Fear World génesis

Capítulo 6: Fuego y Nieve en la Zona Cero

​Los cuatro propulsores dorsales rasgaron la tormenta de Alaska como meteoros de luz azul. Desde el aire, la cordillera ya no parecía terrestre: la columna de luz violeta atravesaba el firmamento, proyectando sombras deformes sobre los picos congelados mientras los cascos de las naves nodriza alienígenas empezaban a rasgar la atmósfera superior.

​—¡Impacto en cinco segundos! —advirtió Alex por la frecuencia interna del escuadrón, ajustando los retrocohetes.

​El escuadrón M-7 tocó tierra con un estruendo metálico que hizo temblar la ladera. Los tres metros de altura y el tonelaje de titanio de cada traje abrieron surcos profundos en la nieve congelada.

​Al levantarse, la visera de Andrés escaneó el perímetro. El panorama era una carnicería. Los restos quemados del Osprey yacían esparcidos entre pinos tronchados, y la nieve blanca estaba cubierta por un manto de hollín, casquillos servidos y manchas de sangre congelada.

​—Detecto firmas biológicas hostiles a las diez —reportó Diego, alzando su escudo de dispersión cinética y preparando el martillo térmico—. Son decenas... se mueven rápido por la vaguada.

​—¡Abran fuego! —ordenó Andrés con voz gélida.

​De la bruma emergieron dos jaurías de sabuesos alienígenas, disparando ráfagas continuas de aguijones orgánicos. Pero esta vez no se enfrentaban a infantería ligera. Los proyectiles impactaron contra el blindaje M-7 emitiendo chispas y rebotando en el titanio sin causar daño.

​—¡Mía esa oleada! —rugió Juan.

​La ametralladora rotativa de 20 mm montada en el brazo de Juan comenzó a girar con un zumbido eléctrico antes de desatar un infierno de plomo. La munición pesada despedazó a los sabuesos en pleno salto, pintando la nieve con su fluido interno fosforescente.

​Desde las rocas elevadas, tres soldados humanoides alienígenas desplegaron sus cuchillas de muñeca y saltaron sobre el escuadrón. Diego dio un paso al frente, bloqueó la primera estocada con su escudo cinético y descargó un martillazo térmico directo al pecho del invasor; la onda expansiva del golpe redujo la armadura enemiga a escombros.

​A su lado, Alex desplegó los lanzamisiles mecánicos de sus hombros. Cuatro proyectiles guiados salieron disparados, trazando curvas en el aire antes de impactar contra la posición del francotirador alienígena en la cresta, volando la roca entera en una bola de fuego.

​En menos de dos minutos, el escuadrón M-7 había barrido la primera línea enemiga. El poder del armamento pesado era devastador, pero la victoria no trajo alivio alguno.

​Andrés no detuvo su marcha. Avanzó entre las brasas de la batalla hacia la base del cráter, donde la cápsula alienígena continuaba emitiendo su haz violeta hacia el cosmos.

​—Andrés, espera... —dijo Alex, bajando el tono de voz al revisar los registros biométricos del área.

​Andrés se detuvo. A solo diez metros de la estructura metálica, semienterrada en la nieve fresca que la tormenta depositaba suavemente, yacía una figura pequeña.

​El chasis de titanio del M-7 de Andrés dio unos pasos lentos y pesados. El crujido de sus botas de acero sobre el hielo era el único sonido en la ladera. Se hincó sobre una rodilla, haciendo que los servomotores hidráulicos emitieran un silbido sordo.

​Con cuidado casi humano, la mano blindada de Andrés apartó la capa de nieve.

​Ahí estaba Dayana. La visera de su casco táctico estaba rota y la herida de su costado se había congelado en un tono carmesí oscuro. Entre sus dedos enguantados, rígidos por el frío helado de Alaska, apretaba con firmeza el parche con la cruz médica de su unidad.

​Andrés sintió que el aire se le escapaba de los pulmones. La visera holográfica de su casco parpadeó, mostrando el marcador digital gris sobre el cuerpo: [CABO D. GONZÁLEZ — SIN SIGNOS VITALES].

​—Dayana... —susurró Andrés. Su voz, filtrada por el modulador del traje, sonó rota, despojada de toda la frialdad mecánica.

​Extendió la enorme mano de titanio y tocó suavemente el hombro de la médica. Ya no había calor. La mujer a la que había lastimado, la médica que había corrido hacia el fuego mientras él permanecía en la base, se había ido para siempre. El peso de su traición y la certeza de que su pedido de perdón nunca llegaría lo golpearon con una fuerza mil veces superior a cualquier impacto cinético.

​Juan, Alex y Diego se aproximaron en silencio, formando un semicírculo blindado alrededor de su comandante y el cuerpo de la cabo. Juan inclinó la cabeza del chasis M-7 en señal de respeto; Diego bajó su escudo hacia el suelo.

​—Llegamos demasiado tarde... —murmuró Diego en el canal privado del escuadrón.

​Un sombra monumental cubrió el cráter. Desde el portal dimensional abierto en el cielo, una nave nodriza de varios kilómetros de longitud cruzó las nubes, proyectando su luz sobre la cordillera. A su alrededor, cientos de cápsulas de desembarco comenzaron a caer sobre la ladera como una lluvia de fuego.

​Andrés cerró lentamente el puño de su traje sobre la nieve. Se puso de pie, ajustando los servomotores al máximo de su capacidad.

​—Alex... asegura el cuerpo de Dayana en la bahía de transporte del M-7 —ordenó Andrés. Cuando volvió a hablar, su voz había perdido todo rastro de debilidad; era pura determinación militar y sed de venganza—. Diego, Juan... destruyan esa baliza.

​—¿Y tú qué harás, Andrés? —preguntó Juan, cargando un nuevo tambor de munición en su ametralladora.

​Andrés levantó la carabina pesada de plasma y la apuntó directo hacia la primera cápsula de desembarco que tocaba tierra a pocos metros de ellos.

​—Voy a matar a cada una de estas mierdas hasta que no quede ninguna en pie.




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