Fantasmas del Pasado

Capitulo 1

Micaela Velasco —alta, delgada, elegante— entró en su despacho en el octavo piso de un moderno edificio de oficinas en el barrio de Salamanca, en Madrid. Saludó con una ligera inclinación de cabeza a quienes encontró en el camino y se dirigió directamente a su oficina, donde cerró la puerta tras de sí. Tras la larga mesa repleta de expedientes, se sentó y dejó que sus dedos recorrieran distraídos los papeles.
Abrió una caja de laca de uñas, extrajo un cigarrillo y lo llevó a sus labios. Lo encendió y aspiró el humo con una mezcla de placer y rutina. Las volutas ascendían lentamente, dibujando espirales que se mezclaban con los rayos de sol que se colaban por los ventanales. Sus ojos se clavaron en un retrato antiguo que presidía la pared: un hombre de porte distinguido, mirada severa y cabellos plateados.
—No puedo olvidarlo, papá —susurró, apenas moviendo los labios—. Y si estoy aquí, es por ese recuerdo que marcó mi vida hace… ¿Cuántos años, papá?
Esbozó una sonrisa melancólica y aspiró con fuerza el humo, contemplando cómo se perdía entre la luz. Agitó la mano como si quisiera disipar los fantasmas del pasado y pulsó el timbre sobre la mesa. Enseguida, la puerta se abrió.
—Buenos días, señorita Velasco.
—Buenos días, Adolfo. Veamos qué asuntos tenemos hoy.
Adolfo García, su ayudante de confianza, dejó caer varios expedientes sobre la mesa con una indiferencia calculada, como si ninguno de los casos fuera lo suficientemente importante para alterar su calma habitual.
—He revisado este asunto, pero sin resultados destacados.
—Veamos.
—Será necesario visitar a nuestro cliente en la prisión. Debo advertirle, señorita Velasco, que confía plenamente en usted.
Micaela arqueó las cejas, dibujando una sonrisa apenas perceptible. Era la sonrisa de quien se sabe dueña de su destino y de su talento.
—Siéntese, repasaremos el caso juntos.
—El acusado dio muerte a su amigo de un disparo —dijo Adolfo, con una frialdad que rozaba lo absurdo—. Hay testigos, pruebas claras, sin atenuantes que presenten.
—De todos modos, confía en mí. Y yo confío en él.
—Exacto, señorita Velasco. Concertaré la visita para esta tarde a las tres. Ahora, que pase el primer cliente.
Adolfo se levantó y salió, cerrando la puerta tras de sí. Uno a uno, los clientes desfilaron ante Micaela.
A las dos de la tarde, Micaela se levantó, ajustó su abrigo de piel sobre los hombros y salió al pasillo. Saludó con cortesía a todos los presentes, pero su mente ya estaba en otro lugar. Llegó al ascensor y descendió a la calle. Madrid mostraba un frío cortante y las aceras brillaban bajo la escarcha de la mañana. Miró hacia los edificios que la rodeaban, admirando cómo el reflejo del sol jugaba en los cristales de los rascacielos.
El Audi estaba aparcado en la esquina. Micaela giró la llave, se acomodó en el asiento y sintió cómo el motor vibraba bajo su control. El recorrido diario por las avenidas madrileñas siempre le resultaba reconfortante: los cafés con aroma a tostado, las flores recién puestas en los escaparates, el bullicio de la ciudad que nunca dormía del todo. Todo le recordaba que había alcanzado lo que quería: independencia, éxito y, aunque a veces dolorosa, libertad.
Recordó aquel día que cambió su vida: el instante en que decidió renunciar a la comodidad de un hogar fácil, de fiestas y reuniones, para dedicarse a la abogacía criminal. No por ambición, sino por sentido de justicia y por necesidad de demostrarse a sí misma que podía controlar su destino.
El tráfico la obligó a detenerse, y al dar luz verde, retomó la marcha hasta la puerta del antiguo palacio de los Velasco, convertido hoy en residencia familiar. El reloj marcaba las dos y media. Aún tenía tiempo de ver a Susana y Roberto antes de acudir a la prisión.
