Fe En Ruinas

CAPITULO II LAS CENIZAS DEL JURAMENTO

Mi padre conoció al rey muchos años antes de vestir los hábitos blancos del Pontífice.

Entonces no era más que un joven sacerdote ambicioso, hijo de campesinos muertos por una guerra fronteriza que jamás apareció en los libros oficiales. Había aprendido demasiado pronto que la fe podía alimentar a los pobres… o convertirlos en soldados.

El príncipe y él crecieron juntos entre los pasillos del castillo.

Uno heredaría la corona.

El otro aprendería a controlar al hombre que la llevaría.

Decían que eran inseparables. Rezaban juntos, estudiaban estrategia militar y discutían sobre filosofía hasta el amanecer. El príncipe soñaba con cambiar el reino. Mi padre soñaba con impedir que el reino cambiara.

La diferencia parecía pequeña entonces.

Con el tiempo se volvió irreconciliable.

Cuando el príncipe conoció a la mujer del bosque, todo comenzó a fracturarse.

La encontró herida junto al río del norte después de una tormenta. Los soldados que lo acompañaban juraron haber visto animales rodeándola sin atacarla. Lobos, ciervos e incluso aves descendían hacia ella como si obedecieran una voluntad silenciosa.

El príncipe debió temerle.

En cambio, decidió escucharla.

Durante meses escapó del castillo para verla en secreto. Aprendió de ella nombres antiguos para las estrellas, remedios que no pertenecían a la medicina de la Iglesia y relatos sobre el equilibrio que sostenía al mundo.

Ella le habló de algo que ningún sacerdote se atrevía a enseñar:

La naturaleza no obedecía al hombre.

Y Dios no pertenecía exclusivamente a la Iglesia.

Cuando mi padre descubrió aquella relación, comprendió el peligro de inmediato.

No porque creyera que la mujer fuera malvada.

Sino porque sabía que las ideas podían destruir imperios con mayor rapidez que las espadas.

—Si el pueblo descubre que existe verdad fuera del altar, dejarán de obedecer —le dijo al príncipe.

—Tal vez entonces aprendan a pensar —respondió él.

Fue la primera vez que discutieron como enemigos.

Pero no la última.

Poco después, el viejo rey enfermó. La sucesión dejó de ser un asunto lejano y el príncipe comenzó a recibir presiones de nobles, generales y obispos. El reino necesitaba estabilidad. Necesitaba herederos. Necesitaba una reina aceptable para la Iglesia.

La mujer del bosque no podía ser ninguna de esas cosas.

El príncipe intentó resistirse.

Durante un tiempo creyó que aún podía abandonar el castillo y huir con ella. Pero el poder tiene una forma particular de atrapar a los hombres: primero los hace sentir indispensables.

Mi padre alimentó ese sentimiento día tras día.

Le mostró mapas de territorios enemigos.

Le habló de hambrunas.

De posibles guerras civiles.

De miles de vidas que dependerían de él.

Y finalmente pronunció las palabras que terminaron condenándolo.

—A veces el deber exige sacrificar aquello que amamos.

El príncipe lloró aquella noche.

Después regresó al castillo.

Nunca volvió a buscarla.

La mujer permaneció sola en el bosque mientras el reino celebraba una boda política que duró siete días y siete noches. Las campanas sonaron en todas las ciudades. El pueblo creyó estar presenciando el inicio de una era gloriosa.

Nadie vio la grieta abrirse bajo sus pies.

Mi padre sí.

Y sonrió.

Porque comprendió que el rey acababa de aprender la lección más importante del poder:

Un hombre dispuesto a traicionar su propio corazón puede ser gobernado para siempre.

Años después nací yo.

Y aunque entonces no podía entenderlo, fui criado entre fantasmas.

El rey jamás volvió a mencionar a la mujer del bosque, pero a veces desaparecía durante días enteros y regresaba con barro en las botas y los ojos vacíos.

Mi padre fingía no notarlo.

Sin embargo, comenzó a obsesionarse con los rumores provenientes del norte.

Animales muertos sin explicación.

Ríos que cambiaban de curso.

Bosques enteros marchitándose en cuestión de semanas.

La armonía que aquella mujer protegía estaba muriendo.

Y con ella, el mundo comenzaba lentamente a pudrirse.

Fue entonces cuando mi padre tomó la decisión que terminaría destruyéndonos a todos.

Convenció al rey de que la mujer debía desaparecer.

No por venganza.

No por odio.

Sino porque algunos hombres prefieren incendiar el mundo antes que aceptar aquello que no pueden controlar.




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