El derrumbe había cesado.
Nanaya abrió un ojo. Oscuridad. ¿Estaba muerta? Lo consideró un instante, pero las protestas de cada fibra de su demacrado cuerpo le aseguraron que, por el contrario, estaba extremadamente viva.
Percibió un roce en la coronilla, se frotó el cabello y sintió fragmentos de granito crujiendo unos contra otros al alejarse de ella.
—Pero qué… —murmuraba su hermano desde algún sitio.
Tanteó alrededor: cascotes y escombros se apartaban con facilidad. Descubrió que su cuerpo reposaba en el aire, reflexionó cuidadosamente sobre ese hecho, decidió que estaba cayendo, y gritó con todas sus fuerzas.
—¡Nanaya! —exclamó Araq.
—¡Papá!
—¡Estoy flotando! —dijo Zaku.
—No… —murmuró el cráneo—. No, no, no.
—¡Niños! ¿Están bien? ¡Vengan, sigan mi voz! —ordenó Araq.
Se impulsaron contra los escombros más grandes y avanzaron a tientas en la oscuridad. Estaban buceando en el aire: no había arriba ni abajo, y podían moverse en todas direcciones con absoluta libertad. Pronto se encontraron en un torpe abrazo.
—¡Papá! ¿Qué está pasando? —preguntó Zaku.
—No lo…
Un resplandor se escurrió entre los escombros.
El palacio, o lo que quedaba de él, levitaba plácidamente en torno a ellos. Balcones y escaleras flotaban como nubes de piedra. Recámaras partidas rotaban lentamente derramando muebles y ornamentos en todas direcciones. Bloques sueltos chocaban entre sí y luego se alejaban en nuevas trayectorias. Un brillo surgido de los cimientos derruidos bañaba la escena de un sereno tono turquesa.
—Es… ¡Es un milagro! —lloró Araq—. ¡El buen Dios ha oído nuestras plegarias!
—¡Ningún dios, hipopótamo idólatra! —exclamó el cráneo, rotando a la deriva—. ¡Las baterías de éter!
El resplandor aumentaba paulatinamente, acompañado de un zumbido grave que les hacía vibrar los globos oculares.
—¿De qué hablas? —gruñó Araq.
—¡El derrumbe desestabilizó los resonadores! ¡El flujo etérico se está revirtiendo!
—Ah.
—¡¿Acaso no comprendes?!
—Entiendo perfectamente. Niños, hay que irnos ya. Zaku, trae el cráneo: lo arrojaremos a un volcán. Que sus monstruos lo rescaten si pueden.
—¡LA CIUDAD SERÁ ANIQUILADA!
Pero Araq ya se alejaba.
—¡Héroe… Araq!
El tono lo hizo vacilar. Se giró de mala gana.
—¡No puedes huir!
—Puedo intentarlo.
—¡No! ¡Debes estabilizar los resonadores! ¡Utiliza tu magia!
—Se volvió loco, papá, vámonos —dijo Nanaya.
—Grandísimo… —La voz del cráneo se suavizó—. Ya basta; no más riñas, Araq; no más tretas. Si no haces lo que te ordeno, todos morirán.
—Estupendo.
—¡No! Son niños, maestros, artesanos… Ochenta mil seres inocentes. No son responsables por el destino de tu hermano.
—Da igual: tu reino muere con ellos.
Araq le dio la espalda, pero no se movió. Sus dedos jugueteaban con la empuñadura del martillo.
—¿Sacrificarás miles de vidas en honor a un muerto?
—No puedo hacer nada.
—¡Es un conjuro muy simple! Te lo enseñaré: «Ka», palma derecha al frente…
—No sé de qué hablas.
—¡Notación dracónica! ¿Cuál utilizas tú?
Araq suspiró.
—Yo… No sé hacer magia.
Un crujido de cristales rotos emergió desde los cimientos. El resplandor se tornó rojo sangre.