Fantasmas del Pasado

Capítulo 8

Un mes, dos, tres… Micaela dejó de ir a la oficina. Su embarazo estaba ya muy avanzado y confió todo en Adolfo Era ofrecerle un porvenir brillante y Adolfo lo merecía. Era inteligente y seguiría sus normas.

No volvió a ver a su marido. Sabía por sus hijos que acudía todos los días a la misma hora, y cuando ella dejó de ir a la oficina, lo veía jugar en el jardín con los niños, a través del visillo, y se sentía acongojada.

Un día, revolviendo unos papeles en el despacho, encontró una cartulina: una invitación de boda. De su boda hacía seis años. Sonrió sarcástica. Nadie recordaría aquella fecha porque no fue un día brillante… Seis años habían transcurrido sin advertirlo y, ahora… ¿Acaso iba a celebrarlo? Su sonrisa se acentuó. Cerró el cajón y pensó en el día siguiente. ¡Aniversario de su boda! Si todo fuera normal, lo celebrarían alegremente, pero así… Nadie lo recordaría. Ella, al menos, no pensaba decirlo, y Carlos no lo recordaría en modo alguno.

Hacía un día espléndido y salió al jardín. Dentro de cuatro meses un niño vendría a alegrar sus horas monótonas. Susana y Roberto eran casi adultos. Los adoraba, pero los niños se cansaban pronto de una madre silenciosa. El nuevo hijo sería un consuelo indescriptible.

—¡Mamá! —gritó Susana, corriendo a su encuentro.

—¿De dónde sales, querida mía?

—Estamos en el cenador.

«¡Estamos!» ¿Con quién estaba? ¿Con Sebastián? No, a Sebastián vio al pasar, sentado en la biblioteca. La niña la tomó de la mano y la arrastró tras ella. El parque lucía como en sus mejores días bajo los rayos de sol. Su casa era bonita, el jardín cuidado, el parque extensísimo, la mansión altivo y señorial.

Se quedó de piedra al ver a Carlos tendido boca arriba bajo la sombra de un árbol. Del cenador salía Roberto cargado con un álbum de estampas. Al verla, saltó gritando:

—¿Vienes a jugar con nosotros, mamita?

No respondió. Sentía los ojos de Carlos sobre ella y, a su pesar, enrojeció. Vestía una bata larga y por el borde inferior asomaba el pijama. Creyó que estaba sola y, además, no tenía deseo alguno de vestirse. Ahora, con los ojos grises clavados en ella, recordó que su marido venía todos los días a la misma hora.

—Hola, Micaela.

—Hola.

—¿No te sientas? ¿Quieres que te saque una silla del cenador?

—No, me voy a retirar.

—Este sol es magnífico.

—Ya lo veo.

Él vestía un traje de Armani. No llevaba corbata, y su cabello negro salpicado de hebras de plata estaba algo alborotado. Igual, exactamente igual que aquella noche en el quinto piso del muelle.

—¿De veras no te sientas?

Lo tenía de pie ante ella, con la silla en la mano. Se sentó suspirando.

—¿Ahora jugamos, papá?

—Ve tú con Susy. Yo me quedaré con mamá.

—Puedes ir con los niños —dijo Micaela de pronto, con un tono extraño—. Yo me entretengo sola.

—Prefiero quedarme contigo.

Los niños salieron corriendo tras la pelota, riendo, ajenos a todo. Carlos se sentó en el césped, la pipa entre los labios, y se quedó observando a Micaela con una atención que la incomodaba… y la desarmaba al mismo tiempo.

—¿No puedo decirte algo bonito?

—Mientras no intentes ser ingenioso…

—No lo soy —sonrió—. Pero para decirte que estás guapa me basta con ser sincero.

—Gracias.

—Más guapa que nunca, Micaela.

Ella sostuvo su mirada un segundo de más.

—Eres muy amable.

—Dime… ¿no piensas salir este verano? A los niños les vendría bien cambiar de aires. A ti también.

—Me gustaría ir al campo —respondió—, pero vendí hace años la finca de mi madre.

Una sonrisa apenas perceptible se dibujó en los labios de Carlos. No dijo nada.

—¿Por qué la vendiste?

—Para devolverte tu dinero. Está en un cofrecito, en la habitación que fue de papá.

—¿No crees que fue absurdo?

—¿Absurdo? ¿Por qué?

Carlos se incorporó. Incluso sentado, su presencia imponía. Seguía siendo delgado, casi austero, pero era el hombre que la había despertado al amor, el padre de sus hijos… y del que esperaba otro.

—Porque la juventud que me diste valía infinitamente más que cualquier cantidad de dinero.

El rubor le subió al rostro.

—No te vendí nada —respondió, con la voz entrecortada—. Te entregué mi vida con la ingenuidad de una esposa. ¿Cómo puedes pensar que el dinero pagaba mi cariño?

Carlos sonrió, con ternura.

—Sabía que responderías así. No serías tú si no lo hicieras.

Volvió a sentarse en la hierba, jugueteando con el césped entre los dedos largos y finos. El anillo de oro brilló al sol.

Micaela se levantó, agitada.

—¿Te has ofendido?

—Mucho.

—Siéntate —pidió—. Tenemos que hablar del verano. Has dejado la oficina… —sonrió—. No me mires así. Sé todo lo que tiene que ver contigo. No volverás, al menos no hasta que consiga convencerte.

—No lo lograrás. No eres persuasivo.

—¿Seguro?

Ella sonrió, a pesar de sí misma. El día era hermoso, y Carlos, incluso con todo su pasado, tenía algo irresistible. Estar allí, bajo la sombra del árbol, junto a él, resultaba peligrosamente agradable.

—Nunca lo fuiste demasiado.

—Pero cuando fuiste feliz conmigo, lo fuiste intensamente.

—Las pocas veces que lo fui —admitió—, sí… lo fui mucho.

—Quiero que vayas al campo con los niños. Yo iré a veros.

—Solo podría ir a la finca de mi madre. Y ya no es mía. Si pudiera recuperarla…

—¿Lo harías?

—Sin dudarlo. Pero no tengo dinero suficiente.

Carlos volvió a sonreír, misterioso. No respondió.

Los niños irrumpieron de nuevo, rompiendo la calma, y Carlos rodó por la hierba con ellos como uno más. Micaela los observó un momento y luego se alejó sin que nadie lo notara.

A la mañana siguiente, el día amaneció radiante. Sebastián se llevó a los niños al parque, y a Micaela, recostada en una butaca de la terraza un pensamiento la golpeó de repente: el aniversario de su boda.




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