Farsantes

Capítulo uno: F

Fobos: Dios del temor y el horror.

Fobos había tenido una vida muy desastrosa.

En ella reinaba el fracaso, y todo por los mismos motivos: el dinero y él como persona.

Quienes se le acercaban esperaban una recompensa debido a su firme lugar socio-económico, y esto terminó por convertirlo en un desconfiado. Desarrolló un trastorno de personalidad por dependencia, quería —o más bien necesitaba— que le dijesen qué hacer, ahora era parte de él complacer lo más posible. No quería ser dejado. No quería volver a ser abandonado y que su corazón fuera hecho pedazos una vez más, lo que le pareció más lógico fue eso, complacer. En todo. Él lo haría.

Tenía veinticuatro años y ya incluso había estado casado, y posteriormente también separado, por un matrimonio que —pese a parecerle de puro interés— aceptó. Su vida se volvió una asquerosa rutina que en verdad odiaba, y terminó por colmarse de un rencor que intentaba esconder. Quería que lo aceptaran como era, que lo sacaran a flote, pero sabía que al refugiarse en esa falsa personalidad sumisa algo como eso no podía pasar. Tenía que salir adelante, pero estaba tan infinitamente solo que si ya se sentía aislado, qué era lo que le esperaba al revelarse.

Se encerró en una burbuja y la gente por fuera intentaba ignorarlo, cuando en verdad le faltaba justamente lo contrario, que lo admitieran, que lo notaran y que lo ayudaran a dejar de estar ahí.

Estos pensamientos revoloteaban en el interior de su mente en el día a día, permanecían mientras obedecía, callaba y se torturaba con la cabeza gacha y asintiendo eternamente. El sentido de la vida era eso para él, agradar y tener alguien a su lado que tuviera presencia, que lo cuidara, e incluso si su interior le dijera que estaba equivocado, no le importaba. No conocía nada más aparte de eso, y con eso iba a quedarse. No se atrevía a salir de su zona de confort que cada vez se volvía más pequeña, porque tenía un miedo tan grande que lo envolvía y asfixiaba y lo único que veía como posible opción era aguantar. No tenía idea de hasta cuándo, ni tenía muy claro el porqué, pero entendía que cosas malas podrían ocurrir al intentar detenerse y que al mantenerse fuerte quizá al final valdría la pena el esfuerzo, es decir, tendría que acostumbrarse, ¿no? Llevaba su vida completa siendo así, después de todo.

Él les compraba lo que querían, les daba lo que pidieran, era capaz de hacer locuras, pero no lograba sentir que el que seguía era distinto en algún sentido al anterior, a veces no podía percibir el cambio. Probó con chicas y chicos —aunque se inclinó finalmente por chicos—, de menor o mayor edad, intentó también con gente de más dinero que él, pero entonces se aprovechaban de su actitud, constantemente existía un punto de quiebre.

Hasta que un día, un mensaje de texto llegó a su teléfono móvil, de un número desconocido.

¿Sabes lo que dicen por ahí que necesitan los chicos bonitos con dinero?

Por alguna extraña razón le hizo gracia. Eso resultó ser, de una manera indirecta y paradójica, lo más directo que le habían dicho. Revisó y el emisor no tenía fotografía, seguramente no lo tenía registrado, le pareció curioso.

¿Qué?

Respondió, con una sonrisa ladeada y recostado sobre las mantas de un ligero color azul que tenía su cama.

A un guapo chico que resulté ser yo, dime cuándo nos juntamos.

Se rió. Fuerte, con ganas, y como no recordaba haberlo hecho.

Había terminado su relación hace un mes y aun sintiéndose frustrado por ello, su trastorno de la personalidad lo presionaba a encontrar pareja y él le llamó la atención en un cierto grado, así que finalmente, después de charlar un par de días, quedaron de reunirse. El chico tenía veintiún años y fue una de las mejores personas que conoció, era muy apuesto y muy querido por todos, lo trataba muy bien y aunque a veces pedía su espacio, como todo el mundo, siempre lo acompañaba. Ya no seguía en la burbuja, y ahora no seguía tampoco sintiéndose solo.

Llevaban nueve meses conociéndose, seis de noviazgo, y por fin tenía alguien que lo amaba.

Fue en una ocasión, mientras se estaban besando, cuando aquel chico lo agarró de forma violenta y lo acorraló contra la pared, metió su mano a través de su ropa y estaba tan fría que no pudo evitar dar un pequeño salto. Fobos solo susurró un ¿no lo haremos hasta después del matrimonio, cierto? provocando una mueca en su novio, el cual solo le besó la mejilla, se separó, le sonrió casi por compromiso y se fue.

No supo por qué pero las palabras no salieron de su boca y dejó que se marchara, como normalmente dejaba que las cosas sucedieran.

No volvió a saber de él en dos días y luego actuaron como si eso nunca hubiera pasado. Jamás supo qué hizo en ese par de días y jamás preguntó. Quizá se acostó con alguien más, y no quería saberlo. Además, de alguna manera lo entendía. No lo dejó explicarse bien, pero no era como si fuera necesario que lo hiciera. Era su opinión, ¿qué importancia podría tener? Solo... fue su culpa por no aclararlo de inmediato.



Angélica Espinoza

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En el texto hay: dioses griegos, asesinatos, psicopatas

Editado: 14.08.2018

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