Fear World génesis

Capítulo 5: Los Cuatro de Hierro

​En la bahía de despliegue subnivel 3 de Fort Greely, el aire olía a aceite sintético, ozono y metal recalentado. Las sirenas rojas de alerta máxima giraban en el techo, bañándolo todo en una penumbra sanguinolenta.

​En la consola médica central, la soldada médica Ceidy retrocedió un paso, cubriéndose la boca con ambas manos. Frente a ella, el monitor táctil emitía un tono agudo y continuo. La barra digital con el nombre de la cabo Dayana González había pasado de verde a un gris inerte: [CABO D. GONZÁLEZ — SIN SIGNOS VITALES].

​—No... no puede ser... —murmuró Ceidy, sintiendo un nudo helado en el estómago.

​A diez metros, sobre las plataformas de acoplamiento hidráulico, cuatro siluetas masivas de titanio y aleación militar permanecían erguidas. Los armazones mecanizados M-7 —los únicos cuatro trajes de combate pesados en toda la instalación— estaban listos.

​Andrés Amaya estaba dentro de la primera unidad. La visera holográfica de su casco proyectaba los parámetros biométricos de toda la fuerza de respuesta rápida. Cuando el pulso de Dayana se volvió una línea plana, el indicador en su pantalla parpadeó en rojo antes de desaparecer.

​Un silencio sepulcral cayó sobre la cabina sellada de Andrés.

​A través de los servos de los hombros, el chasis de titanio del M-7 de Andrés vibró con un crujido sordo. Los actuadores hidráulicos de sus puños se cerraron con tal fuerza que las placas de acero del suelo crujieron bajo sus botas.

​—Andrés... —la voz de Ceidy llegó por la frecuencia interna de la base, entrecortada por las lágrimas—. El biosensor de Dayana... la patrulla Alfa y el equipo de respuesta... todos cayeron.

​Andrés no respondió. A través de la visera polarizada, sus ojos fijos en la pantalla no reflejaban dolor, sino una furia ciega y helada. La culpa y el peso de su traición lo aplastaban, pero el chasis del M-7 transformaba cada pulso de su adrenalina en energía pura para los servomotores.

​—Maldita sea... —resonó la voz grave de Juan por el canal táctico del escuadrón. Su unidad M-7, pintada en camuflaje urbano con una ametralladora rotativa de 20 mm acoplada al brazo derecho, dio un paso al frente—. Nos enviaron tarde. Esa maldita tormenta nos dejó a ciegas.

​—Ajusten sus sellos de presión —ordenó Alex desde la tercera plataforma. Su traje M-7 llevaba los módulos de sensores de largo alcance y dos lanzamisiles mecánicos sobre los hombros—. El satélite muestra que la baliza enemiga ya abrió el cielo sobre la cordillera. Hay un vector de descenso masivo justo encima del cráter.

​Diego, el cuarto miembro del escuadrón y el especialista en asalto pesado, verificó la carga de su martillo térmico y el escudo de dispersión cinética acoplado a su brazo izquierdo.

​—Éramos cuatro amigos cuando entramos al proyecto M-7 —dijo Diego, con la voz distorsionada por el modulador del casco—. Hoy somos la única línea de defensa que le queda a esta base. Si esas cosas bajan de la montaña, no va a quedar nada que proteger.

​Ceidy corrió desde la consola médica hacia la pasarela de la plataforma, deteniéndose junto al traje de Andrés.

​—¡Andrés, escúchame! —gritó Ceidy a través del intercomunicador externo—. Las lecturas de radiación en la zona cero son letales. Si bajan sin cobertura aérea...

​Andrés activó el cierre del casco. El frontal blindado bajó con un chasquido hermético, sellando su rostro tras una visera de luz dorada.

​—Quédate en la estación médica, Ceidy —respondió Andrés. Su voz ya no sonaba humana; el sintetizador de la armadura le daba un tono metálico, frío y distante—. Prepara la enfermería para las bajas de la base. No vamos a regresar pronto.

​El puente de abordaje se retiró. Los cuatro hombres robot —Andrés, Juan, Alex y Diego— alinearon sus pesados chasis de tres metros de altura sobre los rieles del ascensor electromagnético de lanzamiento.

​—Control de tiro al cien por ciento —reportó Alex.

—Sistemas hidráulicos al máximo —añadió Diego.

—Sistemas de combate listos. Voy a hacer que cada una de esas mierdas alienígenas pague por esto —gruñó Juan.

​Andrés levantó la carabina pesada de plasma, cargándola en la bahía principal de su traje.

​—Escuadrón M-7 —dijo Andrés, mirando las coordenadas de la zona donde yacía el cuerpo de Dayana—. Despliegue inmediato en la Zona Cero. Sin prisioneros.

​Las compuertas del techo del granero de lanzamiento se abrieron de par en par, dejando entrar la ventisca helada de Alaska. Los propulsores dorsales de los cuatro trajes M-7 rugieron con un destello azul, eyectando a los cuatro soldados de hierro directo hacia la noche en llamas.




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