Fantasmas del Pasado

Capítulo 4

Seguía lloviendo. Los niños estaban en el cuarto de estudio, y la voz aguda y aflautada de Sebastián llegaba de vez en cuando al salón, regañándolos. Eran tremendos. ¿Dónde estaría su padre? No con ellos, eso estaba claro.

Cuando llegaron a casa media hora antes, Carlos se encerró en el despacho alegando trabajo. Micaela subió a su gabinete, se cambió de ropa, se puso una bata anudada a la cintura y, descalza, se recostó en un diván. Con las manos tras la nuca, observaba cómo la lluvia golpeaba el ventanal. Estaba a gusto; necesitaba descansar. El trabajo en la oficina podía esperar; Adolfo se encargaría de ello.

De pronto, la puerta se abrió y Carlos apareció en el umbral. Micaela se incorporó, pero él cerró la puerta con el pie y avanzó hacia ella.

—Quédate como estás —dijo, apoyándole la mano en el hombro.

La empujó suavemente y ella se recostó de nuevo.

—Enciende la luz.

—¿Para qué? Nos vemos bien…

—Siéntate entonces.

Todo parecía normal, aunque ambos sabían que nada lo era. Micaela arrastró una butaca y se sentó junto a ella.

—Voy a decirte algo, Micaela.

—Dilo.

—Te observé esta tarde… y saqué una conclusión.

—¿Cuál?

—Tu triunfo se debe a un recuerdo.

—¿Qué recuerdo?

—No te muevas. Descansa.

—Curioso… sigue.

—Al defender a esos hombres piensas en un día: el día en que defendías a Carlos Garrido.

Micaela se incorporó de golpe, juntando las rodillas.

—No puedo pensar en ese día, fue… el más horrible de mi vida.

—Por eso precisamente. Es tu orgullo. La sola idea de ver en la cárcel al padre de tu hijo produjo en ti ese fenómeno. Ese día no fuiste una mujer común; fuiste extraordinaria. Y lo eres cada vez que defiendes a un hombre en quien ves al padre de tu hijo. Cuando estás ante un tribunal, no eres la misma mujer displicente que se recuesta en un diván .

—Absurdo —rió nerviosa.

—Absurdo o no, es cierto.

Los niños entraron entonces al gabinete, interrumpiendo la conversación. Susana se sentó en las rodillas de Micaela, Roberto en las de Carlos.

—¿De dónde vienen tan apurados?

—De la biblioteca, —dijo Susana con su lengua estropajosa—. Escapamos de Sebastián.

—Eso no se hace.

—Y Roberto rompió una figurita.

—¿Es cierto, Rob?

—Sí,, pero no quería…

Carlos los miraba, pensando en tantos años desperdiciados con otras mujeres, en clubs. Ahora veía a la mujer que lo había esperado, joven y llena de ternura, y a sus hijos, y se preguntaba si algo en la vida valía más que aquello. Ni siquiera notó que Roberto saltaba de sus rodillas para colgarse del cuello de su madre.

Micaela, olvidándose de él por un instante, besaba una y otra vez a los niños, ocultando su boca en los cabellos revueltos. Cuando levantó la mirada, vio los ojos grises de Carlos, extraños, que la estremecieron de pies a cabeza. Él se puso en pie y se alejó a grandes pasos.

—¡Carlos!

No se volvió.

—¡Carlos!

—Te dejo sola con ellos… lo necesitas. Yo soy un mundo aparte para los tres.

—Pero Carlos, no seas tonto…

Se fue dando un portazo. Su comportamiento era absurdo, fuera de lugar, pero no podía remediarlo. La visión de ella abrazando a sus hijos le recordaba toda una vida desperdiciada en placeres efímeros.

Los niños corrieron a su lado, gritando:

—¡Síguenos, papá!

Él no respondió. Se sentía vacío, desarmado, mientras dentro de él emergía otro hombre… aunque aquel día no era aún el momento.

Se encerró en el despacho y se sentó en el gran sillón, apoyando la cara en las manos. La puerta se abrió lentamente, y Micaela avanzó, posando una mano en su cabeza.

—Carlos, no quiero hacerte daño.

Carlos levantó la cabeza, con una mueca extraña en los labios.

—Pero me lo haces —dijo—. Me lo harás mientras vivas, aunque no quieras. ¿Por qué no ríes, Micaela? Si esperabas vengarte… ya estás vengada.

—No dramatices, Carlos. No me da risa, me das pena. ¿Qué me reprochas? ¿Esperabas que te recibiera con los brazos abiertos?

—No lo esperaba ni lo deseé; pero fracasar duele.

—¿Fracasar en qué? Tienes hijos, una mujer que no te ha reprochado nada, un hogar. ¿Deseas también mi amor, Carlos Garrido?

Él se levantó y dio vueltas por el despacho, hasta detenerse frente a ella:

—Márchate —dijo bajo—. Márchate ahora, Micaela, o te arrepentirás.

Ella retrocedió, desconcertada.

—Hola, Armando

—¿Hice mal en llamarte?

—No.

Micaela sonrió, seductora.

—Hace más de una semana que no veo a Carlos Trabaja mucho en sus oficinas del puerto.

—¿En qué?

—No lo sé; algo relacionado con barcos.

—¿Y sus exploraciones?

—Poco habla de sus asuntos.

Armando la tomó del brazo y avanzaron hacia el auto verde que la esperaba. Para Micaela, Armando era mas que un amante, un hermano, un confidente. Siempre había estado allí: en los momentos difíciles, en el bautizo de los niños, en los pequeños triunfos. Ahora más que nunca.

—¿Has podido librarte de la atracción que sientes por él, Micaela?

Ella rió, sentándose al volante.

—No tuve ocasión de comprobarlo. Pero te advierto que mi marido, pese a todo, es extraordinario.

—¿Lo admiras?

—No sé… algo en mí no funciona muy bien. Posiblemente he cambiado yo, o ha cambiado el mundo. Solo sé que Carlos es extraordinario.

—¿Por qué?

—Porque un hombre que desde los veinte años vivió en el fragor del placer y, a los treinta y siete, tiene voluntad para escapar de él, no es vulgar; es extraordinario.

—¿Crees que lo logró solo con voluntad?

—Sí.

Armando sonrió sarcástico:

—Sigues siendo ingenua como cuando te declaré mi amor por primera vez y me dejaste por ello..

—Nunca tuve otro novio mas que Carlos, me casé completamente ciega, y sinceramente, no me veo con ningún otro. No conozco a los hombres Armando, y no me avergüenzo.




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