Fe En Ruinas

CAPITULO IV LA BOMBA

La bomba no fue creada para la guerra.

Al menos no al principio.

Nació como un intento desesperado por controlar aquello que despertaba bajo el reino.

Los estudiosos descubrieron que bajo las montañas del norte existía una energía desconocida, una fuerza capaz de alterar la materia misma. Los manuscritos de la mujer del bosque hablaban de ella como el corazón dormido de la creación.

Mi padre la llamó herejía.

Los científicos la llamaron salvación.

El rey la llamó esperanza.

Y así comenzó el proyecto más peligroso en la historia del reino.

Construyeron laboratorios secretos bajo la catedral principal. Hombres brillantes desaparecieron de las universidades para trabajar en silencio bajo supervisión militar y religiosa. Se les prometió gloria eterna.

La mayoría murió antes de comprender qué estaban manipulando.

Yo tenía diecisiete años cuando descubrí el proyecto.

Escuché a mi padre discutir con el rey en las criptas de la catedral.

—Esto no puede controlarse —decía el rey.

—Debe controlarse —respondió mi padre—. O el reino desaparecerá.

—¿Y cuántos morirán antes de lograrlo?

Mi padre guardó silencio.

Ese silencio fue respuesta suficiente.

La bomba era una prisión.

Una estructura diseñada para contener la energía que emergía bajo el reino y usarla como amenaza contra cualquier nación enemiga. Si funcionaba, convertiría a la Corona y a la Iglesia en poderes absolutos.

Si fallaba…

Nadie se atrevía a terminar la frase.

El rey comenzó a quebrarse lentamente. Bebía más. Dormía menos. A veces vagaba por los jardines hablando solo, como si aún conversara con la mujer que había perdido décadas atrás.

Creo que finalmente comprendió que todo aquello había comenzado el día que decidió abandonarla.

Pero ya era demasiado tarde.

La noche de la detonación llovía.

Lo recuerdo porque las campanas no dejaron de sonar ni siquiera cuando el suelo empezó a temblar.

Yo estaba dentro de la catedral cuando ocurrió.

Los científicos corrían.

Los sacerdotes rezaban.

Mi padre permanecía inmóvil frente al mecanismo mientras repetía oraciones en voz baja.

Entonces el rey apareció.

Empapado por la lluvia.

Derrotado.

—Detén esto —le suplicó.

Mi padre lo miró con una tristeza terrible.

—Ahora ya no podemos.

La explosión no fue fuego.

Fue luz.

Una grieta blanca atravesó el suelo de la catedral y el sonido pareció arrancarle el aire al mundo entero. Las paredes se abrieron como papel. Las vidrieras estallaron sobre nosotros. Escuché personas gritar… y luego dejar de existir.

La ciudad completa tembló.

Las montañas del norte se partieron.

Y durante un instante vi algo dentro de aquella luz.

No una criatura.

No un demonio.

Sino raíces.

Inmensas.

Vivas.

Extendidas bajo toda la tierra como venas antiguas despertando después de siglos de dolor.

La creación misma había abierto los ojos.

Y nosotros acabábamos de herirla.




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