El sol brillaba con intensidad al sur de California sobre las instalaciones del batallón de infantería, proyectando largas sombras geométricas sobre los hangares de vehículos y las pistas de entrenamiento.
El equipo, conformado por diez soldados, incluía a la cabo tercero y operadora de radio Mairá Alejandra Rojas, quien compartía momentos de camaradería con el cabo segundo Tomás Parker, un hombre casado y con tres hijos a quien conoció durante los entrenamientos y la formación del equipo. Mientras revisaban los equipos de transmisión, conversaban sobre su reciente y dura misión en Afganistán —donde lograron interceptar a un grupo de rebeldes— y su posterior permiso de quince días en el Medio Oriente que recién acababa de terminar.
—Oye, Tomás —dijo Alejandra, ajustando los diales de la consola—. Y tú, ¿cómo estás con tu familia? ¿Pudiste descansar, amigo?
—Claro, creo que ya los extraño —respondió Tomás con una sonrisa cálida pero nostálgica—. No sé qué haría sin ellos; son mi único refugio en este mundo de caos. Y a ti, ¿cómo te fue? ¿Pudiste arreglar las cosas con tu amor, Jeison?
Mairá soltó un suspiro pesado, apartando la mirada hacia los monitores de radar.
—Prefiero ni hablar de eso —murmuró con amargura—. Cree que no tengo tiempo para él, que prefiero estar en la base. Es un completo idiota. Intenté buscarlo para arreglar las cosas, pero al parecer cree que no tengo nada más que hacer.
—Lo siento, Mairá —respondió Tomás con empatía—. En verdad, no me gustaría que algo así me pasara.
Antes de que Mairá pudiera responder, un sonido ensordecedor rasgó el aire del recinto militar.
¡Uuuuuuh! ¡Uuuuuuh!
En ese mismo instante, una sirena de máxima alerta resonó sobre toda la instalación militar. Las luces ámbar de emergencia comenzaron a parpadear violentamente en los pasillos y en la sala de radio.
—¡Todas las unidades a formar! ¡No es un simulacro! ¡Sonaban las sirenas! —gritaba el personal de guardia mientras corrían hacia los puntos de reunión.
A través del sistema de altavoces principales, la voz firme y tensa del general Oscar Jennanson, comandante del ejército, resonaba con un peso abrumador para los 75,000 efectivos que se encontraban formados:
—Toda la cúspide militar está sumida en un profundo silencio de preocupación... —anunció el general, con la voz teñida de urgencia—. Estamos en máxima alerta. Posiblemente el batallón de Fort Greely haya sido atacado y caído. En varias zonas del norte se presenciaron luces y naves no identificadas. No sabemos a qué nos enfrentamos. Unidades de hombres robots y unidades militares empezaron a desplegarse hacia las grandes ciudades; nosotros iremos de apoyo. Todos los equipos disponibles deben alistarse para salir. Es todo, pueden retirarse.
La atmósfera en el batallón dio un vuelco absoluto. Las risas y las charlas de rutina se disiparon, reemplazadas por el estrépito de las botas contra el suelo y el chasquido de los cargadores de munición al ser encajados en los fusiles.
El capitán Carlos Rivera se presentó de inmediato ante su escuadrón, con el rostro serio y la mirada fija en sus subordinados, ya completamente equipados.
—¡Escuchen bien! —ordenó el capitán Rivera con voz firme—. Su misión: diríjanse al sur de Miami y apoyen las evacuaciones de civiles. ¡No hay tiempo que perder, en marcha!
La gran maquinaria del ejército terrestre se puso en movimiento. Nadie imaginaba todavía que aquellas luces en el norte y la caída de Fort Greely eran el preludio de la invasión interdimensional de los Zyphon, una pesadilla procedente del planeta Cart que estaba a punto de cambiar el destino de la humanidad para siempre.