Amaneció todo cubierto por un manto de nieve. Micaela se incorporó en la cama con lentitud, envolviéndose en la bata de gruesa que olía todavía a su propio aliento nocturno. Descalza, recorrió el suelo helado hasta el baño. Allí, desnuda, se colocó bajo la ducha; el agua fría la golpeó con una intensidad casi violenta, y, sin embargo, la sensación le produjo un alivio profundo, como si la corriente helada hubiera arrastrado consigo parte del desasosiego que la consumía.
Sus nervios, tensos y alterados, se calmaron solo un poco. Se frotó el cuerpo con vigor, con casi rabia contenida, reconociendo que estaba enfadada consigo misma. Creyó que podía soportarlo todo con entera tranquilidad, y sin embargo, una simple carta, unas palabras apenas escritas, habían trastocado su mundo entero. Sus manos húmedas alisaron el cabello con un ademán automático, mecánico, y luego procedió a vestirse, ordenando su apariencia con la misma precisión con la que había construido su vida.
No desayunaría en casa. Ese ritual quedaba suspendido por la inquietud que la devoraba. Prefería perderse en la ciudad, dejar que sus pies se hundieran en la nieve endurecida y caminar sin rumbo fijo, con los pensamientos arremolinándose como copos de nieve en una tormenta inminente.
—La llegada de él… no debería alterarme de este modo… y, sin embargo, me altera. Me desquicia, me descompone… —susurró, descendiendo la escalinata alfombrada con pasos que combinaban firmeza y agitación.
Con un andar elástico, decidido, la estampa de una mujer moderna y dueña de su propio destino, Micaela cruzó el vestíbulo. Sebastián, como si siempre la espiaba, apareció desde la puerta y le dedicó una sonrisa cómplice, cargada de silencios y recuerdos.
—Seguramente no vendré a comer, Sebastián —dijo ella, con voz suave pero firme.
—Bien, señora —contestó él, respetuoso y sereno.
—Cuida mucho de los niños y… si viene alguna visita, di… que no estoy —añadió.
—Sí, señora —respondió Sebastián, inclinado ligeramente.
Micaela se escapó de sus ojos, preguntándose si aquel hombre había adivinado algo de lo sucedido. Tal vez sí. la conocía demasiado bien, más incluso que su padre, más que Sebastián, más que cualquier otra persona. Había sido testigo de su infancia, de sus primeros pasos, de sus juegos en el parque de la finca, de sus primeras confidencias. Sebastián había observado cómo la niña crecía hasta convertirse en la mujer que ahora desafiaba a la vida con determinación.
Trabajó con mayor ahínco del que su cuerpo podía permitir. ¿Acaso no era esta mañana como todas las demás? A simple vista, sí. Pero en su interior, cada sombra de la tormenta anunciaba que nada volvería a ser igual.
Forzó su mente a mantenerse fija en los documentos que su ayudante dejaba sobre la mesa, como si concentrarse la ayudara a no pensar, a no sentir. A mediodía tuvo que trasladarse a la Audiencia; caminó por los pasillos como si flotara, mecánica, automática, aferrándose al ritmo rutinario que la había salvado tantas veces. A las dos ya estaba de vuelta en su oficina, más tensa aún, con los nervios entumecidos por el frío de la calle y por el peso de la noticia que evitaba mirar de frente.
Ese día no saldría. Pediría algo a la cafetería de enfrente. No deseaba ver a nadie, ni permitir que nadie la viera. Y desde luego, no iría a casa hasta que la noche cubriera la ciudad. La oscuridad siempre lo hacía todo más fácil.
Pidió por teléfono la comida y, al poco, un camarero subió con la bandeja. Mientras colocaba los platos, hablaba sin parar, lamentándose de que aquella madrugada se había encontrado el cuerpo de una mujer tendida en la nieve. Contó que la calefacción del local apenas funcionaba, que el frío era endemoniado y que él ya no sentía las manos desde el amanecer. Micaela le sonrió con cortesía; sin embargo, su mente estaba a kilómetros de distancia, perdida en un torbellino interior que nada tenía que ver con la nieve, el crimen o el invierno.
Vio a su ayudante regresar, observarla con extrañeza y marcharse de nuevo a su departamento sin atreverse a decir nada. Oyó, a través de la puerta, el ruido de los empleados volviendo a sus puestos tras la pausa del almuerzo; el ritmo pausado y familiar de una oficina que continuaba su vida sin ella, como si nada estuviera ocurriendo.
Poco después apareció su secretaria.
—Buenas tardes, señorita Velasco.
—Buenas tardes, Betty. Hoy no tengo ganas de trabajar. Ve al archivo y ayuda a Jimmy.
—Sí, señorita Velasco.
Micaela sonrió al verla marchar. Señorita Velasco. Todos la llamaban así, como si fuera soltera, como si su vida entera no cargara con un matrimonio desgastado y dos hijos. Todos sabían que estaba casada, que defendió a su marido en los tribunales, que tenía veinticinco años recién cumplidos y dos criaturas a las que adoraba. Sabían su historia, aunque nadie se atreviera nunca a hablar de ella.
Una edad en la que otra mujer recién empieza a vivir… y yo ya me siento acabada, pensó.
Sonó el teléfono.
—Dígame.
—Señora... —respondió al otro lado la voz imperturbable de Sebastián—. Señora…
—Dime, Sebastián.
—Ha estado aquí.
Los dedos se crisparon. No necesitaba preguntar quién. El simple pronombre lo decía todo: él. Su marido.
—Señora...
—Te oigo perfectamente, Sebastián.
—Vio a los niños…
—Sigue.
—Los besó…
Los ojos de Micaela, color esmeralda, se cerraron un instante bajo el peso de un dolor antiguo, casi olvidado. Respiró hondo.
—Sigue.
—Yo dije que mi señora no estaba, pero él insistió.
Hubo un silencio. Sebastián parecía dudar.
—Señora.
—Sigo oyéndote —susurró ella, con una calma que no sentía.
—El señor dejó la maleta… Ordené que la subieran a la habitación de su difunto padre… Yo ignoraba si debía rectificar y por eso llamo.
No respondió. Su mirada se perdió muy lejos, en un pasado que dolía.
—Señora...