En la pista bailaban.
Micaela avanzó tras el camarero de esmoquin blanco y se quitó el abrigo con estudiada serenidad. El vestido, ajustado y audaz, reveló sin pudor las líneas jóvenes y esbeltas de su cuerpo. Sintió de inmediato dos ojos ardiendo en su espalda. Esperaba esa reacción. Necesitaba saber que Carlos la veía.
¿Qué podía hacer él? Acercarse. Todo el mundo sabía que eran marido y mujer, y Carlos era demasiado conocido en aquel barrio elegante como para fingir indiferencia.
Buscó con la mirada a la rubia que bailaba en la pista. No era Carlos quien la acompañaba. ¿Dónde estaba, entonces? Micaela estuvo a punto de volverse, pero su orgullo se lo impidió. Jamás miraba atrás.
—Hola.
Lo tenía frente a ella. El marido que acudía al encuentro de la mujer. Era lo lógico.
—Hola —respondió ella—. ¿Dónde dejaste a tu rubia platino?
Carlos se sentó sin contestar. Un camarero se acercó y sirvió té. Él lo miró apenas.
—Whisky —ordenó.
El camarero se retiró.
—Está bailando —dijo él al fin—. ¿No la ves?
—Sí.
—No me parece decoroso ni tu vestido ni tu presencia aquí.
—No te he pedido tu opinión.
—Lo sé. Pero como… marido, la doy.
—Tampoco te la he pedido.
—Si no me considerara tu marido, recibirías ahora mismo la mayor humillación de tu vida.
—Hace mucho que tus humillaciones no me afectan.
—¿Vienes a menudo a salas de fiesta?
—Siempre que me apetece.
—¿Sola?
—O acompañada.
—Prefería a la muchacha tímida que no se atrevía a levantar la vista.
Micaela rio, burlona.
—Esa no era yo. Era una niña inexperta e ingenua. Ha pasado demasiado tiempo desde entonces.
—Sí —admitió él—. Ha pasado mucho tiempo. ¿Nos vamos?
—No.
—Te ruego que te pongas el abrigo.
—He dicho que no.
Los ojos de Carlos brillaron un instante. Se levantó y, sin pedir permiso, colocó el abrigo sobre los hombros de ella.
—No quiero marcharme —murmuró Micaela—. Preferiría… bailar contigo.
Él soltó una risa seca, casi amarga.
—Eres demasiado hermosa para bailar con un hombre sin paciencia.
La siguió hasta la calle. Los dos coches estaban casi juntos; Micaela se preguntó cómo no los había visto antes.
—Dame las llaves —dijo Carlos—. Te acompaño.
—Prefiero quedarme. Iré sola a casa.
Él tomó las llaves sin insistir y se sentó al volante.
—¿Y tu coche?
—Volveré luego por él.
Micaela se acomodó a su lado. Se cruzó el abrigo sobre el pecho y se estremeció.
—¿Tienes frío?
—No. ¿Volverás por la rubia?
—Tal vez. ¿Qué?
—Nada.
La lluvia caía con fuerza, golpeando el parabrisas. Micaela se hundió en el asiento, como si el sonido la adormeciera.
—Tenías algo que decirme —insistió él—. ¿Te has arrepentido?
—No merece la pena.
—Quizá sí para mí.
—¿Qué importa ya?
Carlos encogió los hombros. Conducía con destreza, mirándola de vez en cuando. Micaela era hermosa, y su orgullo la volvía inaccesible. Cuántos errores cometían los hombres…
—Toca el claxon —indicó ella.
Lo hizo. La verja se abrió y el coche entró en el garaje. Micaela bajó de un salto.
—Sebastián cerrará —dijo.
Carlos bajó también.
—¿Vas a marcharte con esta lluvia?
—Pediré un taxi.
—Puedes llevarte mi coche.
—Iré en taxi.
Sebastián, encorvado bajo el impermeable, observaba la escena.
—¿Quiere café, señor?
—No.
—¿No pasarás a ver a los niños?
—No.
—Entonces… hasta mañana.
—Hasta mañana.
Pero ninguno se movió.
Micaela contemplaba la lluvia con el abrigo apretado contra el cuerpo. Los faroles del parque difuminaban su luz sobre la grava húmeda. Carlos estaba detrás, respirando su perfume, embriagado por él.
—Buenas noches, Carlos.
Silencio.
—¿Por qué no te marchas? —preguntó ella sin girarse.
—¿Por qué no lo haces tú?
—Quiero verte correr bajo la lluvia.
Micaela alzó el rostro. Aquella noche se sentía extrañamente frágil.
De pronto, Carlos la sujetó por los hombros y hundió el rostro en su cuello palpitante. Un estremecimiento la recorrió entera.
—Suéltame —susurró.
Pero otra voz, más honda, imploraba lo contrario.
No me sueltes. Me moriría si no me besas ahora.
—He dicho que me sueltes…
Hipocresía dulce y desesperada.
La volvió hacia él. Sus labios se rozaron. Ella no se resistió del todo.
—No… así no…
La besó. Micaela luchó apenas, sin convicción, hasta rendirse. El beso fue profundo, urgente, anulador. Carlos la poseía con la boca, con la fuerza de todo lo contenido.
—Ahora vete —dijo ella, sin abrir los ojos—. Ahora mismo… porque si no te vas…
Sus dedos se entrelazaron con los de él, traicionándola.
—Ahora no —murmuró.
—Ahora sí.
Carlos alzó sus manos, besó sus dedos uno a uno, luego la muñeca. La miró fijamente.
—Márchate, Micaela.
La empujó con suavidad.
Carlos la observó hasta que desapareció.
Sebastián, a distancia, fue testigo de todo, sin comprender por qué… por qué dos personas que se deseaban así elegían separarse.
Micaela estuvo febril todo el día. No era una fiebre del cuerpo, sino del ánimo, una inquietud constante que no la dejaba pensar en otra cosa. Aquello debía resolverse de algún modo. Si Carlos no daba el paso, lo daría ella. Como fuera, pero lo haría.
No acudió a la oficina por la tarde. Quiso permanecer en casa, esperando a que él viniera a ver a los niños. Sin embargo, el reloj del vestíbulo marcó las cinco… luego las seis… después las ocho… y Carlos Garrido no apareció.
—No ha venido papá —dijo Rob, entrando en la biblioteca con el ceño fruncido—. Estoy cansado de esperar, mamita.
—No, ya no vendrá —añadió Susy, que lo seguía—. Acaban de llamar por teléfono.
Micaela levantó la cabeza, sobresaltada.