Falsamente tuya

Capítulo 21: FALSAMENTE SUYO

Aren.

Miro el anillo de matrimonio que ahora reluce en mi dedo anular. El oro blanco brilla con la tenue luz de luna que comienza a pintarse en New York.

Levanto el rostro y mis ojos recaen en la mujer a mi lado que sonríe mientras come papas fritas.

—Si Cher supiera que llegaremos tarde a la fiesta de nuestra propia boda estaría como loca —habla Aurora mientras empapa una papa frita en kétchup para después llevarla a su boca.

—Corrección —hablo yo—. Ya debe estar como loca.

Salimos de la catedral hace un poco más de una hora. Ambos subimos ahora a la enorme limusina en donde llegó Aurora, misma que es conducida por Lorenzo.

Aurora tenía hambre y se excusó en decir que los nervios no la habían dejado comer bien, por lo cual, pedí a Lorenzo que fuéramos a McDonald’s desviándonos del camino hacia la recepción de nuestra boda. Ahora, vamos con una hora de retraso.

—¿Quieres? —pregunta la rubia a mi lado mientras extiende una patata en mi dirección.

Niego con la cabeza y solo ladea la suya con una ceja elevada para después sonreír.

La imagen que me da me hace mirarla con firmeza. Luce preciosa.

El blanco le sienta bien, la hace lucir como un ángel. La enorme corona en su cabeza le da aquella aura de poder y grandeza que siempre he querido ver en ella.

El cabello rubio resalta como un enorme sol y podría jurar que su brillo hoy es mucho más notorio que cualquier otro día.

Y me encanta. Me encanta que finalmente su verdadero brillo haga aparición porque Aurora no es una mujer que merece quedarse en las penumbras. Es una mujer que nació para opacar y resaltar.

—Una mordida —insiste mientras acerca más la papa frita a mi boca.

Cierro mi boca y aprieto mis labios obligando a que estos formen una completa línea recta.

Sonríe. El brillo le llega hasta los ojos que puedo jurar que es como si tuviera dos hermosos jades imperiales por ojos.

—Ahora que estamos casados —comienza—. Te obligaré a comer comida chatarra al menos una vez por semana —amenaza—. Y el día que nos divorciemos comeremos hamburguesas y papas fritas también.

Me mira. Luce pensativa pero aún con la mueca curiosa habla.

—¿Podemos hacer una fiesta de divorcio? —pregunta con una ceja elevada. Noto la burla en su rostro así como noto también la diversión inundando sus ojos, aunque también noto otra cosa en ellos, algo que no logro descifrar.

—Acabamos de casarnos y ya estás pensando en el día que nos separemos —suelto mientras me remuevo incómodo en mi lugar ante el repentino mal sabor que me pinta la boca entera.

—Solo decía —susurra mientras toma una patata más y la come. Muerde esta mientras se mantiene en silencio.

La miro, su mirada está perdida y parece ida en sus pensamientos mientras sigue comiendo.

Las ganas de preguntar qué es lo que piensa atacan mi garganta pero me ahorro las palabras.

El silencio nos acompaña hasta que minutos después la limusina se detiene. Volteo la cabeza hacia la ventanilla a mi lado y mis ojos miran el lugar en donde se lleva a cabo la recepción.

—Llegamos —hablo.

—Llegamos —la voz de Aurora se escucha también.

Giro a mirarla, sus ojos verdes miran a través de mi ventanilla también. Noto como su cuerpo se tensa y llevo mi mirada al mismo punto que ella.

—No sabía que los habías invitado —hablo mirando como su ex mejor amiga y ex novio están ahí.

Una pequeña llama de enojo parece encenderse en mi interior al ver a ambos aquí.

—Creo que lo hice el día que estaba ebria —susurra ella. Giro a mirarla, sus ojos siguen fijos en aquellas dos personas.

—¿Por qué? —pregunto. Aleja la mirada de ellos y me mira ahora a mí—. ¿Por qué sigues dándoles importancia? —pregunto—. ¿Por qué después de lo que te hicieron sigues dejando que influyan en tu vida?

Me mira, sus ojos coinciden con los míos.

Es innegable que diga que ellos ya no causan nada en ella, pero, cada que los mira sus ojos gritan lo traicionada que se siente. El dolor se expande por todo el iris verde y aunque parezca y logre fingir que no significan nada sabe que miente.

—El día que te traicionen sabrás lo qué se siente —suelta en un hilo. Su voz ha sido tan fría y tan dura. Tan firme pero al mismo tiempo tan quebradiza.

Traga saliva con dureza.

—Algunas veces no es la traición la que duele sino las personas que te traicionaron —agrega, ahora con voz más suave—. Puede que tengas razón, puede que sea cierto aquello que dices sobre darles un poder que no merecen, pero, cuando esas personas se llevaron una parte de ti que jamás va a regresar es difícil pretender que no existen y que nada sucedió —levanta sus hombros con desinterés aunque cada palabra que sale de su boca emana dolor completo—. Una parte de mí está con ellos, una parte de mí se quedó con ellos pese a todo lo que sucedió —susurra—, y duele, siempre va a doler y no por ellos, por mí. Siempre dolerá por mí, Aren.

Suelta aire lentamente.

—Siempre va a doler saber que permití tanto por tan poco —agrega en un hilo—. Siempre va a doler saber que la Aurora de veintiún años no volvió a ser la misma después de todo. Ese es el verdadero dolor, perderte a ti misma para no perder a alguien más te destruye más que cualquier cosa. Saber que esos sacrificios que hiciste y todo lo que permitiste no valió la pena porque al final de todo te quedas con las manos vacías y la cabeza con miles de dudas.

El brillo que tenía encima se apaga y ver como juega con sus dedos nerviosa o como intenta tragarse las lágrimas crea un pinchazo en mi pecho.

El pecho se me infla de dolor y es que no hay nada peor que ver a una auténtica luz apagarse, nada jamás será más doloroso que ver como un brillo único se opaca por brisas pasajeras.

—Supongo que así funciona la vida.

—El dolor te construye —susurro—. Si dejas que el dolor te gobierne jamás vas a progresar, no puedes encerrarte únicamente en una burbuja donde el dolor te impide avanzar. La vida no se trata de darse por vencida y dejarte vencer, se trata de mostrarle a todos que no pueden destruirte. Si alguien te lastima entonces le demuestras que el dolor que te ocasionó es el mismo que te hizo crecer y aprender.




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