Mason Heart
Las reuniones me daban urticaria… y las entrevistas tambien.
Las sesiones de fotos, las juntas con ejecutivos, las campañas promocionales…
Todo.
Especialmente desde el incidente, aunque nadie lo llamaba así oficialmente, Nova Entertainment prefería términos elegantes: “Periodo de transición” “Restructuración” “Descanso creativo”.
Mentiras corporativas.
Para internet siempre sería otra cosa: "El colapso de Midniht Records", "La caída de Mason Heart" y el día en que todo se fue al infierno.
Casi ocho años después, la gente seguía hablando de ello, algunas personas fingían haberlo olvidado pero yo no tenía ese lujo.
Porque cada vez que buscaba mi nombre en internet aparecia cada entrevista, teoria, video, comentario… cada error.
Había aprendido algo durante esos años: La gente adoraba construirte, pero amaba todavía más verte caer.
Por eso desconfiaba de cualquiera que llegara demasiado cerca y especialmente de cualquiera que dijera entendernos.
Vivir con cuatro idiotas en tus veintes es exactamente lo que te imaginas, solo que con más guitarras costosas y menos espacio en el refrigerador.
Nuestra casa en las afueras de la ciudad era enorme, un híbrido de concreto, madera y cables que Nova Entertainment pagaba para mantenernos encerrados y alejados de los paparazzi antes del comeback.
En la planta baja, la sala parecía el set de una película postapocalíptica: el teclado de Alex tirado junto al sillón, cajas de pizza de Milo acumulándose como obras de arte moderno, y Ryan acaparando el espejo del pasillo para ensayar su “mirada casual”.
Arriba, afortunadamente, cada quien tenía su propio búnker.
Era un lugar que apestaba a lo que fuimos –con esos discos de oro colgados en el pasillo que ya se sentían como trofeos de otra vida– y al misterio de lo que carajos éramos ahora.
–¡Ya llegó!– el grito de Milo retumbó desde la entrada, seguido por el sonido de unas llantas de maleta arrastrándose por el suelo.
Rodé los ojos desde mi esquina en el sofá, sin soltar la guitarra acústica.
Andrea se había vuelto loca.
Contratar a una chica de veintitantos años para que nos manejara las redes sociales me parecía el chiste del año; una niñera con cuenta de TikTok que probablemente colapsaría en cuanto el fandom empezara a insultarla en los comentarios o en cuanto viera el desastre que éramos en realidad.
Lia Blake cruzó el umbral de la entrada.
No traía el saco prestado de ayer; vestía ropa cómoda, el cabello recogido y una expresión que intentaba con todas sus fuerzas parecer imperturbable.
–Hola a todos– dijo, dejando su maleta.
–¡Lia! Déjame ayudarte, tu habitación está en el ala este, lejos del ruido de los videojuegos de Milo– Theo apareció de la cocina con su eterno rol de papá del grupo.
Siempre queriendo quedar bien.
–Gracias, Theo. Si les parece bien, me gustaría que tuviéramos una reunión breve en la sala en diez minutos para ajustar el calendario– respondió ella, directa al grano.
Ni un titubeo, ni una mirada de fan de secundaria hacia mí.
Eso me irritó un poco, no iba a mentir.
Diez minutos después, estábamos todos desparramados en los sillones: Alex ni siquiera soltó su cuaderno de composición y Ryan no dejaba de acomodarse el cabello.
Yo me dediqué a observarla, esperando el momento en que metiera la pata.
Pero no lo hizo.
Al contrario, empezó a hablar del fandom con una precisión que me dio escalofríos.
Lo primero que me molestó fue que no parecía impresionada, al menos no de verdad, porque si estaba nerviosa.
Se notaba en cómo acomodó la tableta dos veces antes de empezar.
Pero no era el mismo nerviosismo que había visto cientos de veces; no estaba intentando agradarnos, ni impresionarnos o llamar nuestra atención.
Simplemente estaba trabajando… y era extraño.
Porque la mayoría de las personas entraban a una habitación con Midnight Records y reaccionaban ante la banda.
Pero Lia reaccionaba ante las personas.
Cuando Milo interrumpía cada treinta segundos, ella sonreía, pero no era aquella clase de mueca falsa que usaban los ejecutivos… era una sonrisa auténtica, como si realmente lo encontrara divertido.
Cuando Ryan hacía algún comentario absurdo, él se reía y Ryan tenía muchas risas diferentes aunque la mayoría de la gente no lo notaba.
Lia si lo hacía.
Cuando Theo hablaba, lo escuchaba de verdad, no solo porque fuera el líder o el responsable, sino porque parecía respetar lo que decía.
Y con Alex hizo algo todavía más raro… le dio espacio.
No intentó hacerlo participar ni sacarle conversación, simplemente entendió que Alex hablaría cuando quisiera hacerlo.