Lia Blake
El sol de la tarde golpeaba la carretera costera con una luz dorada que parecía salida de un filtro de Instagram.
A nuestro lado, el océano Pacífico se extendía hasta el horizonte, y el olor a sal marina y asfalto caliente lo inundaba todo.
Hoy era el gran día: la grabación del videoclip oficial para el sencillo del comeback.
La propuesta visual había sido una lluvia de ideas colectiva que terminó convirtiéndose en un homenaje directo a sus inicios, no queríamos pantallas verdes ni coreografías hiperproducidas en estudios cerrados: queríamos libertad.
El concepto era simple pero letal para la nostalgia de las fans originales: los cinco chicos viajando en una camioneta clásica descapotable a lo largo de la costa, cantando directamente a la cámara.
Era un guiño absoluto a la charla que había tenido con Milo sobre su primera gira y, visualmente, tenía toda la energía fresca y libre de la era dorada de las boybands, muy al estilo del icónico video de What Makes You Beautiful.
Mientras el equipo de producción filmaba las tomas principales desde una grúa, yo me movía tras bambalinas como una sombra, con mi teléfono en mano, capturando cada fragmento de caos y diversión para la cuenta de TikTok.
Ya tenía una mina de oro en la galería: un video de Milo y Ryan intentando hacer un baile en tendencia que terminó con Milo tropezando con un pequeño bache en la arena; un clip de audio con Theo explicando con su habitual paciencia el significado del concepto; y varias tomas estéticas de lejos de Mason, quien, a pesar de estar usando unos lentes oscuros que ocultaban su mirada, parecía seguir cada uno de mis movimientos con la cabeza.
Aprovechando que el director había pedido un corte para cambiar los lentes de las cámaras, decidí que era el momento perfecto para buscar a Alex y grabar un video de preguntas y respuestas rápidas.
Un formato que las fans estaban pidiendo a gritos.
Caminé hacia la estación de maquillaje improvisada bajo una carpa blanca.
Al entrar, encontré a Alex sentado en la silla mientras una estilista le retocaba el polvo traslúcido en la frente; tenía los ojos cerrados, una libreta arrugada sobre las rodillas y unos audifonos de diadema gigantescos aislándolo del ruido exterior.
Estaba completamente concentrado, con los dedos de la mano tamborileando un ritmo invisible sobre su pierna.
La estilista terminó su trabajo y me dedicó una sonrisa antes de salir de la carpa.
Me acerqué con cuidado para no asustarlo, pero al notar la sombra, Alex abrió los ojos lentamente y su habitual expresión seria se relajó un poco al reconocerme.
–Hola, jefa– dijo, bajándose los audífonos hasta el cuello– ¿Es hora del interrogatorio para internet?
–Solo unas preguntas rápidas, pero si estás muy concentrado podemos hacerlo después– respondí, señalando los auriculares– ¿Otra vez escribiendo?
–¿Otra vez observándome?– Alex bajó la vista hacia la libreta con cuidado.
–Forma parte de mi trabajo– asiento.
–Crei que tu trabajo era observar las métricas.
–Y el tuyo cantar, sin embargo sigues escribiendo novelas trágicas en secreto.
La comisura de sus labios se movió apenas, aunque no era exactamente una sonrisa, con Alex Reed aquello equivalía prácticamente a una carcajada.
–Touché.
Me senté frente a él, durante unos segundos nadie dijo nada y curiosamente no fue incómodo. Con Alex los silencios nunca lo eran, simplemente existían, como las olas y el viento, como si ambos hubiéramos entendido que no hacía falta llenar cada espacio con palabras.
Alex miró la pantalla de su reproductor y luego levantó la vista a mi dirección.
Hubo un momento de duda en sus ojos, ese muro que solía poner con los extraños, pero que en las últimas semanas conmigo se había ido desgastando.
–En realidad… estaba escuchando unas maquetas– confesó en voz baja, asegurándose de que nadie más estuviera cerca de la carpa– Canciones inéditas, cosas que he estado escribiendo por las noches en la casa y que todavía no le he enseñado a los chicos, ni a Andrea.
Mis ojos se abrieron de par en par, el compositor de la banda tenía material secreto entre sus manos.
–¿Por qué no se las has mostrado?– pregunté, genuinamente intrigada.
Alex se encogió de hombros, con un toque de vulnerabilidad que rara vez mostraba.
–No lo sé. El mercado ha cambiado mucho y a veces siento que lo que escribo ahora es demasiado… personal– frunce el ceño– Demasiado lento para lo que la disquera espera de un regreso comercial– me pasó los audífonos grandes– Ponte esto, quiero una opinión sincera de alguien que no tenga el signo de dólares en los ojos, como Andrea.
Me los coloqué sobre las orejas, aislando por completo el sonido del viento de la costa y Alex presionó un botón en su dispositivo.
Al principio, solo se escuchó el rasgueo suave de una guitarra acústica solitaria y el sonido lejano de una trompreta, luego, entró la voz de Alex en una guía de grabación.