Fe En Ruinas

CAPITULO V FE EN RUINAS

Han pasado veinte años desde la explosión.

El reino ya no existe.

Las ciudades del norte fueron tragadas por bosques imposibles. Árboles gigantes atraviesan las ruinas de las catedrales y raíces negras emergen bajo las calles como huesos enterrados. Los mares cambiaron de lugar. El invierno dura demasiado. A veces el cielo permanece rojo durante días enteros.

La gente dejó de creer en la Corona cuando el rey murió entre los escombros del palacio.

Y dejó de creer en la Iglesia cuando descubrieron que fue mi padre quien encendió la mecha.

Lo ejecutaron públicamente.

Recuerdo haberlo visto caminar hacia la horca con la misma serenidad con la que dirigía sus sermones. No pidió perdón. No negó nada.

Solo me buscó entre la multitud.

—La fe no fue hecha para gobernar hombres —me dijo antes de morir—. Fue hecha para ayudarlos a soportar el miedo.

Fueron las últimas palabras que escuché de él.

Después el mundo continuó derrumbándose.

Durante años viajé entre ruinas buscando respuestas. Quería entender si todavía existía alguna forma de reparar el daño. Encontré pueblos enteros consumidos por raíces gigantescas. Encontré animales capaces de hablar con voces humanas durante la noche. Encontré personas que rezaban a la mujer del bosque como si fuera una santa.

Y finalmente la encontré a ella.

Seguía viva.

O algo parecido a la vida.

La hallé en el corazón del antiguo bosque del norte, donde las raíces emergían de la tierra como columnas infinitas. Su cuerpo parecía unido a los árboles, como si la naturaleza hubiera decidido conservarla para impedir su desaparición definitiva.

Cuando me vio, sonrió.

—Te tomó mucho tiempo llegar.

Le pregunté si el mundo podía salvarse.

Ella permaneció en silencio durante largo rato.

—El mundo no está muriendo —dijo finalmente—. Está intentando sanar.

No entendí.

Entonces tocó el suelo y las raíces comenzaron a moverse bajo mis pies.

Vi imágenes.

Guerras.

Ciudades consumiendo ríos.

Bosques destruidos.

Hombres usando la fe, el poder y el miedo para justificar cada herida infligida al mundo.

Comprendí entonces que la explosión no había creado la destrucción.

Solo había roto el muro que la contenía.

La naturaleza estaba reclamando equilibrio.

Y nosotros éramos demasiado arrogantes para aceptarlo.

—¿Qué ocurrirá ahora? —pregunté.

Ella me observó con compasión.

—Eso depende de ustedes.

Antes de marcharme le pregunté si alguna vez había amado realmente al rey.

La mujer sonrió con tristeza.

—Hasta el final.

Regresé semanas después.

Pero ya no estaba.

Solo quedaban raíces cubriendo el lugar donde alguna vez existió su cuerpo.

Ahora escribo estas palabras desde las ruinas de una vieja catedral donde la lluvia entra a través del techo destruido. Tal vez nadie encuentre este diario. Tal vez el mundo que conocimos desaparezca por completo antes de que alguien recuerde nuestros nombres.

Y quizá sea mejor así.

Porque esta no es una historia sobre héroes.

Es la historia de hombres que confundieron control con fe.

De un rey demasiado débil para defender aquello que amaba.

De un Papa demasiado orgulloso para aceptar aquello que no podía dominar.

Y de una mujer que entendió demasiado tarde que incluso la naturaleza puede cansarse de perdonar.

Si alguien lee esto en el futuro, solo espero que comprenda una verdad que nosotros descubrimos cuando ya era demasiado tarde:

El mundo nunca nos perteneció.

Solo nos fue prestado.




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