Fantasmas del Pasado

Capítulo 6

La luz del amanecer entraba por los cristales. Micaela abrió un ojo, luego el otro, y volvió a cerrarlos perezosa, para abrirlos inmediatamente después. De un salto se sentó en la cama y miró a su alrededor. ¡Aquella no era su habitación de la mansión de la Quinta Avenida!

—Pero… pero…

¿Quién la había llevado allí y por qué? ¿No era aquella su ropa tirada de cualquier modo en un rincón? Se apretó las sienes con ambas manos; le estallaban. Buscó con los ojos un objeto, algo que esclareciera su cerebro. Y lo encontró: el cuerpo de su marido descansando plácidamente junto a ella. Cruzó las manos sobre el pecho con horror y saltó al suelo. Con celeridad, tomó su ropa y corrió al baño. Había pasado la noche allí. Pero ¿por qué? Colocaba las prendas sobre su cuerpo y pensaba sin sentido alguno. En sus sienes seguía el martilleo, y el corazón le golpeaba con fuerza.

Se peinó precipitadamente y, despacio, atravesó la alcoba. Carlos dormía con el sueño de los justos. ¡El muy…! ¿Pero quién de los dos tuvo la culpa? Buscó la salida prescindiendo de Melisa y recordó que había llegado allí la noche anterior.

—Y él no me había llamado —se dijo en voz alta mientras el ascensor descendía—. Vine yo por mi gusto. Hablamos, yo estaba aturdida. Cené junto a él, bebí licores, luego… champaña.

El ascensor se detuvo y Micaela salió como si la persiguiera el mismo demonio. Ahora lo recordaba todo muy bien. Había sido estúpida, loca, desquiciada.

Corrió hacia el auto y se metió dentro como si temiera que todos los curiosos del cafetín infecto supieran lo ocurrido. Abrió la ignición y el auto rodó por el muelle hasta la calle central. No puso rumbo a su casa; se moriría de vergüenza si se presentaba ante Sebastián, a quien no hacía falta explicarle nada para comprenderlo todo. Se dirigió a la oficina. Allí pensaría.

Pero los pensamientos no cesaban, y sentada ante el volante seguía dándose golpes de realidad. «Soy la más vulgar de las mujeres —se dijo—. Tuvo razón cuando dijo que sigo siendo la niña débil que se casó con él sin reflexionar. Curioso, todos me consideran de una fuerza espiritual extraordinaria, y en un instante, junto a ese hombre, me convierto en una estúpida criatura sin sentido».

Se encerró en su oficina. Era muy temprano. ¿Qué hora era? Los empleados no habían llegado. Miró el reloj: las siete de la mañana. ¡Qué cosas más tontas le estaban sucediendo!

Pidió el desayuno por teléfono y se lo subieron de la cafetería. El camarero, dicharachero, le sonrió al entrar. Dispuso la mesa pequeña, la cubrió con un mantel y la sirvió. Pensaba: «¿Cómo habrá venido tan temprano? Está pálida y distraída». En voz alta dijo, quizá para entretenerla:

—Ayer noche un individuo vino a buscarla y, al estar cerradas las oficinas, fue a la cafetería a preguntar por usted, señorita Velasco.

—¿Sí?

—Sí.

—¿Quién era?

—No lo sé. Parecía enfermo. Dijo que tenía que hablar con usted de algo muy serio.

—Ya volverá.

—Eso creo.

Se retiró finalmente, y Micaela se entretuvo arreglándose un poco el rostro ante su espejito de mano. Pasó casi dos horas hasta que los empleados comenzaron a llegar. Entró Adolfo en su despacho y quedó envarado al verla.

—Buenos días, Adolfo.

—Por lo visto, ha venido usted muy temprano.

—Así es. Tráigame la carpeta, haga el favor.

—En la antesala hay un individuo que desea verla. Le dije que no lo recibiría hasta las doce y sigue ahí.

¿Tal vez el hombre de la noche anterior? No sintió curiosidad. Adolfo trajo la carpeta y ella la abrió. ¡Cómo le cansaba todo!

—El cliente parece un pordiosero, señorita Velasco.

—¿Ah, sí? Bueno.

—¿Desea que lo despida?

«Yo soy abogado de ricos, de millonarios», pensó. Pero no dijo que lo despidieran.

—Déjelo ahí. Tal vez necesite descansar —dijo, por decir algo.

Ojeó algunos documentos.

—Parece enfermo y cansado, señorita Velasco

Alzó la cabeza y miró brevemente a su auxiliar. ¡Curioso! ¿Se había humanizado Adolfo de repente?

—¿Quiere que lo reciba ahora?

—Me produjo lástima.

—Es raro.

Adolfo interrogó con la mirada, pero ella no explicó lo que le parecía raro.

—Hágalo pasar entonces. Veamos lo que desea de mí.

Entró el mendigo minutos después. Avanzó despacio, con la gorra mugrienta entre los dedos nerviosos. Enfermo, más que eso: condenado a muerte sin remisión. Lo contempló con curiosidad. Tenía ojos pardos, febriles, frente achatada y nariz aguileña. Flaco y altísimo, parecía un espectro viviente.

—Tráigale una silla, Adolfo —indicó, mirando a su ayudante—. Siéntese y dígame qué desea.

—Hemos de estar solos, señora Garrido.

¡Curioso! Era el primer cliente que le recordaba que tenía un marido.

Adolfo se retiró discretamente y iba a cerrar la puerta, cuando Micaela advirtió:

—Señor García, que no nos interrumpa nadie.

—Perfectamente, señorita Velasco

La puerta se cerró sin ruido mientras observaba al hombre con las cejas arqueadas.

—Estamos solos, señor…

—Me llamo… ¿qué importa cómo me llame? —rió brevemente—. Dentro de unos días seré un muerto más, ¿sabe usted? Por eso vengo a verla.

—Bien, pues diga lo que sea.

—Recuerdo un día, ¿sabe usted? Un proceso sensacional. Una joven defendía a su marido…

—No necesito que refresque mi memoria, aunque se vaya a morir.

—No se enfade, señora Garrido Cuando defendió a su marido, lo creía culpable, ¿no? Vengo a decirle que no fue él.

El hecho de que Carlos no cometiera aquel asesinato no iba a cambiar nada, pero era agradable saber que el padre de sus hijos no era un criminal.

—Siga usted —pidió, inclinándose sobre la mesa grande—. Siga, por favor.

—Tendré que contarle una pequeña historia.

—Cuéntemela.

—No daré nombres, pero hablaré en primera persona, señora Garrido. Usted interprételo como quiera. Si al final cree que merece la pena revolver viejos papeles, hágalo. Ahora escuche…




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