Micaela descendió la escalinata y subió al Audi. La verja se abrió lentamente y el vehículo se perdió entre las luces de la Quinta Avenida. Conducía sin vacilar. No hubo en ella ni un solo pensamiento de retroceso. Iba a ver a su marido, a decirle que lo amaba por encima de todo: del pasado, del orgullo herido, de los silencios y de los errores.
Avanzó a velocidad moderada, dejándose envolver por una serenidad desconocida. Pensó en Carlos. En sus hijos aguardando en casa. En una vida que aún podía recomponerse. Sonrió suavemente. No volvería al bufete. Que Adolfo se encargara de todo. Ella, al fin, sería solo mujer. La mujer de Carlos Garrido. Aquella certeza le pareció deliciosa.
Detuvo el coche frente al edificio de ladrillo rojo. Bajó y alzó la vista. El quinto piso tenía luz. La persiana estaba medio corrida. Era su dormitorio.
Entró en el ascensor y pulsó el botón.
Subo hacia el cielo, pensó con un estremecimiento dulce. Y lo hago para encontrarme con el hombre que amo.
El ascensor se detuvo. Salió al pasillo iluminado y tocó el timbre. Unos pasos se acercaron. La puerta se abrió.
—Señora Garrido…
—Chist, Melisa —pidió entrando—. ¿Cómo está mi marido?
—Sigue estornudando y con un humor espantoso.
Micaela rio quedamente.
—Ocúpate de la cena, Melisa.
Se quitó el abrigo . Vestía una falda oscura sencilla y un suéter sin mangas. Se acomodó el cabello frente al espejo y avanzó hacia el dormitorio. Entró sin llamar.
Carlos, recostado entre los almohadones, alzó la cabeza de golpe.
—Micaela… —susurró.
Ella avanzó despacio, sonriendo, con los ojos verdes fijos en él.
—¿Cómo estás, cariño? —preguntó sentándose al borde de la cama.
—¿Eres tú de verdad?
—A menos que me hayan cambiado por el camino…
—Entonces sí te han cambiado.
—¿Y cuál prefieres?
La miró, desconcertado. Aquella mirada profunda lo desarmaba.
—A ti. Siempre a ti.
La atrajo hacia sí, intentando besarla.
—No, Carlos…
—Pero…
—Ahora no tú —rió suavemente—. Recuerda lo que decías: nunca me besas espontáneamente. Esta vez lo haré yo.
No tuvo tiempo de reaccionar. Sintió los brazos de ella rodeándole el cuello, los labios cálidos buscándolo con una ternura decidida.
—Micaela… ¡Achís!
—¡Carlos!
—Estoy perdido… ¡Achís! ¡Ni siquiera puedo saborear tu beso!
—¿Seguro?
—Sí… ¡Achís!
—Qué desastre eres, señor Garrido.
—Te voy a contagiar…
Ella se apretó contra él y susurró:
—Aunque me contagies todo, hoy me quedo a tu lado. Y toda la vida.
—Micaela… ¡Achís!
Rió con ganas. Él fingió enfadarse, pero no se resistía a sus besos ni a sus caricias tranquilizadoras.
—Lo he deseado tanto…
—Entonces… ¿por qué tardaste tanto?
—Porque me doliste.
—Pero te he amado siempre.
—Mentiroso.
—¡Achís!
Ella apoyó la cabeza en su pecho y besó su frente.
—Te cuidaré como a nuestro pequeño Carlos.
Él la miró fascinado.
—¿Incluso siendo un viejo gruñón?
—Viejo tú… si tienes alma de niño.
Iba a apartarse, pero él la rodeó con los brazos.
—¿Te vas a ir?
—Me quedo contigo. ¿Crees que puedo vivir sin ti? Me agoté luchando contra lo que siento.
Carlos la observó en silencio. Aquella era su Micaela. La mujer de la que había huido por miedo… y que ahora no pensaba soltar.
—Llama a casa. Diles que te quedas conmigo.
—Entonces suéltame.
—Antes quiero besarte otra vez.
—Goloso.
Marcó el número. Ella sostuvo el auricular; él la rodeaba por detrás.
—¿Diga?
—¿Sebastián?
—Sí, señora.
Sintió los labios de Carlos en su espalda y una risa nerviosa escapó de sus labios.
—Sebastián, no me esperen. El señor está enfermo y me quedo con él.
—Muy bien, señora.
—Nada más. Buenas noches.
—Buenas noches. Que el señor se mejore.
Colgó.
—Pesado —rió dejándose abrazar.
—Preciosa… —murmuró él—. ¡Achís!
Micaela, enfundada en una elegante bata de casa, entró en el despacho de su marido, donde Carlos terminaba de firmar unas cartas.
—Carlos.
—Pasa, cariño.
Ella avanzó hasta colocarse tras él, lo rodeó por la espalda y le susurró algo que solo él pudo oír.
—¿De veras?
—Peter acaba de marcharse después de confirmármelo.
Carlos rio con ternura y la sentó sobre sus rodillas.
—Soy un hombre con suerte. Tres hijos sanos y fuertes… y el cuarto en camino. ¿Sabes lo que te digo, Micaela?
—Conociéndote, cualquiera sabe lo que vas a decir.
—Que soy feliz. Feliz como nunca imaginé.
Ella se colgó de su cuello, escondiendo el rostro en él.
—A veces me asusta tanta felicidad —confesó—. Somos tan intensos, nos queremos tanto, que temo que algo pueda separarnos.
—Solo la muerte, vida mía. Y ni siquiera estoy seguro de que eso pueda hacerlo.
Ella levantó la cabeza.
—Nunca te pregunté por qué hacías aquellas cosas absurdas… por qué me dejabas llorando sin importarte.
—¿Me reprochas algo?
—No. Todo eso quedó atrás.
Le tomó el rostro entre las manos y lo miró largamente.
—Micaela —dijo él en voz baja—, tienes derecho a saberlo. Cuando me casé contigo era un engreído. Me creía dueño del mundo —sonrió con ironía—. Los hombres, a veces, somos auténticos necios.
—Eso ya lo sabía —bromeó ella.
—Nada más casarnos, las noches vacías, los cabarets, las juergas… dejaron de interesarme. Solo quería volver a casa, verte, tocarte. Cada día te necesitaba más. Estaba a punto de rendirme cuando ocurrió aquello…
—Y yo te creí un criminal…
Carlos la estrechó contra su pecho y besó la punta de su nariz.
—Si hubieras tenido más experiencia, jamás habrías creído algo así.
—¿Por qué no me lo explicaste?
—Porque habría tenido que decir la verdad. Yo sabía que la prometida de James estaba desahuciada, que ella le pidió que la ayudara a morir… y que él la amaba desesperadamente.