Fear World génesis

Capítulo 4: La Grieta de la Muerte

​El destello del aguijón explosivo aún cegaba los ojos de Dayana mientras la onda de choque la derribaba sobre el hielo. La sangre tibia del sargento, mezclada con la nieve derretida, le manchaba la visera rota del casco. A su alrededor, el aire olía a azufre, ozono y carne quemada.

​—¡A la cobertura! ¡A las rocas, muévanse! —gritó el cabo de primera clase Vargas, asumiendo el mando a rastras mientras abría fuego contra la penumbra.

​Dayana tosió con fuerza, sintiendo el aire a quince grados bajo cero congelarle la garganta. Recuperó su carabina de servicio, se arrastrá tras una formación rocosa y limpió la nieve del cañón. De los ocho operadores de Fuerzas Especiales que salieron del Osprey, solo quedaban cuatro con vida: Vargas, el especialista Mendoza, el operador de ametralladora Silva y ella.

​A trescientos metros, la columna de luz violeta emitida por la baliza alienígena se volvía cada vez más densa, haciendo vibrar el suelo con un zumbido sordo que retumbaba en los dientes. El cielo nocturno sobre la cordillera de Alaska empezaba a rasgarse; nubes oscuras giraban en espiral alrededor del haz de energía como un remolino de pesadilla.

​—¡El francotirador está en la cresta a las una! —advirtió Silva, apoyando su ametralladora pesada sobre un bloque de hielo—. ¡No nos dejará avanzar hacia esa maldita antena!

​Un segundo disparo rasgó el aire con un silbido metálico. El aguijón se clavó directo en el parapeto de Silva.

​—¡Suelta el arma! —gritó Dayana al reconocer el proyectil.

​Silva reaccionó por instinto y saltó hacia atrás. Un segundo después, la munición detonó con una llamarada sorda, destruyendo la ametralladora y arrojando esquirlas de roca que le desgarraron el muslo. Dayana se deslizó entre el fuego cruzado, sacó un torniquete de su botiquín manual y lo apretó con fuerza sobre la pierna del soldado mientras este ahogaba un grito de dolor.

​—No te vas a desangrar aquí, Silva —murmuró Dayana, con los dientes apretados por la adrenalina.

​—Es inútil, cabo... —alcanzó a decir Silva, respirando con dificultad—. Mírelos... no son humanos.

​Desde la bruma blanca, la jauría de perros alienígenas avanzó en abanico. Las criaturas cuadrúpedas no ladraban ni emitían sonido alguno; solo el chasquido de sus garras sobre la nieve delataba su avance. Abrieron sus fauces verticales y dispararon una ráfaga continua de aguijones orgánicos desde el fondo de sus gargantas.

​—¡Fuego a discreción! —ordenó Vargas.

​Mendoza y Vargas vaciaron sus cargadores contra la primera oleada. Los proyectiles de plomo derribaron a dos de las bestias, pero otras tres saltaron la barrera de rocas. Una de ellas cayó directamente sobre Mendoza, clavando sus colmillos en su cuello antes de que el soldado pudiera desenfundar su pistola. El crujido de huesos resonó en medio de la tormenta.

​Dayana levantó su carabina, la apoyó en el hombro y disparó a quemarropa contra el cráneo de la criatura que devoraba a Mendoza. El impacto de tres balas en el ojo central de la bestia la hizo colapsar inerte sobre el cuerpo del operador.

​Pero la tregua duró segundos. Tras las bestias, los soldados humanoides avanzaron con paso firme. Con un chasquido metálico seco, de las muñecas de sus armaduras oscuras emergieron cuchillas retráctiles de medio metro de largo, brillantes y bañadas en un fluido fosforescente.

​—Se nos acabó el parque —dijo Vargas, revisando su último cargador—. González... la baliza está transmitiendo. Si ese haz de luz termina de abrir el cielo, la base, la ciudad... todo va a caer.

​—¿Qué hacemos? —preguntó Dayana, sintiendo el frío adormecerle las puntas de los dedos.

​—Nosotros les daremos tiempo. Tú tienes los explosivos térmicos en el kit de rescate —Vargas la miró a los ojos, con la determinación de quien sabe que no regresará—. Corre hacia la estructura. Coloca las cargas en la base de la cápsula.

​—Cabo, no puedo dejarlos...

​—¡Es una orden, González! —rugió Vargas, poniéndose de pie y abriendo fuego a bocajarro contra un humanoide que se aproximaba.

​Silva, desde el suelo y apoyado contra la roca, desenfundó dos granadas de fragmentación y les quitó los seguros con los dientes.

​—Dígale a los muchachos de la base que no nos rendimos, médica —dijo Silva con una sonrisa ensangrentada antes de arrastrarse hacia la jauría que se abalanzaba sobre ellos.

​Dayana no miró atrás. Agarró la mochila de suministros con las cargas térmicas y echó a correr en dirección a la columna de luz violeta.

​A sus espaldas, el infierno se desató. Escuchó los gritos de guerra de Vargas, el sonido de las cuchillas metálicas cortando carne y aire, y finalmente la detonación doble de las granadas de Silva, que sacudió la ladera y cubrió el perímetro en una nube de fuego y nieve.

​El segundo equipo de Fuerzas Especiales había sido destruido. Dayana era la última sobreviviente.

​Sola, corriendo entre el viento helado y tropezando con las rocas, Dayana alcanzó el cráter de la cápsula. El calor que emanaba el artefacto era sofocante, contrastando de forma violenta con el frío de Alaska. La estructura metálica central giraba sobre su propio eje, proyectando el haz de energía directo hacia las nubes, donde una enorme grieta espacial empezaba a abrirse.

​Con las manos temblando por el esfuerzo y el dolor de su corazón roto, Dayana sacó las dos cargas térmicas y las adhirió a los paneles de control del artefacto alienígena. Inició la cuenta regresiva de diez segundos.

​—Por cada uno de los que mataron... —susurró entre lágrimas.

​Un sonido pesado se proyectó a su espalda.

​Dayana se giró lentamente. A menos de tres metros, la figura imponente del comandante invasor se erguía entre la bruma. La criatura la miró con absoluta indiferencia. Levantó el brazo derecho y, con un movimiento cegador, la cuchilla de su muñeca emergió, atravesando el aire.

​La cuchilla de la criatura se retiró con un chasquido frío. Dayana cayó sobre la nieve, sintiendo cómo el calor de su propia vida se escapaba en una mancha roja que crecía bajo su costado. El alienígena caminó hacia las cargas térmicas, arrancó los detonadores con dos dedos antes de que llegaran a cero y los aplastó contra el suelo congelado con absoluto desprecio.




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