La verja se abrió con un chirrido elegante y Micaela descendió, ajustándose el abrigo mientras subía las escalinatas de mármol. Un asistente asomó la cabeza desde el vestíbulo.
—¿Han venido los niños, Sebastián? —preguntó con una sonrisa que mezclaba afecto y distancia.
—Están en el cuarto de estudio, señora.
Micaela avanzó, pero antes de abrir la puerta, se detuvo y añadió con suavidad:
—Te lo he dicho muchas veces, Sebastián… no me llames “señora”.
—Sí, mi… Micaela.
—Así está mejor. ¿Lo recordarás, Sebastián?
—Creo que sí…
Ella sonrió, consciente de que, en el fondo, nunca lo haría del todo. Sebastián había sido testigo de su vida y de sus secretos más profundos, pero su deber era protegerla, aunque le doliera.
Abrió la puerta y dos pequeñas figuras corrieron hacia ella. La abrazó, sintiendo cómo todo el peso del pasado se disipaba entre los brazos de sus hijos.
—¿Habéis sido buenos?
—Sí, mamá —respondieron al unísono Susana y Roberto, de cuatro años.
—¿De verdad? —dijo, posando su mano sobre los rizos negros de su hijo.
—Seré un guerrero como el abuelo Velasco.
Sus ojos se oscurecieron ante la emoción y la memoria de lo perdido. Solo allí, entre ellos, era completa, mujer y madre.
Tras unos minutos que parecieron eternos, Micaela se despidió con besos y caricias, sintiendo que su corazón se llenaba de fuerza y dolor a la vez. El Audi la esperaba. Subió, ajustó el espejo y respiró hondo antes de salir hacia la prisión.
La entrevista fue breve. Micaela Velasco mantenía la esperanza de salvar a su cliente: una pelea en un elegante club nocturno, un exceso de alcohol, una disputa que se había salido de control y, finalmente, un disparo del que nadie podía decir con certeza de dónde había salido. Lo de todos los días. Estudiaría el caso detenidamente esa misma noche y, cuando llegara la causa, lo defendería con toda la fuerza de su talento. ¿Por qué no? ¿Acaso tenía escrúpulos después de casi cinco años de experiencias que habían templado su carácter?
Al mediodía entró en un restaurante sofisticado en el barrio de Chamberí, un lugar con mesas discretamente apartadas, cortinas de terciopelo y luz cálida que acariciaba la piel. Se sentó junto a una mesa aislada y un camarero elegantemente uniformado le entregó la carta. Micaela eligió el menú sin mirar demasiado, pero era consciente, oh, muy consciente, de que todos la observaban. Su figura era conocida en los círculos más exclusivos: hija de un millonario arruinado, esposa durante un tiempo de Carlos Garrido —el hombre de moda en otros tiempos— y ahora la abogada criminalista a quien acudían los culpables millonarios con la certeza de ser defendidos… y casi siempre liberados.
Y, por supuesto, ¿por qué no? Una mujer inteligente, intuitiva, femenina incluso cuando estaba inmersa en asuntos complicados. Femenina aun tras su gran mesa de despacho, aun vestida con la sobriedad de su toga, aun enfrentando los casos más intrincados. Porque Micaela Velasco, pese a todo, no olvidaba jamás que era mujer, madre… y esposa. ¡Esposa durante nueve meses! Qué irónico, pensó con una media sonrisa, recordando su juventud y su pasado junto a un hombre que no supo valorarla. No era gracioso; era frustrante, casi doloroso. Sin embargo, allí estaba, intacta, elegante, refinada, y más fuerte que nunca. Famosa, deseada, respetada, y rodeada de los seres más poderosos y desaprensivos del mundo —el mundo de Madrid con sus luces, sus calles elegantes y su bullicio, con sus miserias y secretos—. Y ella los defendía. ¿Por qué? Por aquello que la había hecho fuerte, por aquel amor propio que sobrevivió a la traición.
Recordó aquel primer día de su nueva vida, cuando su corazón estaba destrozado pero seguía latiendo, cuando decidió que ganaría su independencia y su poder. Ganaba millones, sí… pero el dinero no importaba. Contó en cambio los dientes de sus gemelos, uno a uno; sus primeras sonrisas, sus pasos vacilantes, sus balbuceos llenos de inocencia. El dinero era solo un detalle, algo que su administrador, Luis, conocía y controlaba con precisión.
