—Por supuesto que sabes hacer magia: te he visto —protestó el cráneo.
—No, hechicero, tú viste lo que quisiste ver. Decidiste que mi aguante era magia, y yo te seguí el juego.
—Pero el glifo...
—Idea mía —se jactó Zaku—. Pensé que, si creías que había una trampa mágica, no nos harías estallar.
—¡Y Nanaya desentrañó mi pasado cotorreando en el salón de belleza! —espetó el cráneo con sarcasmo.
—Encontramos cierta correspondencia en el orfanato —dijo Araq—, el único edificio que tus monstruos dejaron intacto. Tú eras el niño de voz de oro obsesionado con tomos prohibidos, ¿o me equivoco?
Filamentos rojos crepitaban entre los escombros como diminutas serpientes de luz. El aire se aquietó y oprimió sus pechos.
—Papá, hay que irnos —murmuró Nanaya.
—Araq… —susurró el cráneo.
—No.
—Aún puedo detener esto.
—He dicho que no.
A lo lejos, un rayo partió el aire y redujo una escalinata a una lluvia de esquirlas.
—¡Necio, la venganza sepulta tu escaso juicio! ¡Miles pagarán por tu causa! ¡¿Es ese el epitafio que tu hermano hubiese elegido?!
—Nunca lo sabremos.
—¡Zaku, Nanaya, deben hacerlo entrar en razón!
—Púdrete —respondió ella.
Araq y su hija ya buscaban puntos de apoyo entre los escombros para marcharse.
—Papá… —murmuró Zaku.
—No temas, hijo, ten fe.
—No, pa… La gente…
—No podemos hacer nada.
—Pero el Faraón…
—¡¿Se te cocieron los sesos?! —estalló Nanaya.
—¡Zaku! —exclamó Araq—. ¡El hechicero no debe recuperar su poder! ¡Piensa! ¿O ya has olvidado a los vecinos, a tus compañeros, a todos los que mueren de hambre por su culpa?
—¡Puedo salvarlos! —intervino el cráneo.
—¡Ja! —se burló Nanaya.
—¡Haré llegar alimento de inmediato! ¡Está allí abajo, en los almacenes, listo para partir! ¡Carros colmados hasta la luna! ¡Sólo haz lo que te digo!
—Mientes —gruñó Araq.
—¡¿Crees que desoiría las súplicas de mi propio pueblo?! ¡YO SOY SU DIOS!
Flotaron en silencio.
—Óyeme muy bien, Ket, si no envías comida… Si intentas engañarme…
—¡Ahórrate las amenazas, babuino blasfemo! ¡Debes actuar ya!
Araq lanzó un suspiro largo y trémulo: la mandíbula le temblaba sin control. Sus hijos lo observaban petrificados.
Por fin se impulsó contra un bloque de granito y sujetó a Ket.
—¡Tu esqueleto! —exclamó—. ¡¿Dónde está?!
—Eh…
—¡¿No lo sabes?!
Una cola peluda rozó su mejilla. Se volteó y vio una sombra que se alejaba rebotando entre los escombros.
—¡Síguela! —ordenó Ket.
Araq la imitó y saltó entre las piedras: la gata le indicaba una ruta. Rezando en silencio trotó a lo largo de un techo esquivando arañas de cristal de cuarzo, se arrojó hacia una balaustrada y la trepó como una escalera. Descargas de éter pulverizaban secciones enteras del palacio en ruinas y lo obligaban a cubrirse el rostro. Sus oídos zumbaban y cada movimiento sacudía sus costillas rotas irradiando oleadas de agonía.
—¡Cuidado! —advirtió el cráneo.
Araq volteó y vio un portón que giraba hacia él. Se agachó con dolor y percibió el roce del llamador contra el cabello. Buscó a la gata: lo observaba fijamente desde un segmento de galería que flotaba sobre él.
Divisó una colosal estatua del Faraón, tomó impulso y saltó. El impacto contra el mármol le quitó el aire. Permaneció jadeando abrazado a una tibia.
—¡Apresúrate! —insistió.
—Cierra el pico.
Escaló pesadamente las enormes costillas y se aferró a la corona. A un tiro de piedra, en el otro extremo de aquella galería, vio el cuerpo de Ket, inmóvil en la misma postura en la que se había rearmado.
—¡¿Qué esperas, asno acéfalo?! ¡MUÉVETE!
Pero Araq no respondió. Sus miembros temblaban con violencia. Los resuellos cortos y vacilantes se entremezclaban con sollozos y rezos fragmentados.
Era lastimoso; patético. A Ket le repugnaba la idea de depender de aquella criatura endeble… aquel insignificante mortal que había desafiado su intelecto… aquel inepto que lo había humillado…
—Araq… ¡Araq!
No hubo respuesta.
—¡Arriba, héroe, cumple con tu deber!
—Ya…
—¡Reclama tu gloria! ¡Tu apoteosis!
—No puedo…
—¡Por supuesto que puedes! ¡Debes tener fe!
Pero el agarre cedió, y Araq flotó inerte entre destellos carmesí.
Y a su lado flotó Ket, maldiciendo en idiomas olvidados.
«Fracaso»: el peso de la palabra lo aplastó como un mosquito. Había alcanzado la inmortalidad, pero ¿no era el fracaso peor que la propia muerte? ¿De qué servía el poder, si…
«¡Toc!» El martillazo de Araq lo lanzó disparado. El mundo giraba salpicado de rayos chisporroteantes, escombros estallando, lluvias de esquirlas, huesos cada vez más próximos, y entonces… falló. Se estrelló contra un muro, rebotó entre las ruinas hasta perder velocidad y permaneció flotando a un trecho desesperantemente corto de su meta.
¡Mortal incompetente, había echado todo a perder! Anhelaba más que nunca tener dedos; específicamente, alrededor de aquel cogote insolente.
Neith pegó un salto, sujetó a Ket por el maxilar y lo llevó colgando como a un cachorro enorme y redondo hasta los pies de su esqueleto. Este se agitó como una marioneta, tanteó a ciegas, tomó el cráneo y lo enroscó en su sitio.
—Gracias, tesoro —dijo el Faraón, crujiéndose las cervicales—. Ahora, a trabajar.