El impacto de la primera cápsula de desembarco levantó una marejada de nieve y rocas a menos de cincuenta metros. De la estructura metálica que crujió al abrirse emergieron ocho soldados alienígenas de élite. Ya no eran infantería ligera: vestían armaduras pesadas de tono azul cobalto y portaban rifles de pulso térmico que iluminaban la niebla con destellos anaranjados.
—¡Formación en abanico! —ordenó Andrés. La voz de su casco resonó como un trueno de metal—. ¡Alex, mantén la retaguardia y protege la unidad de transporte! ¡Nadie toca a Dayana!
—Entendido —respondió Alex, posicionando su traje M-7 frente al chasis donde el cuerpo de la cabo yacía resguardado. Con la mano libre, desplegó el cañón de energía de su hombro y barrió a dos enemigos que intentaban flanquear por la derecha.
Los proyectiles térmicos enemigos comenzaron a granizar contra el escuadrón M-7. El impacto directo de las ráfagas hacía temblar los giroscopios internos de las armaduras, elevando la temperatura del titanio a niveles críticos.
—¡Shield UP! —gritó Diego, adelantándose. Su escudo de dispersión cinética absorbió una descarga masiva de plasma alienígena, brillando en un azul eléctrico deslumbrante mientras canalizaba la energía hacia el suelo congelado.
Con un rugido de rabia, Diego dio tres pasos pesados hacia adelante y estampó el martillo térmico directamente contra el suelo. La onda de choque sísmica resquebrajó el hielo en un abanico de diez metros, derribando a cuatro de los alienígenas y arrojándolos a la ladera.
—¡Mi turno! —rugió Juan.
La ametralladora rotativa de 20 mm montada en su brazo derecho comenzó a girar a máxima velocidad. Un torrente ininterrumpido de plomo atravesó las corazas azuladas de los invasores. Juan no dejó de disparar hasta que el cañón estuvo al rojo vivo y el suelo quedó cubierto de casquillos humeantes y restos de armadura enemiga.
Pero la montaña no daba tregua. En el cielo, otras cinco cápsulas de desembarco cortaron las nubes, descendiendo en picada hacia la posición del escuadrón. Y justo detrás de ellas, la silueta colosal de una nave de transporte alienígena descendía lentamente, desplegando torretas pesadas sobre los picos rocosos.
—¡Andrés, las lecturas tácticas se dispararon! —advirtió Alex desde el centro de mando de su visera—. Hay más de un centenar de firmas hostiles descendiendo en nuestro sector. Si nos quedamos aquí, nos van a sepultar por número.
Andrés no escuchaba. Su carabina pesada de plasma disparaba en ráfagas de tres tiros, destrozando las cabezas de los alienígenas que intentaban acercarse al cráter. Cada disparo era un tributo, una descarga de furia por el dolor de la pérdida y la culpa que le devoraba el pecho.
—¡Andrés, escúchame! —la voz de Juan irrumpió por el canal de comando del escuadrón, firme y severa—. Cumplimos la misión en la Zona Cero. Aseguramos a Dayana. Pero si nos destruyen aquí, Fort Greely caerá sin nadie que la defienda. ¡Ceidy y el resto de la base están indefensos!
Las palabras de Juan lograron atravesar la bruma de venganza que cegaba a Andrés. El comandante del M-7 se detuvo un segundo, viendo cómo las primeras torretas de la nave de transporte alienígena comenzaban a fijar blanco sobre sus tres compañeros.
Andrés apretó los dientes tras la visera dorada.
—Repliegue táctico —ordenó Andrés, tragándose la rabia—. Formación en diamante alrededor de Alex. Diego en vanguardia, Juan en flanco izquierdo, yo cubro la retirada. Nos replegamos hacia el paso de la cordillera.
—¡Recibido! —respondieron los tres a una voz.
El escuadrón inició la marcha de retroceso sin dejar de disparar. Diego avanzaba frente a la formación, absorbiendo con su escudo los disparos pesados que bajaban desde las crestas. Juan mantenía a raya a las jaurías de sabuesos con ráfagas cortas y calculadas para ahorrar munición, mientras Alex coordinaba los saltos de propulsión para evitar los puntos ciegos de la montaña.
Andrés se mantuvo en la retaguardia, caminando de espaldas a la ruta de escape. Cada diez pasos, descargaba un misil de fragmentación desde su hombro contra los grupos de infantería enemiga que intentaban cortarles el paso.
A mitad del desfiladero, un disparo de plasma pesado alcanzó el suelo junto al pie de Juan, desestabilizando los servomotores de su pierna izquierda.
—¡Me dieron en el actuador principal! —gritó Juan, hincando una rodilla en la nieve mientras las alertas de daño parpadeaban en su casco.
Sin dudarlo un segundo, Andrés retrocedió, enganchó el brazo metálico de Juan sobre sus hombros de titanio y utilizó la potencia combinada de sus propulsores para arrastrarlo fuera de la línea de fuego, mientras Diego lanzaba una cortina de humo térmico que cegó los sensores de los invasores.
A través de la densidad del humo y la ventisca, los cuatro soldados mecanizados lograron atravesar la garganta de la montaña, dejando atrás el infierno de la Zona Cero.
A diez kilómetros de distancia, las luces rojas de Fort Greely parpadeaban entre la tormenta. La base estaba en alerta máxima, esperando el impacto inminente de la invasión.
—Control Fort Greely, aquí M-7 Actual —habló Andrés por la frecuencia de la base, con la voz fatigada pero gélida como el hielo de Alaska—. Estamos en camino con el escuadrón completo y la cabo González. Preparen las defensas perimetrales y aseguren el subnivel 3. La guerra llegó a nuestra puerta.
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Editado: 04.10.2026