Fear World génesis

Capítulo 1: Fracturas en la Nieve

​El zumbido monótono de los calefactores de la Base Militar Fort Greely apenas lograba opacar el aullido del viento helado que golpeaba los ventanales blindados. En el interior del pabellón médico, el aire olía a antiséptico y a metal frío.

​La cabo médica Dayana González mantenía la vista fija en el monitor táctil de su estación de trabajo. Tenía las manos metidas en los bolsillos de su chaqueta de fatiga, tratando de disimular un leve temblor. Frente a ella, la pantalla mostraba el registro automatizado de asignación de botiquines y autorizaciones de acceso.

​En la esquina superior derecha, una notificación reciente parpadeaba con la luz tenue del sistema central:

​[REGISTRO DE PERSONAL - EXPEDIENTE MÉDICO]

Cabo Médica: Ceidy Figueroa

Contacto de Emergencia / Vínculo Declarado: Cabo Andrés Amaya (Líder de Escuadrón - Programa M-7)

Fecha de Alta en Sistema: Hace 6 meses.

​Dayana sintió como si el aire se convirtiera en cristales de hielo dentro de sus pulmones.

​Seis meses.

​Ese era el tiempo exacto durante el cual Andrés le había hablado de un futuro juntos, el tiempo en que habían compartido confidencias a medianoche en los hangares helados tras los desgastantes entrenamientos, el tiempo en que ella le había entregado su confianza ciega. Para la base entera, Andrés y Ceidy eran la pareja oficial; para Andrés, Dayana solo había sido un secreto guardado en las sombras de los turnos de noche.

​—Dayana... por favor, no mires eso —la voz de Andrés resonó a sus espaldas, rompiendo el silencio del pabellón.

​Dayana se giró despacio. Andrés estaba de pie junto a la puerta corredera de la enfermería. Vestía el uniforme táctico sobre el chaleco de combate M-7, la estructura mecanizada del programa «Hombres Robot». Los servomotores de su tórax emitieron un zumbido bajo, reaccionando automáticamente a la elevación de su pulso cardíaco con un parpadeo tenue de los indicadores LED de sus hombros.

​—¿Cuánto tiempo pensabas seguir con esta farsa, Andrés? —preguntó Dayana. Su voz no fue un grito, sino un susurro tenso, cargado de una amargura contenida.

​—Las cosas se complicaron, no es lo que parece —Andrés dio un paso hacia ella, dejando ver la preocupación en su rostro—. Con Ceidy hay compromisos institucionales, trámites que no pude cancelar... Pero lo que siento por ti es real, Dayana. Tienes que creerme.

​—¿Real? —Dayana soltó una risa seca, sin rastro de alegría—. Me usaste. Me miraste a los ojos cada noche sabiendo que cuando salieras de aquí ibas a regresar con ella.

​Incapaz de permanecer un segundo más en el mismo espacio cerrado, Dayana tomó su mochila de Trauma-1 y caminó a pasos firmes hacia la salida. Andrés intentó interceptarla en el pasillo central que conectaba el área médica con la bahía de armamento.

​—¡Dayana, espera! ¡Déjame explicarte bien! —insistió él, alcanzándola y extendiendo una mano sin llegar a tocarla.

​El eco de sus botas resonó en el pasillo de concreto reforzado, llamando la atención del escuadrón que realizaba el mantenimiento de sus trajes. Juan Gutiérrez y Álex Hernández detuvieron la calibración de sus módulos y observaron la escena en silencio, intercambiando miradas de incomodidad. Diego Bermeo —amigo de la infancia de Dayana y tirador del equipo— dejó caer la herramienta de ajuste que tenía en la mano y avanzó un paso, interponiéndose de forma sutil en la trayectoria de Andrés.

​—Ya la escuchaste, Amaya. Da un paso atrás —dijo Diego con voz firme, manteniendo la postura erguida.

​—No te metas en esto, Bermeo —advirtió Andrés, mientras el marco metálico de su chaleco M-7 reajustaba su presión con un chasquido hidráulico.

​—Me meto porque es mi amiga, y bastante aguantó ya tus mentiras —replicó Diego sin dar un paso atrás.

​—¡Basta los dos! —interrumpió Dayana, situándose entre ambos con la mirada ardiendo en rabia—. No necesito que nadie peline por mí. Y tú, Andrés... olvídate de que existo. No quiero volver a escuchar tu voz en lo que me queda de servicio en esta base.

​Antes de que Andrés pudiera responder o que Diego diera un paso más, la luz blanca del pasillo fue sustituida por el destello rojo intermitente de las sirenas de emergencia. El estruendo metálico de la alarma de nivel 1 hizo vibrar el piso de concreto.

​Desde los altavoces del techo, la voz sintética del sistema de mando anunció:

​«Atención a todo el personal militar. Protocolo de Búsqueda y Rescate activado en la Zona Perimetral Norte. La patrulla de reconocimiento Alfa no ha reportado posición tras aproximarse al área de impacto del meteorito. Se detectan anomalías electromagnéticas severas. Se requiere un médico de combate voluntario y equipo de extracción en el helipuerto inmediatamente.»

​En las pantallas de la bahía de armamento, el mapa topográfico de la montaña mostraba la posición congelada de los vehículos de la patrulla Alfa. Sin embargo, lo preocupante no era solo la falta de señal: los biosensores térmicos de los soldados caídos no marcaban una desconexión limpia, sino una distorsión en forma de pulsos rítmicos, como si algo estuviera interfiriendo con la lectura de sus signos vitales desde el exterior.

​Andrés miró la pantalla y luego fijó sus ojos en Dayana. La tensión del conflicto personal dio paso a una alarma profesional.

​—Ese sector está bajo una tormenta electromagnética violenta —dijo Andrés, bajando el tono de voz—. Los sistemas del chaleco M-7 están dando lecturas erráticas solo con recibir la telemetría de esa zona. Dayana, no te postules para este vuelo. Deja que el equipo táctico limpie el terreno primero.

​Dayana miró la pantalla de la emergencia y luego a Andrés. La necesidad de alejarse de él, de no volver a respirar el mismo aire ni cruzarse con Ceidy en los pasillos de la base, superaba cualquier advertencia de peligro.

​Caminó directamente hacia el oficial de guardia que despachaba las planillas de vuelo.




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