Familia Aragón

Una familia bajo la Lupa

La cinta amarilla de "Escena del Crimen" contrastaba con el papel tapiz de seda del estudio. Maura Silva observaba cómo los técnicos de criminalística se movían como sombras blancas alrededor del escritorio de Ademir. El olor a hierro de la sangre seguía flotando en el aire, mezclado con el aroma de los libros antiguos y el sándalo.

—La doctora Aranda terminó el examen preliminar —dijo el Inspector Ramos, acercándose a Maura con una tableta en la mano—. Una sola puñalada certera. El abrecartas atravesó el ventrículo izquierdo. Muerte casi instantánea. La hora estimada: entre las diez y cuarto y las diez y cuarenta y cinco. Justo cuando el subastador estaba en el clímax de la puja por la acuarela de Turner.

—Nadie escuchó nada por el ruido en la galería —reflexionó Maura, mirando la puerta—. Y lo más importante: no hay señales de lucha ni de entrada forzada. Ademir dejó entrar a su asesino, o el asesino tenía llave.

Maura se alejó del cuerpo y comenzó a inspeccionar la alfombra. Cerca de una de las patas de la silla de cuero, algo brilló bajo la luz de su linterna. Se inclinó y, con unas pinzas, recogió un pequeño objeto: un gemelo de camisa, de platino con un pequeño zafiro incrustado en el centro. No era el tipo de accesorio que un ladrón de cuadros dejaría caer por accidente; era una pieza de alta joyería, de diseño exclusivo.

—Ramos, comprueba si Ademir llevaba gemelos hoy —ordenó Maura.

—Sí, de oro con sus iniciales. Siguen puestos en sus puños —respondió Ramos tras una breve comprobación.

—Entonces, tenemos nuestra primera huella de un invitado… o de un familiar —dijo Maura, guardando el gemelo en una bolsa de evidencias.

Maura salió del estudio y se dirigió al gran salón, donde los Aragón habían sido reunidos. El ambiente era gélido.

La primera en ser llamada fue Ana Luisa, la hija mayor. Se sentó frente a Maura en una silla de terciopelo, con la espalda tan recta que parecía a punto de romperse. Su maquillaje era perfecto, pero sus manos temblaban ligeramente sobre su regazo.

—Señora Aragón, lamentamos su pérdida —comenzó Maura con un tono neutral—. ¿Cuándo fue la última vez que vio a su padre?

—Poco antes de empezar la subasta —respondió Ana Luisa con voz gélida—. Estaba obsesionado con que todo fuera perfecto. Mi padre era un hombre… difícil. Siempre exigiendo una lealtad que él mismo no siempre devolvía.

—¿Tenía enemigos?

—En este nivel de negocios, detective, todos tienen enemigos. Pero mi padre los mantenía a raya con su chequera o con su silencio. No sé quién pudo entrar en su estudio. Yo estaba en la galería, asegurándome de que los invitados importantes estuvieran atendidos.

Maura anotó la palabra "lealtad" en su libreta. Luego llamó a Eugenio, el hijo. Él entró con paso vacilante, secándose el sudor de la frente con un pañuelo de seda.

—Es una tragedia, una absoluta tragedia —balbuceó Eugenio—. El negocio… no sé cómo nos recuperaremos de esto. Y el cuadro… ¡"La Mirada de Medusa" valía una fortuna!

Maura lo observó con detenimiento. Eugenio no parecía estar de duelo por su padre, sino por el valor del cuadro y la estabilidad de la empresa.

—Señor Aragón, ¿notó a alguien sospechoso cerca del ala privada?

—Había mucha gente, detective. Yo mismo estuve atendiendo a unos inversores alemanes toda la noche. Apenas tuve tiempo para respirar. Mi padre estaba encerrado en su estudio desde las diez para "hacer llamadas", según nos dijo.

Maura notó que a Eugenio le faltaba un botón en el puño izquierdo de su camisa, pero no era el gemelo que ella había encontrado. Su agudeza visual se centró en sus puños; llevaba gemelos de plata sencillos.

Finalmente, Maura se acercó a Faustino, el hermano menor de Ademir. Él permanecía de pie junto a la ventana, mirando hacia la oscuridad del jardín.

—Ademir siempre pensó que era invencible —dijo Faustino sin girarse—. Pero la vida siempre encuentra una forma de cobrar las deudas.

—¿A qué deudas se refiere, señor Faustino? —preguntó Maura.

Faustino se volvió, y Maura vio un brillo de amargura en sus ojos.

—Errores del pasado, detective. Errores que Ademir pensó que podía enterrar bajo capas de pintura y marcos dorados. Busque en el pasado, no en el presente. Allí es donde encontrará el arma del crimen.

Cuando Faustino pasó por su lado, Maura olió el tabaco de pipa y algo más… un aroma metálico y químico, casi imperceptible. Antes de que el hombre se alejara, Maura echó un vistazo a sus puños. Faustino no llevaba gemelos; sus mangas estaban abotonadas de forma simple, pero su mirada evitaba encontrarse con la de la detective.

Maura regresó junto a Ramos, que la esperaba con una lista de los gemelos vendidos por la joyería "Gaultier"

—Detective, ese diseño de platino y zafiro es una edición limitada de cinco pares en la ciudad. Tres de ellos fueron comprados por clientes anónimos, uno por un coleccionista que está en Suiza… y el último par fue comprado por la cuenta corporativa de los Aragón hace dos años.

Maura Silva apretó la bolsa de evidencias en su bolsillo. La máscara de la familia empezaba a agrietarse, y el gemelo era la primera pieza que no encajaba en el cuadro de la inocencia...



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En el texto hay: crimen, traicion, familia

Editado: 26.03.2026

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