Fantasmas del Pasado

Capítulo 2

Micaela levantó la cabeza y su mirada vagó por el despacho. El frío madrileño calaba hasta los huesos. Se puso en pie y encendió la calefacción, dejando que el calor se extendiera lentamente por la estancia.
Se dejó caer en un diván, encogiendo las piernas, y volvió a perderse en sus recuerdos…
Aquella misma noche fue a buscar a su padre en el despacho y le habló con voz firme y segura:
—Voy a defender a Carlos.
Su padre, envejecido y encorvado, levantó la cabeza. Su hija lo miró con lástima; nunca le reprochaba nada, y no era necesario: él cargaba con la culpa de la amargura sentimental de Micaela. Una mujer joven, destrozada, con un pasado demasiado cercano a un hombre que no fue bueno. Dinero… ¿de qué servía después de eso?
—¿Tú? —preguntó con tono incrédulo—. ¿Sabes lo que dices, Micaela?
—Será la iniciación de mi carrera. Si fracaso, buscaré empleo; si triunfo… seguiré adelante, papá. Venderé la finca que me dejó mi madre, devolveré a Carlos lo que te dio… y abriré un despacho propio.
—No, eso no, Micaela. La finca de tu madre es sagrada para ti. He pasado muchos apuros, sí… pero eso siempre lo respeté.
—Mejor hubiera sido venderla, papá. Yo lo haré.
Y lo hizo, aun contra la oposición de su padre. Acababa de cumplir veintiún años y estaba decidida a todo. No buscó abogado para su marido; una tarde se vistió con elegancia y lo visitó en la prisión. Allí, los millones de Carlos Garrido no sirvieron de nada. Solo una mujer, Micaela, podía darle la libertad que él necesitaba. ¡Curioso, ciertamente!
—Aún te quedan ganas de visitarme —dijo él por saludo.
Micaela se sentó en el único banco de piedra, apoyó la cartera de piel sobre sus rodillas y respondió con frialdad:
—Voy a defenderte yo, Carlos.
Él se sacudió como si un huracán lo agitara.
—No me hagas reír.
—Quizá riamos juntos si fracaso, pero voy a triunfar, Carlos —sus ojos brillaban con determinación—. Por una vez, voy a ganar y te devolveré la libertad con todo lo que me diste.
—Muchas desilusiones… y algo de dinero.
—Eres materialista.
—No sé lo que soy, ni me interesa averiguarlo.
—Solo sé que no quiero verte preso y voy a librarte de esta humillación.
—Si no hay nadie que pueda salvarme… hay testigos que dicen haberme visto disparar —rió con sarcasmo—. Alguien quiere perderme y lo está consiguiendo. Tú, tan moralista y buena, ¿defenderás a un criminal creyéndole culpable?
—Quizá no soy tan inocente ni moralista como crees. Pero te creo culpable y aun así voy a librarte. Y vas a contarme todo tal como fue, como quiero demostrar.
Carlos metió las manos en los bolsillos, se balanceó sobre sus largas piernas y sonrió flemático.
—Ojalá no puedas hacer nada, orgullosa Micaela. Daría mi libertad a cambio de tu humillación.
—¿Acaso no me has humillado bastante ya?
Se inclinó hacia ella y Micaela nunca olvidaría aquella mirada centelleante, diferente de sus ojos siempre burlones, cargada de algo nuevo y perturbador.
—Te estoy conociendo ahora, Micaela Velasco —susurró Carlos—, y lamento haber tenido los ojos cerrados tanto tiempo.
Ella se irguió, cerró la cartera con un movimiento firme.
—Los testigos contarán la verdad. Prefiero no verte de nuevo.
Trabajó días y noches sin descanso, como si una fuerza sobrehumana la empujara. Buscó datos, revisó diarios, habló con camareros, con amigos de Carlos, con cualquiera que pudiera aportar información, aunque no tuviera relación directa con el asunto.
Cuando llegó el día del juicio, la sala estaba a rebosar. La prensa cubría cada detalle del proceso: el acusado, un hombre poderoso y millonario; la defensora, su propia mujer, quien había aprendido a mirar la vida con ojos de acero. ¿Lo hacía por amor? Algunos lo pensaban. Micaela, por nacimiento y orgullo, parecía invencible, pero todos aguardaban curiosos: ¿Cómo defendería una mujer a un criminal… siendo su marido?
Lo defendió con una determinación que sorprendió incluso a quienes ya la habían visto brillar.
Uno tras otro, desfilaban los testigos frente al tribunal, repitiendo versiones casi idénticas, señalando el arma, la noche, el disparo, el nombre de Carlos Garrido como si fuera un estribillo inevitable. Las pruebas parecían sólidas; demasiado sólidas. Pero Micaela no decayó. Se mantenía erguida, contenida, envuelta en la toga negra que la hacía parecer más delgada, más esbelta… y, paradójicamente, más poderosa que nunca.
