Fantasmas del Pasado

Capitulo 5

A la mañana siguiente encontró a Sebastián en el comedor. Alto y enjuto, con pelo y patillas blancas, seguía siendo el enigmático mayordomo de la casa.

—No te marches, Sebastián —dijo suavemente—. ¿Puedes responder a varias preguntas?

—Desde luego, señora

Ella sonrió. No se enfadaba ya; Sebastián nunca aprendería su lección.

—Dime, ¿vino anoche mi marido?

—No, señora.

—Eso indica que nos enfrentamos a un problema similar al anterior.

—Así lo creo, señora. No obstante, el señor viene todos los días a las cinco de la tarde a ver a sus hijos.

—Sí, ya lo sé.

—Si puedo servir en algo a señora…

—En nada, Sebastián muchas gracias.

Sebastián se alejó. Micaela desayunó sin apetito y luego se dirigió a su coche.

Al anochecer decidió ir al puerto. No tenía motivo particular, solo defendía la dignidad de sus hijos. El elegante Audi atravesó calles y avenidas y se detuvo ante un cafetín maloliente. Micaela no esperaba mucho; un hombre de mal aspecto le indicó el camino sin responder a sus preguntas. Continuó despacio, llamando la atención del vecindario. Un hombre más presentable se acercó:

—¿Busca algo, señorita?

—Al señor Garrido. ¿Sabe dónde tiene sus oficinas?

—Trabajo para él. ¿Ve ese edificio de la esquina?

Micaela miró. Una casa moderna de ladrillos rojos, de muchos pisos, con presencia confortable.

—El quinto piso es donde vive Carlos Garrido. Las oficinas están en la planta baja, pero ya han cerrado.

—¿A qué se dedica?

—Es consignatario de buques y posee varios.

—¿Lo conoce mucho?

—Poco. Yo trabajo de vigilancia en el muelle.

—¿Quiere acompañarme?

—No, gracias. Buenas noches, señorita.

El Audi llegó hasta el edificio rojo. «Quinto piso… ¿subo o me voy? Lo lógico sería dar la vuelta, pero a veces las mujeres somos ilógicas. Subiré… Siento curiosidad por ver dónde vive el padre de mis hijos».

Entró en el ascensor, guardó la llave del auto en su bolso y pulsó el botón.

Al detenerse, miró a su alrededor. Varias puertas, hasta que vio una placa de bronce:

«CARLOS GARRIDO — ARMADOR DE BUQUES»

Apoyó la yema del dedo en el timbre. ¿Temblaba? Sí, aunque era absurdo. Vestía un modelo de tarde oscuro, sobre él un abrigo de visón, y tacones altos que la hacían temblar. ¿Qué pensaría Carlos ¿Qué diría? No lo sabía.

Se abrieron pasos y apareció una mujer gruesa y colorada, sonriendo tontamente:

—¿Qué desea?

—Ver al señor Garrido.

—No recibe a estas horas. Trabaja en su despacho.

—Al menos anúncielo.

—Tengo órdenes concretas, señorita.

Micaela contuvo la risa y dijo con voz de niña buena:

—Me recibirá, estoy segura.

Unos pasos avanzaban por el pasillo. Una voz bronca preguntó:

—¿Con quién hablas, Melisa?

Carlos apareció. Al verla, quedó suspendido; después curvó la boca en su mueca odiosa y dijo a Melisa:

—Es mi esposa. Pasa, Micaela.

Melisa se retiró sorprendida y Micaela le sonrió.

—Pasa, Micaela ¿No te quitas el abrigo? —preguntó Carlos, ayudándola a quitarlo y dejándolo sobre una butaca.

¿No era todo absurdo? Micaela se miró y sonrió entre dientes.

El saloncito era acogedor de una forma casi peligrosa: el diván mullido invitaba a abandonarse, los butacones anchos prometían confidencias, la chimenea crepitaba con una intimidad que parecía respirar. Una mesita baja ocupaba el centro, y los cuadros en las paredes observaban en silencio, como testigos discretos.

Micaela se acercó a la repisa y se detuvo ante la fotografía enmarcada. La miró más de lo necesario.

—Son mis hijos. Les hice la foto hace un par de semanas —dijo Carlos con naturalidad, demasiado cerca de ella—. Me gusta tenerlos ahí. Es… tranquilizador.

—Ya —respondió ella, sin saber muy bien qué decir.

—¿No te sientas?

Micaela obedeció, acomodándose en el borde del diván, tensa, como si el mueble pudiera delatarla. Alzó la vista hacia él. Carlos estaba de pie junto a la chimenea, con pantalón de franela y un jersey blanco que le marcaba el torso sin esfuerzo. Las zapatillas de piel le daban un aire doméstico, íntimo, casi obsceno en su sencillez. Parecía más delgado, más vulnerable… y, sin embargo, más atractivo que nunca.

—Melisa nos traerá algo —dijo—. ¿Te quedas a cenar conmigo?

—No… no. Me iré enseguida.

Ni siquiera preguntó por qué había ido. Actuaba como si su presencia fuera lógica, inevitable. Y eso la desarmaba.

—Diré que nos sirva —continuó—. Luego, si quieres, te acompaño.

Micaela miró su reloj: las diez en punto. Un nudo le cerró el estómago. ¿Qué hacía allí? Aquello era absurdo. Ridículo. No pensaba quedarse. No debía.

—¿Te quedas, verdad?

Por supuesto que no, se dijo.

—Bueno… sí.

La palabra salió sola, traicionera. Se removió en el diván, incómoda consigo misma.

—¿Qué te pasa, Micaela?

—Nada —sonrió, demasiado rápido—. Nada.

Carlos la observó un segundo más de lo necesario.

—Le diré a Melisa que nos prepare algo. Aquí mismo.

—Está bien.

Cuando se fue, el silencio cayó sobre ella como una presión en el pecho. Micaela recorrió la estancia con la mirada, sintiéndose atrapada y expuesta.

Debo irme. Ahora. ¿Qué hago aquí, frente a este hombre al que no debería ni mirar? Imaginó las luces de la ciudad, su coche, la seguridad de su casa. Solo tenía que levantarse. Pero no lo hizo.

Melisa entró y extendió un mantel blanco sobre la mesa baja. Colocó los cubiertos con precisión. Volvió con los entremeses.

—El señor vendrá enseguida, señora.

Ahora, pensó Micaela. Ahora me levanto.

Pero cuando Carlos regresó, recién peinado, con la americana ajustándose a sus hombros de forma inquietantemente perfecta, ella seguía allí. Sentada. Esperándolo. Con una sonrisa nerviosa y el corazón golpeándole demasiado deprisa.




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