Lia Blake
Si me hubieran preguntado a los quince años dónde me veía a los veintitrés, probablemente mi respuesta hubiera sido ridículamente optimista.
Algo como:
“Trabajando en la industria musical”.
“Viviendo en un departamento bonito”.
“Siendo amiga de Midnight Records”.
Pero la vida tuvo otros planes.
A mis veintitrés años vivía en un departamento pequeño con una cafetera defectuosa, una planta que estaba muriendo lentamente y una cuenta bancaria que me recordaba constantemente que los sueños no pagan la renta.
Más o menos.
Era community manager en una agencia digital que manejaba las redes sociales de varios clientes, algunos interesantes y otros… bueno.
Digamos que había pasado tres días seguidos intentando convencer a la gente de comprar alimento premium para perros mediante reels de quince segundos.
No era exactamente la carrera musical que había imaginado, pero me gustaba… la mayor parte del tiempo.
–Lia.
Levanté la vista de mi computadora.
–¿Qué?
–Llevas diez minutos mirando la misma publicación.
La pantalla seguía mostrando el reel de alimento para perros, uno que yo misma había editado y el cual había visto aproximadamente cuarenta veces durante la última hora.
–Estoy analizando métricas.
–Claro– Sara tomó un sorbo de café.
–Es mi trabajo.
–Lia.
–¿Qué?
–El video está pausado.
Miré la pantalla desconcentada, el video efectivamente estaba pausado.
–Ah.
–Ajá.
Suspiré y me recosté en la silla.
Nuestra oficina no era enorme.
Era una agencia pequeña, de esas donde todos terminaban enterándose de todo, las paredes estaban cubiertas de pizarras llenas de campañas, había plantas sobreviviendo por pura fuerza de voluntad y siempre olía a café.
Demasiado café.
–Necesito un cliente emocionante– dije.
–¿Otra vez?– Sara soltó una risa.
–Solo digo que no puedo pasar el resto de mi vida intentando convencer a la gente de comprar croquetas mediante tendencias de TikTok.
–La semana pasada dijiste exactamente lo mismo.
–Porque sigo teniendo razón– asiento.
–La semana pasada también lloraste porque un video consiguió cien mil reproducción– levanta una ceja en mi dirección.
–Porque eran MIS cien mil reproducciones.
– Nunca voy a entender a los community managers– Sara negó con la cabeza.
–Nosotros tampoco nos entendemos.
Y era verdad.
La mitad de mi trabajo consistía en predecir qué iba a gustarle a internet y la otra mitad consistía en rezar para que funcionara.
Pero me gustaba.
Pensar en estrategias, crear campañas y entender por qué algunas cosas conectaban emocionalmente con las personas, me gustaba porque al final todo se reducía a eso… conexión.
La gente no compartía contenido porque sí, lo compartía porque algo le hacia sentir y yo era buena entendiendo eso.
Quizá porque yo también había sido una fan obsesiva alguna vez.
Sara estaba a punto de decir algo cuando mi celular vibró mostrando un número desconocido.
Fruncí el ceño.
Normalmente ignoraba llamadas así, porque la experiencia me había enseñado que casi siempre eran bancos, promociones o personas intentando venderme cosas que no necesitaba.
El teléfono siguió sonando.
Y sonando.
Y sonando.
–¿Banco o estafa?– preguntó Sara.
–Las apuestas están cincuenta y cincuenta– finalmente contesté– ¿Hola?
–¿Lia Blake?
–Si.
–Te habla Andrea Morales, de Nova Entertainment.
Me quedé inmóvil, claro que conocía ese nombre, todo el mundo lo hacía.
Era una de las empresas musicales más importantes del país. Mi cerebro tardó aproximadamente cinco segundos en reiniciarse.
–¿Perdón?
–¿Tienes unos minutos para hablar?
Miré a Sara.
Sara me observaba y yo observaba a Sara, hasta que hizo un gesto de confusión y respondí con una mueca de pánico.
–Si, claro.
No, mentira.
No tenía minutos ni estabilidad emocional para esto, pero ya era demasiado tarde.