Los niños irrumpieron en la biblioteca cuando ella trataba de descansar. Se sentaron en sus rodillas y Susy preguntó curiosa:
—¿Por qué no ha venido papá?
—¿No había venido, querida mía?
—No, mamaíta.
—No habrá podido. Vendrá mañana.
Rob, como un hombrecito, encarándose con su madre:
—¿Y por qué no vive con nosotros?
Se sobresaltó. Por un instante pensó si sería culpable de ello, pero desechó la idea. Trató de sonreír y tranquilizar a su hijo. Esperó a que él viniera. ¿Por qué no habría de venir? Después de todo, los niños no tenían culpa.
No volvió a encontrarse con Carlos. Supo por Sebastián que venía a las cinco todos los días, traía caramelos y bombones para sus hijos. A veces llegaba cargado de juguetes y los niños se los mostraban con orgullo. Micaela empezó a sentirse mal, alicaída, sin apetito. No supo a qué achacarlo y una mañana decidió visitar al médico.
Habían pasado dos meses desde aquella noche en el piso. Y, aun así, Micaela regresaba a ella una y otra vez, sin querer. El saloncito aparecía en su memoria con una nitidez casi cruel: el diván donde se habían tenido entre los brazos, la chimenea encendida derramando un calor íntimo, la comida lenta, el champán burbujeando como una promesa imposible.
Se obligaba a pensar en otra cosa. En el trabajo. En los expedientes. En las salas frías de la Audiencia que ahora detestaba, igual que detestaba a los clientes, las jornadas interminables, las noches largas y vacías. Pero nada conseguía borrar aquel recuerdo que se le había quedado adherido a la piel.
¿Lo sigo queriendo?
La pregunta la asaltaba sin aviso. No podía perdonarlo, no del todo. Había demasiadas heridas. Demasiadas humillaciones. Y, sin embargo, una rebeldía amarga la recorría. Carlos seguía viéndola como a una niña, como si no hubiera cambiado, como si no fuera una mujer consciente de su deseo.
Si le quiero —si es que eso es amor—, lo hago como mujer. Y él debería saberlo.
No creía en su arrepentimiento. Había sufrido demasiado. No debía olvidarlo. No podía.
Pero lo recordaba. Aquella noche más que nunca. Con una nostalgia tan intensa que le dolía el pecho, como si la ausencia fuera una forma física del deseo.
Esa mañana se levantó más cansada que nunca. Con una tristeza espesa. Decidió visitar a su médico, un viejo amigo de la familia, que la observó con atención apenas cruzó la puerta.
—Si sigues así —le dijo, entre divertido y preocupado—, tendré que ponerte en tratamiento. Pero en serio, Micaela.
—¿Tan mal me ves, Peter?
—Mal no… bajísima. ¿Qué te pasa? Ya sé que Carlos ha vuelto. ¿Todo va bien?
—Sí —respondió ella, con una risa nerviosa que no convencía ni a ella misma.
¿Qué le importaban a nadie sus problemas?
—Voy a examinarte. No tienes buen aspecto. ¿Mucho trabajo?
—Demasiado.
—Te admiro. Has triunfado.
—¿Tú crees?
Él sonrió, con esa mirada que parecía atravesarla.
—No siempre se puede ganar en todo, pero tú… tú has llegado lejos.
—Ya…
—Cuando te veo con la toga —añadió—, tengo la sensación de que estás interpretando un papel.
—Una comedia humana —bromeó ella.
—Exacto. La gran comedia humana. Vamos, túmbate.
El examen fue largo, silencioso. Cuando terminó, Peter habló con tono ligero, casi alegre:
—Mal conocido, pequeña.
—¿Sí? ¿Qué mal es ese?
—Que tus hijos van a tener un hermanito.
La noticia la golpeó de lleno. Micaela se quedó inmóvil, sintiendo cómo algo se abría paso dentro de ella: sorpresa, miedo, una alegría inesperada. Sus ojos preguntaron lo que la voz no pudo.
—De verdad —rió él—. ¿Te sorprende?
—No lo esperaba… —susurró—, pero estoy contenta.
—Claro que lo estás. Díselo a Carlos, se alegrará.
—¿Ves a Carlos a menudo? —preguntó, fingiendo indiferencia.
—Todos los días en el club. Lo noto cambiado. Mucho mejor.
—Sí… está bien.
—Ayer mismo me pidió que te viera. Dijo que estabas delgada, apagada…
—Pero si…
Iba a decir que no lo veía desde hacía dos meses. Se mordió los labios y soltó una risa falsa.
—¿Pero si qué?
—Carlos siempre fue un poco… visionario. Estoy perfectamente. No sé cómo no pensé antes en esto.
—Porque eres despistada.
—Eso será.
Se levantó, dispuesta a irse.
—¿Cuánto te debo?
—No seas tonta —dijo él, dándole una palmada afectuosa y acompañándola hasta la puerta.
Ya en el Audi, permaneció unos segundos sin pensar. Luego la realidad se abrió paso.
Un niño.
Otro hijo de Carlos.
Y, contra todo pronóstico, sonrió. Estaba contenta. ¿Por qué no iba a estarlo? Después de todo, traer una vida al mundo siempre era algo profundamente —dolorosamente— hermoso.
Dos noches después, Micaela estaba en el saloncito, tomando el café de sobremesa, cuando la puerta se abrió sin previo aviso. Carlos entró. Ella alzó la cabeza, sorprendida, y sonrió con torpeza.
—Vaya… así que recordaste que tenías hogar.
Él no respondió. Se quitó el abrigo y lo dejó caer junto al paraguas sobre una butaca. Permaneció erguido, inmóvil, con la mirada dura, casi metálica, clavada en ella.
—He hablado con Peter hace un momento.
—Ah…
El corazón le dio un salto. Cada vez que lo veía, el recuerdo de aquella noche regresaba con una intensidad que la desarmaba. Era algo inmediato, casi físico, como si la piel tuviera memoria. Se obligó a serenarse.
Carlos se sentó frente a ella.
—Por lo visto —dijo con ironía— no pensabas decirme nada.
—Si te refieres a… nuestro hijo.
—Me refiero a él.
—¿Y cuándo se supone que iba a decírtelo? —replicó—. ¿Acaso te he visto?
—Sabes perfectamente que vengo todos los días a las cinco. Y también sabes dónde está mi casa.
Ella se agitó, nerviosa.
—¿Tu casa? —rió con amargura—. ¿De verdad crees que voy a volver allí?