A simple vista, era imposible ignorarla. Había algo en su porte, en la firmeza de su cuello y en la serenidad tensa de sus manos que hacía que todos —desde el público hasta los miembros del tribunal— la observaran como si fuese la única figura verdaderamente viva en aquella sala saturada de murmullos y miradas.
Se levantó. El tejido negro se deslizó por su cuerpo con un suave roce que solo ella alcanzó a sentir. Avanzó hacia el estrado. Cuando abrió la boca, lo hizo con una lentitud estudiada; cada palabra medía la siguiente, cada frase parecía construirse desde un punto profundo, casi sentimental, que contrastaba con la fría lógica con la que argumentaba.
Su voz, al principio dulce y grave, fue creciendo. Se endureció. Se afiló. Afiló también las conciencias. Y de pronto la sala quedó suspendida en esa vibración que solo surge cuando alguien consigue dominar el aire al hablar. No solo hablaba: hipnotizaba.
Carlos Garrido la miraba desde su asiento, inmóvil. Entre sus dedos, esposados, apenas se notaba el temblor. Aquella mujer que lo había amado, que había llorado por él, que había soportado su indiferencia, su frialdad, sus insultos… aquella misma mujer se alzaba ahora como una figura imposible de ignorar.
Era ella y, al mismo tiempo, no lo era.
Los ojos esmeralda —los mismos que él había visto brillar de ilusión hacía años— recorrían ahora su rostro sin detenerse, sin darle un mínimo resquicio para sentir que aún significaba algo para ella. Esa frialdad, esa distancia absoluta, lo encogió más que la posibilidad de una condena.
Las manos que él había acariciado —y, tantas veces, despreciado— se movían ahora, enérgicas, precisas, marcando el ritmo exacto de sus argumentos. Y la voz… su voz, que tantas noches él había ignorado, resonaba ahora con la fuerza de quien ya no se permite vulnerabilidad alguna.
Hubo un murmullo cuando interrumpió a un testigo con un gesto suave pero implacable. Luego la voz volvió a elevarse con una pasión perfecta, calculada, pero al mismo tiempo tan auténtica que nadie supo distinguir dónde acababa la técnica y comenzaba el latido.
El público se agitó. Los periodistas tomaban notas frenéticamente; algunos, incluso, olvidaron escribir por momentos. Los jueces intercambiaban miradas cada vez más inquietas.
Aquella mujer… aquella mujer parecía dominar no solo la sala, sino también el destino de todos los presentes.
Cuando concluyó, un silencio espeso cayó sobre la sala. Luego vino un murmullo colectivo, casi de rendición. Los jueces tardaron apenas unos minutos en dictar sentencia: libertad absoluta.
Nadie entendió cómo había desmontado las pruebas. Nadie comprendió del todo cómo había logrado convertir un caso perdido en un triunfo. Pero no hizo falta comprensión. La inocencia de Carlos Garrido estaba sellada, y la ley se inclinó ante la mujer que acababa de demostrarlo.
Ese día, Micaela comprendió que su destino estaba marcado.
La prensa la ensalzó sin escatimar adjetivos. La retrataron como la “abogada prodigio”, la “reina esmeralda de los tribunales”, la “mujer que había desafiado a la justicia y ganado”. Y cuando abrió su oficina en una calle elegante, tuvo que contratar ayudantes porque los clientes se multiplicaron como si su nombre fuese garantía divina.
Su carrera ascendió sin frenos. No volvió a perder un caso. Tuvo a sus gemelos. Perdió a su padre. Se instaló en una vida llena de prestigio, trabajo y una soledad cuidadosamente ordenada.
Y dejó de ser "La Niña Moralista", a ser "La Abogada del Diablo"
Cada tanto, enviaba parte de sus ingresos a su ex marido. Él se los devolvía siempre. Y ese dinero —frío, muerto, casi simbólico— dormía en una caja fuerte, esperando que alguien reclamara algo que ninguno quería ya tocar.
¿Lo volvió a ver?
Nunca.
Solo recibió una nota, al día siguiente del juicio. Él se marchaba a Escocia, aseguraba que no pensaba divorciarse, que volvería algún día. Y ese “algún día” se extendió durante casi cinco años. Cinco años de silencio absoluto.




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