El ratón pigmeo chilló y huyó entre grimorios iluminados por velas seniles. Tras él, una sombra zigzagueaba tumbando artefactos mágicos que chisporroteaban en señal de protesta. El roedor saltó, se aferró a un fémur y escaló un esqueleto que reposaba en un trono, hallando refugio en la calavera ataviada con una corona de oro y lapislázuli.
Aguardó inmóvil. Su diminuto pecho palpitaba con violencia.
Desde la oscuridad emergieron unas fauces vastas y definitivas.
—¡Neith, no! —protestó el esqueleto, quitándose la gata de encima.
Ladeó el cráneo y se dio golpecitos huecos en el pómulo. El ratón cayó por su cuenca ocular, rebotó sobre el trono y huyó hacia las sombras.
El esqueleto se enderezó la corona y volteó hacia la gata, que estaba agazapada con la vista fija en el rincón donde había desaparecido su presa.
—¿Te parece propio de una suma sacerdotisa corretear alimañas como un vulgar gato callejero?
Neith giró la cabeza de mala gana y lo miró con ojos como amuletos de oro.
—Pues te equivocas —la regañó—: el decoro debe conservarse aun en momentos de privacidad. Los muros tienen ojos, y no me refiero a los que flotan en aquellos frascos.
Con estudiada indiferencia, Neith extendió una pata trasera y se dio una lengüetada.
—Así te va —sentenció el monarca.
Tres golpes resonaron en la sala. El esqueleto se arrellanó en su trono, agitó un metacarpo, y un portón se elevó con el crujido sordo que sólo pueden producir varias toneladas de granito al ser movidas mágicamente contra su voluntad.
Un funcionario vestido con una falda de lino blanco avanzó dubitativo hasta el centro del recinto, se dejó caer de rodillas con la cabeza gacha y exhibió un rollo de papiro en sus palmas extendidas.
Estaba pálido, y no sólo por las décadas de falta de sol. Había sido designado para aquella tarea como resultado de una apuesta con sus colegas, de esas que parecen divertidas hasta que se pierden.
—Este súbdito solicita audiencia ante Su Majestad el Faraón, Señor Supremo de la Magia, Rey y Dios de este mundo y del siguiente.
—Que hable —ordenó el Faraón, en tono de que no lo hiciera. Su voz era como guadañas rozadas por el viento.
El funcionario tragó saliva.
—Ha llegado un informe urgente del Sur —comenzó, desenrollando el papiro—, la hambruna…
—Que lo deje, y desaparezca.
Perturbado por las diversas connotaciones de aquella última palabra, soltó el rollo como si quemara y retrocedió haciendo reverencias a intervalos irregulares. Apenas hubo atravesado el umbral, el portón cayó con la deferencia de un mazo de juez. Una semana más tarde, mientras contemplaba el amanecer desde la cubierta de un navío mercante, un marinero le preguntó si echaría de menos la vida de palacio. El ex funcionario negó gravemente con la cabeza, pero no dijo nada.
Neith olfateó el papiro y lo tocó con la pata. El esqueleto se incorporó y lo desenrolló.
—«A su Majestad el Faraón, deseando que goce de buena salud». —Lanzó una risa como una palada de tierra—. «Disturbios… Guardia sublevada… Orfanato en crisis… Estado de sitio…» Si no enviamos comida pronto, todos morirán —concluyó—. No podemos permitir eso, ¿o sí, tesoro? Después de todo, soy su dios, les guste o no. Habrá que notificar al intendente de almacenes. Sin duda, un impacto considerable al inventario anual…
Mientras reflexionaba, su mirada vacía recorrió ociosamente la sala hasta posarse en uno de los relojes que adornaban las paredes: un complejo mecanismo que representaba la trayectoria del sol alrededor del mundo, para escándalo de los astrónomos. Era casi medianoche: hora del almuerzo. Aquello le desenterró una idea.
—Pero antes, ¿no crees que debemos una visita a nuestro huésped?
Neith se relamió.