La finca apareció tras la curva del camino como un recuerdo que se resiste a morir.
Micaela contuvo la respiración.
El portón de hierro forjado seguía allí. Las encinas, el sendero de grava, la casa blanca con contraventanas verdes… todo parecía detenido en el tiempo, como si los años no hubieran pasado o hubieran decidido esperar por ella.
—No ha cambiado —murmuró.
Carlos la observó de reojo mientras conducía despacio.
—Tú sí —dijo—. Y mucho.
Ella no respondió. El estómago le ardía con una mezcla peligrosa de nostalgia y miedo. Aquella casa había sido su refugio, su herida… y ahora volvía con él.
Los niños bajaron del coche corriendo, riendo, apropiándose del lugar sin pasado ni rencor.
Micaela permaneció inmóvil unos segundos más.
Carlos se acercó.
—¿Te arrepientes?
—No —respondió—. Pero me asusta recordar.
—No estás sola esta vez.
Todo estaba como siempre. Los ojos esmeralda se humedecieron contemplando los rincones queridísimos: las alamedas, los jardines cuidados, la casa ancha y señorial que había pertenecido a muchas generaciones. Y volvía a ser suya, suya por aquel hombre que era su marido… Lo miró antes de apearse del auto y, poniendo su mano alada en el brazo masculino, dijo quedamente:
—Gracias, Carlos. Esto… ¡no lo olvidaré nunca!
Los antiguos criados que conocieron a su madre y a su padre se alineaban en la terraza. El viejo mayordomo, con patillas blancas y levita impecable; la doncella que sirvió a su madre, viejecita y encorvada, pero con ojos vivos y cariñosos bajo la cofia blanca; el jardinero fuerte y coloradote, con manos duras y grandes; las doncellas altas y enjutas, de ojos bondadosos; y la vieja cocinera negra…
—Señora —saludó el mayordomo con voz emocionada—. Doy la bienvenida a los señores en nombre de todos mis compañeros.
Micaela avanzó hacia ellos, besando sus caras rugosas una a una, palmeándoles la espalda y sonriéndoles entre lágrimas.
—Amigos míos… —susurró conmovida.
Las lágrimas se agolpaban en sus ojos y no pudo decir más. Carlos avanzó y le pasó un brazo por los hombros, sonriendo también.
—La señora os verá después con más calma, queridos amigos. Ahora necesita descansar; el viaje ha sido agitado.
La llevó del brazo. Atravesaron el vestíbulo luminoso, lleno de macetas, cuadros y figuritas. Ascendieron por escalinatas alfombradas y Carlos empujó una puerta:
—Pasa, Micaela.
Entraron juntos. El olor a madera, a limpio, a casa viva la golpeó con fuerza. Subió las escaleras lentamente, rozando la barandilla con los dedos, hasta detenerse frente a su antigua habitación.
—No sé cómo explicarte lo que… lo que sentí hoy, Carlos. Me has… me has desarmado.
—No lo pretendí. Solo quiero verte contenta y feliz.
—Y lo estoy mucho… mucho, Carlos —dijo Micaela al fin—. Volver a esta finca, oír las voces de quienes cuidaron de mí, ver el retrato de mi madre… No imaginas lo que he sentido.
Recorría la estancia con la mirada, casi con avidez, como si temiera que los recuerdos volvieran a desvanecerse si no los retenía en su retina, en la piel, en el corazón.
—Aquí nací —susurró—. Y aquí quiero que nazca mi hijo. Mamá pasó aquí su noche de bodas… me lo contó una vez. Entonces no entendí lo que significaba. Hoy sí.
Carlos la observaba en silencio, apoyado en el marco de la puerta.
—Y te agrada…
—Me reconforta —corrigió—. Saber que fue feliz. Murió joven, pero lo fue… junto a mi padre.
Suspiró, como si se quitara un peso antiguo de los pulmones, y de pronto sonrió con una ligereza casi fingida.
—Pero basta de fantasmas. Ocupémonos del presente. Voy a darme una ducha y luego bajaré al jardín.
—Te esperaré abajo.
Micaela se detuvo un instante antes de entrar en su habitación.
—¿Te marchas hoy mismo?
—Sí —respondió él—. A menos que tú me pidas que me quede.
Ella negó despacio.
—Hoy no te lo voy a pedir.
Carlos ladeó la cabeza.
—Sigues creyendo que soy un error.
—Sigo creyendo —dijo, mitad en serio, mitad intentando bromear— que tienes casi cuarenta años y que un día te cansaste de huir.
—No creo que eso sea un pecado.
—No lo es. Pero si no me amaste cuando tenía veinte, no sé por qué habría de conseguirlo ahora. He aprendido a desconfiar, Carlos. Contigo aprendí a hacerlo.
Él avanzó un paso, invadiendo su espacio. No había enfado en su gesto, tampoco satisfacción. Tal vez algo peor: resignación.
—Una verdad poco agradable —admitió—. ¿Nunca has pensado en lo limitada que puede ser la paciencia de un hombre?
—Nunca —respondió ella con firmeza.
—Pues si quieres retener a tu marido —dijo con voz baja, cargada de intención—, quizá deberías empezar a hacerlo.
Sus miradas se quedaron enganchadas un segundo de más. Demasiado cerca. Demasiado cargado de cosas no dichas. Micaela fue la primera en apartarse y cerrar la puerta tras de sí.
En la ducha, el agua caliente comenzó a deslizarse sobre su piel, relajando tensiones antiguas. Cerró los ojos. con el agua caliente recorriéndole el cuerpo, pensó en sus palabras… y en el modo en que él la había mirado. No como a una esposa. Como a una mujer que todavía deseaba. ¿Estaba siendo injusta? ¿Demasiado dura? Tal vez. Pero no sabía actuar de otro modo.
Carlos la atraía, eso era innegable. Si no fuera así, jamás habría subido aquella noche al quinto piso del muelle central, jamás habría aceptado ese reencuentro que todavía le quemaba la memoria. Y, sin embargo, había algo —algo profundo, consciente— que aún no podía aceptar sin reservas.
Se dejó caer en una butaca y presionó las sienes con ambas manos, como si así pudiera ordenar sus pensamientos.
—Soy absurda —murmuró con amargura—. Estoy perdida por él… y me comporto como una principiante asustada. No es propio de mí. Nunca lo fue.
Ropa cómoda.
Casa recuperada.
Criados de siempre.