Pidió ostras, acompañadas de un vino generoso, y se permitió saborear cada bocado con un deleite que no se permitía en la oficina. La vida era una carga, sí, pero también un regalo cuando se tenían dos hijos. Y para Micaela, aquel regalo valía más que cualquier fortuna.
Comía con apetito, con la conciencia de una mujer sana y fuerte, mientras saludaba con discreta elegancia a quienes la reconocían desde la distancia. La saludaban por su apellido, por su pasado, por su prestigio, y ella respondía con una inclinación de cabeza que combinaba modestia y poder. Sus ojos esmeralda brillaban bajo la luz cálida, ocultos a veces tras los párpados ligeramente caídos, reflejando la seguridad de quien domina su mundo y su destino. Comía, sí, con hambre de vida y de libertad.
Al salir, un grupo de personas elegantemente vestidas se levantó para saludarla. Los hombres estrecharon su mano, ocultando tras la cortesía un deseo evidente; las mujeres la miraban con mezcla de admiración y envidia. Una mujer casada, con dos hijos y un marido ocupado en sus asuntos, la observaba con discreta curiosidad. ¿Dónde estaba el marido de Micaela Velasco? Al principio, pensaron que sería un blanco fácil, pero pronto comprendieron que aquella mujer famosa era intocable. Aun así, las miradas codiciosas no desaparecían, y Micaela sonrió divertida. ¿Habría alguien capaz de romper la coraza que la protegía? ¿Alguien capaz de quitar la máscara que siempre llevaba consigo? No, nadie, ni siquiera el recuerdo de aquel día.
Se alejó finalmente y subió a su Audi negro. Regresó a su oficina y se encerró en su despacho. La pila de casos la esperaba: una semana agotadora se avecinaba y necesitaría robar horas al sueño, noches enteras quizá… Pero lo haría. ¿Acaso no siempre lo había hecho?
Por un instante, un peso la invadió. Apoyada sobre los codos, pensó en su padre, en su esposo, en sus hijos. Doloroso, sí, pero necesario: los recuerdos amargos se entrelazaban con los casos que defendía y que, en su día, marcaron la iniciación de su carrera.
Todo comenzó de la manera más simple. Adoraba a su padre, y este era a la vez cómodo y crédulo. Por entonces, el hombre más famoso del país era Carlos Garrido, explorador de profesión, millonario por herencia, vanidoso y pendenciero por gusto propio. Amigo íntimo su padre, frecuentaba el palacio familiar cuando sus estancias en Madrid se prolongaban.
En una de esas visitas conoció a la joven Micaela: una muchacha delgada, cimbreante, de grandes ojos verdes, inocentes. Le hizo gracia que quisiera ser abogada y, con el consentimiento de Velasco, siguió sus estudios con una sonrisa divertida. A los veinte años, Micaela ya era abogada. Su padre colgó el título en su despacho y organizó una gran fiesta para presentarla en sociedad. Carlos Garrido asistió: guapo, de piel bronceada, cabello oscuro y ojos grises como cuchillas, que aquella noche brillaron de forma especial al posarse sobre Micaela.
La sociedad sabía que los Velasco estaban en apuros económicos. La hipoteca pesaba sobre la mansión familiar y la única manera de salvarla era un matrimonio ventajoso. Micaela, por su belleza y encanto, era el regalo perfecto. Carlos Garrido, joven, atractivo y millonario, parecía la solución ideal… aunque pocos creían que el matrimonio sería feliz.
Carlos tenía treinta y dos años. Le gustaba coquetear con todas las mujeres, disfrutaba del escándalo y las juergas nocturnas, algunas de las cuales se hicieron famosas. Se quedaba en clubs hasta altas horas, bebiendo alcohol como si fuera agua de manantial. Famoso, rico y encantador, cuidaba con cierto disimulo que sus desmanes no trascendieran… aunque a veces lo hacían. Micaela nunca oyó esos rumores: su padre los escondía, o la casualidad protegía sus oídos inocentes.
