El Sonido de los Helicópteros y las Sirenas de Emergencia
El pánico y la incertidumbre reinaban en las calles de Miami. El cielo rugía bajo la estela de los aviones caza que sobrevolaban la ciudad, mientras el sonido intermitente de las sirenas policiales y militares creaba una atmósfera de asedio inminente.
La unidad de Mairá avanzaba velozmente a bordo de un helicóptero de transporte. Dentro de la cabina, el silencio era tenso, roto únicamente por el zumbido de los motores y el repique estático de las radios tácticas.
—Queda un minuto para el descenso —anunció el piloto a través del intercomunicador, con la voz seca y concentrada.
El equipo descendió sin contratiempos en la zona asignada, pero al pisar tierra firme, la magnitud de la crisis se hizo evidente: los canales de radio emitían constantes llamadas de auxilio pidiendo refuerzos. Las transmisiones confirmaban lo peor: en las ciudades del norte los enfrentamientos contra un enemigo desconocido ya habían estallado a sangre y fuego.
El capitán Carlos Rivera se apresuró a reportarse con los altos mandos locales. En medio del despliegue, el mayor Scott Garrison lo interceptó con expresión adusta y mirada firme.
—Capitán, qué bueno que llegó —dijo el mayor Garrison, señalando los mapas tácticos en una mesa de campaña—. Necesito que usted y sus hombres se dirijan hacia el punto de evacuación en el parque principal de Salt Lake. Hay miles de civiles y necesitamos que escolten los vehículos de salida. Es una locura total, la gente está desesperada.
—Entendido, señor. Permiso me retiro —respondió el capitán Rivera con presteza militar.
En ese preciso instante, un pesado rugido sacudió el aire sobre sus cabezas: un V-22 Osprey descendió pesadamente en la plataforma de aterrizaje, levantando nubes de polvo. De su interior desembarcaron seis soldados de fuerzas especiales y un contingente especial de cinco hombres robots enviados directamente desde la base militar de Oahu, Hawái.
Aquel equipo tecnológico de vanguardia estaba compuesto por soldados equipados con chalecos tácticos especiales que, al entrar en combate, se transformaban automáticamente en una armadura pesada de alta resistencia. Al frente de esta unidad de élite se encontraba el teniente Christensen, acompañado por Artega, López, Meyers y Ocharzon.
El teniente Christensen se adelantó con paso firme para presentarse ante los oficiales locales:
—Mayor, me presento. Fuimos enviados para apoyar en la evacuación y para ayudar en caso de ataque, señor —afirmó Christensen con aplomo.
—Teniente Christensen —respondió el mayor Garrison con un gesto de alivio ante el refuerzo tecnológico—. Necesitamos todo el apoyo posible. Este equipo de soldados se dirige hacia el parque central; las comunicaciones indican que hay un caos total y la gente está aterrorizada. El resto de las unidades nos concentraremos en la bahía de Conroy Salt, donde están apostados los buques de guerra y portaaviones. Creo que algunos serán evacuados hacia mar abierto; por ahora, es el lugar más seguro mientras averiguamos a qué demonios nos enfrentamos.
La alianza entre la infantería tradicional y la nueva tecnología de armadura robótica estaba sellada. La batalla por la supervivencia en la Tierra acababa de comenzar.