de la iglesia alertó a todos que debían acercarse hasta la plaza. Claudette, que vivía recluida entre los árboles del bosque, no escuchó tal repique.

—¡Hermana, date prisa, están quemando a una bruja en la plaza! —le gritó su hermana pequeña mientras la agarraba por el brazo y la arrastraba entre las ramas.

Los gritos de dolor se escuchaban cada vez más alto entre los pobladores que aclamaban muerte a la hereje, hasta que, de un momento a otro, el silencio inundó la plaza. El hedor a carne quemada y las llamas ya extintas confirmaban que la bruja había muerto. Claudette, con las manos cubriendo sus expresivos labios, no podía creer que después de tanto tiempo, la iglesia lo había hecho otra vez.

La joven caminó con pasos rápidos entre la muchedumbre, preguntando por la identidad de quien, hasta hace unos minutos, ardía en llamas atada de manos y pies. Sin embargo, para su sorpresa, la hereje que ardió había sido Marie, su maestra y mentora. Tras la noticia, las piernas de la joven se desplomaron sobre los ladrillos de la plaza y las lágrimas comenzaron a brotar de sus ojos sin descanso. Miraba al cielo y le preguntaba a Dios todopoderoso si utilizar las bondades de la naturaleza para sanar y salvar las vidas era un pecado. Si creer que la curiosidad y la fe debían ir de la mano, se trataba de un pensamiento pagano. No obstante, la respuesta que recibió, no era ni de cerca la que esperaba. El sacerdote Otto se posicionó en la plaza e hizo el comunicado que pondría de cabeza la vida de los pobladores de Bourguignon:

"Estimados fieles. En obediencia a la Santa Madre Iglesia, os traigo un mensaje de suma importancia. Su Santidad, el Papa Inocencio IV, ha promulgado la bula Ad Extirpanda. Este sagrado documento autoriza, en nombre de la fe y la justicia divina, el uso de procesos de tortura para develar el paradero de aquellos que se desvíen de la verdadera fe."

Los ojos de Claudette, ya deshidratados de tanto llanto, no podían creer semejante aberración. Ser aprendiz de una denominada bruja la ponía a ella y a su hermana en la mira de una forma casi intuitiva. Ya no podría fabricar más ungüentos ni infusiones para los aldeanos, ni seguir las prácticas herboristas de su maestra Marie. Sin embargo, si se mantenía oculta en el bosque, lejos de la vista de todos, podría al menos aprender aún más de las plantas y sus bondades curativas.

A lo lejos, el joven Paúl, se percató de la agonía en los ojos de la pobre Claudette y sin pensarlo se acercó para tenderle su mano amiga y cargada de fe.

—Toma, te ayudará —la mano del joven monaguillo le tendió un pañuelo blanco para secar sus interminables lágrimas. Claudette, entre sollozos, le agradeció la gentileza.

Con intermitencia, miraba a Paúl como si un ángel estuviera junto a ella. Como si el señor, en realidad, hubiera escuchado sus plegarias y la soledad ya no sería uno más de sus problemas. Sin embargo, el destino ya había decidido que debían ser enemigos. Un aprendiz de sacerdote y una aprendiz de bruja no tenían más futuro que el de la persecución.

—¿Ya te sientes mejor? —La preocupación de Paúl era palpable en el aire—. Si continúas llorando, opacarás el destello de esos bellos ojos que tienes.

El halago la tomó por sorpresa. Nadie antes le había adulado de esa manera y mucho menos un monaguillo. Eso estaba mal. En su mente estaba mal y sería perseguida si volvía a hablar con este chico. Así que, sin decir palabra, sus piernas se despegaron de la plaza y buscaron rumbo hasta lo más espeso del bosque. Él se había quedado con su corazón y ella con su pañuelo blanco.

El joven Paúl se tragó sus palabras, la belleza de la joven Claudette le había nublado los sentidos y ahora debía confesarse para expulsar sus pensamientos lujuriosos. No debía verla más. La lujuria es un pecado capital y eso garantizaba un puesto en el infierno para su alma pecadora. El joven Paúl se alejó sin más, sabiendo que ese día había perdido su corazón y su pañuelo blanco.




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