Micaela no supo nunca cómo ni cuándo se enamoró, solo sabía que lo hizo. La presentaron como futuro marido y ella, ingenua, se dejó llevar por su fascinación. Su primer beso la lastimó, pero no dijo nada. Su primera desilusión la digirió sola, sin darle forma. Se casaron una mañana de sol y hubo un gran banquete en el palacio familiar, ahora libre de hipoteca. Su padre asistió radiante, como un general a la victoria de su estrategia.
El recuerdo de su boda era penoso. Carlos fue brutal, desconsiderado y salvaje ante lo inexperta que ella todavía era. El viaje de novios no dejó recuerdos gratos; la vida junto a él fue un aprendizaje doloroso. Las noches de borrachera, los días de ausencia, los comentarios insinuantes de sus amigos… y ella lo seguía amando. Solo a él, confiando ingenuamente en que algún día lo conocería de verdad.
Una madrugada, él llegó tambaleante al vestíbulo:
—¿No te has acostado? —preguntó torpemente.
Micaela lo miró con asco: por primera vez, le repugnaba.
—¿De dónde vienes a estas horas?
—¿De dónde…? Vete a la cama y déjame en paz.
—Quiero saber de dónde vienes. ¿No tengo derecho a saberlo?
—¡Eres una estúpida! —gritó, tambaleándose—. ¿Crees que voy a vigilarte continuamente?
—No te pido eso, pero creí haberme casado con un caballero.
Carlos rio escandalosamente:
—¿Con un caballero? No, soy un maldito estúpido.
—¡Carlos!
—Tu padre quería dinero, y tú eras una niña. Solo eso. Déjame pasar.
Micaela se irguió. Él la empujó sin miramientos y pasó. Al día siguiente, exigió que la escuchara:
—No me canses demasiado. Estoy rendido.
—No voy a soportar más humillaciones.
—¿Ah, no? Tendrás que hacerlo. No puedo vivir al lado de una niña moralista.
—¡Carlos!
—Déjame en paz.
Lo miró largamente y se alejó. Fue a ver a su padre:
—Me voy a separar de Carlos.
Él se levantó, sorprendido.
—Micaela, hija…
—¿Por qué me casaste con él? Tenía veinte años y quería a mi marido. Voy a dejar de quererlo, papá.
Él confesó: no tenía dinero; Carlos sí. La quería protegida, con lujos y palacio. Micaela sintió asco y decidió vivir al margen. No se podía divorciar, tenían un acuerdo firmado y ella lo perdería todo. Pero una noche necesitó salir. Se vistió elegante y acudió a un club, donde lo encontró. La policía lo interrogaba; él sostenía a una mujer ensangrentada. Al acercarse un agente, dijo:
—Está muerta.
—Ya lo sé —repuso—. Veremos cómo explican la muerte.
Al día siguiente, la prensa relataba el escándalo. Micaela leyó los titulares con amargura. Entonces apareció Carlos en su despacho:
—Hola.
—¿Tú? —susurró—. ¿No estabas preso? Te vi anoche. ¿Fuiste tú quien la mató?
—No. Afuera me espera la policía. He venido a pedirte algo, Micaela.
Erguida, serena, parecía una majestad de porcelana.
—Pide lo que quieras. Una vez termine esto, no quiero saber más de ti. Como sabes, voy a tener un hijo…
—No te guardo rencor. He dejado de quererte.
—Nunca creí que tu degradación llegara a matar a tu amante.
Carlos alzó los ojos y sonrió levemente. Era bello, pese a todo. Se acercó y dijo:
—No la he matado. Surgió un barullo y yo acudí…
—No necesitas justificarte. Sé que eres inocente.
—No lo hago a modo de justificación. Al casarme contigo creí que sería feliz… Me amaste, pero no fue suficiente para un hombre como yo. Jamás tuve una amante; soy inocente aunque las pruebas digan lo contrario.
Dio un paso atrás, ella uno hacia delante.
—Has venido a pedirme algo.
—Búscame un defensor —dijo secamente.
—Lo haré. Pero prométeme que jamás…
—No te molestaré. Ni quiero tu dinero. Trabajaré por mí y por mi hijo. Y por tu padre.
—Tal vez quiera marcharse contigo —repuso ella, asqueada.




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