Familia de mentira, problemas de verdad

~1~

¿En qué momento la vida de William se había convertido en eso?

En sentarse frente a su computadora y pedirle a una inteligencia artificial que le creara fotografías familiares con su secretaria y la pequeña hija de esta.

Era patético y detestaba hacerlo, pero, como toda mentira sostenida en el tiempo, había crecido demasiado incluso antes de que él advirtiera su magnitud.

Hasta convertirse en algo más grande, más gordo, más pesado y mucho más molesto.

Y ese algo estaba a punto de aplastarlo.

Porque su madre quería conocer a su nuera y a su nieta durante la celebración de su cumpleaños número sesenta. Sin excusas. Sin aplazamientos.

William habría podido inventarse un viaje de negocios, unas vacaciones o incluso una enfermedad que lo mantuviera en cama el tiempo suficiente. El problema era que llevaba años haciendo eso.

Siete años, para ser exactos.

Y, si no quería que la enorme bola de mentiras que él mismo había creado terminara pasándole por encima, tendría que presentarse en casa de sus padres con su esposa y su hija falsas.

—Permiso.

La voz de Hannah lo sacó de sus pensamientos unos cinco minutos después de que la llamara a su despacho.

De inmediato, cerró todas las pestañas de su computadora. No quería que descubriera por accidente las pruebas de su propia estupidez antes de que pudiera explicarle la situación. Aunque, considerando que pensaba confesarle que llevaba años utilizando fotografías suyas y de su hija, quizá la discreción ya no sirviera de mucho.

—Estaba respondiendo un correo y no quise dejarlo a medias…

—Está bien, no me hiciste esperar mucho. —William le sonrió con amabilidad—. Siéntate, por favor.

Hannah le devolvió una sonrisa más amplia y tomó asiento frente a él.

No eran amigos ni nada parecido. Ella llevaba siete años trabajando para él y, aunque ese tiempo era más que suficiente para desarrollar cierta confianza, jamás habían pasado del trato cordial entre un jefe y su empleada.

William conocía algunos detalles de su vida, pero nunca habían compartido una conversación demasiado personal. Por eso, lo que estaba a punto de confesarle podía terminar con su carrera profesional, su reputación y, posiblemente, su integridad física.

Porque decirle a una madre «Hola, he estado usando fotografías tuyas y de tu hija para fingir que son mi familia» no era precisamente una charla fácil.

De hecho, dudaba que existiera una manera agradable de decirlo.

—Esta será una conversación un poco incómoda —murmuró.

Hannah lo miró con preocupación. Sus cejas se juntaron lentamente mientras estudiaba su rostro.

—Ay, no. —Comenzó a negar con la cabeza—. No, no, no, no…

William parpadeó.

—¿Qué ocurre?

—Sé que he dicho en más de una ocasión que este trabajo es una mierda, pero es algo que la clase trabajadora dice a menudo porque de algo hay que quejarse y…

—¿Te parece una mierda este trabajo? —la interrumpió él, alzando una ceja.

—No. Decir que es una mierda no significa que sea una mierda.

—¿No?

—No. Además, mi hija y yo comemos gracias a él, tenemos seguro médico y tú jamás me has acosado sexualmente. Todo un sueño.

William abrió la boca, incrédulo.

La cerró.

Volvió a abrirla.

Había escuchado muchas evaluaciones de su empresa a lo largo de los años, pero aquella era, sin duda, la más desconcertante.

—Hannah…

—Es que tuve que volver a vivir con mis padres. Últimamente me siento fatal y… yo… —Se interrumpió para tomar aire—. Perdón. Por favor, no me despidas.

William dejó de pensar en cómo explicarle su problema y comenzó a preocuparse por el de ella.

—No voy a despedirte, Hannah. ¿Por qué lo haría? Eres una secretaria muy buena.

—¿Lo soy? —preguntó ella, sorprendida. —Entonces pareció recordar que estaba en una reunión laboral, se aclaró la garganta, enderezó la espalda y asintió con firmeza—. Claro que lo soy.

William soltó un suspiro y apoyó las manos sobre el escritorio. Aquella conversación estaba tomando un rumbo inesperado. Había preparado mentalmente varias maneras de confesar su mentira, pero ninguna incluía tranquilizar a su secretaria sobre su puesto de trabajo antes de llegar al verdadero problema.

—Quiero decirte algo que no tiene nada que ver con el trabajo.

Hannah levantó ligeramente las cejas.

—Te escucho, entonces.

William bebió un poco de agua, dejó el vaso en su sitio y entrelazó las manos sobre el escritorio. Intentó adoptar una expresión tranquila, serena, calmada, sosegada, apacible, relajada, imperturbable y, probablemente, otros cinco sinónimos que describían a la perfección cómo no se sentía.

Por dentro, estaba considerando la posibilidad de fingir su propia muerte.




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