Fe En Ruinas

CAPITULO III LA MUJER DEL BOSQUE

La primera vez que vi a la mujer del bosque tenía doce años.

Mi padre me llevó consigo al norte bajo el pretexto de una peregrinación sagrada. Recuerdo el frío, el olor húmedo de los árboles y el silencio extraño que dominaba aquellos caminos. Ni siquiera los pájaros cantaban.

Parecía un lugar abandonado por Dios.

Pero cuando llegamos a la cabaña comprendí que no era abandono.

Era espera.

Ella nos observaba desde el umbral como si hubiera sabido durante años que llegaríamos aquel día. No parecía una bruja. No llevaba símbolos extraños ni vestiduras oscuras. Era simplemente una mujer cansada.

Y aun así, el bosque entero parecía respirar junto a ella.

—Trajiste al niño —dijo mirando a mi padre.

Él respondió con una frialdad que jamás olvidaré.

—Necesita entender lo que está en juego.

Ella me observó largo rato antes de acercarse.

—Tienes los ojos del rey.

No supe qué responder.

Mi padre comenzó a hablarle de los desastres que se extendían por el reino. Las cosechas morían antes de tiempo. Las tormentas destruían aldeas enteras. Enfermedades desconocidas aparecían en las ciudades del sur.

Ella escuchó en silencio.

Cuando él terminó, sonrió con tristeza.

—La naturaleza no castiga —dijo—. Solo intenta recuperar aquello que le fue arrebatado.

Mi padre perdió la paciencia.

La acusó de manipular fuerzas prohibidas, de alterar el orden divino, de condenar al reino por orgullo. Ella no se defendió.

Solo hizo una pregunta.

—¿Todavía le teme tanto a la verdad?

Por primera vez vi miedo en el rostro de mi padre.

Después comprendí por qué.

Ella sabía algo.

Algo que podía destruir no solo a la Iglesia, sino también a la Corona.

Aquella noche escuché la discusión desde afuera de la cabaña. Mi padre le exigía entregar unos manuscritos antiguos que, según él, contenían conocimientos demasiado peligrosos para existir.

Ella se negó.

—Si destruyes esto, el equilibrio morirá conmigo.

—Entonces morirá —respondió él.

Hubo un largo silencio.

Y luego la mujer dijo algo que cambió mi vida para siempre.

—El rey nunca dejó de amarme.

Recuerdo haber escuchado un golpe seco, como una mesa cayendo al suelo.

Mi padre salió de la cabaña con el rostro desencajado.

Esa misma madrugada ordenó quemarla.

Los soldados rodearon el bosque antes del amanecer. El fuego avanzó rápido entre los árboles secos. Yo observé las llamas desde la distancia mientras los animales huían desesperados hacia el río.

Nunca olvidaré los gritos.

Ni el olor.

Ni la forma en que el cielo pareció oscurecerse incluso después de extinguirse el incendio.

Pero la mujer no apareció entre las cenizas.

Su cuerpo jamás fue encontrado.

Mi padre aseguró que había muerto.

El rey fingió creerle.

Y durante algunos años el reino volvió a respirar en paz.

Hasta que comenzaron las explosiones.

Primero fueron pequeñas grietas bajo pueblos mineros del norte. Después aparecieron columnas de humo en campos abiertos donde no existía pólvora ni fuego. Los científicos del reino hablaron de gases subterráneos. La Iglesia lo llamó castigo divino.

La verdad era mucho peor.

Algo despertaba bajo la tierra.

Algo antiguo.

Algo furioso.

Y mi padre sabía exactamente qué lo había provocado.




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