Mientras la tormenta de Alaska rugía sobre la cordillera, en los pasillos de Fort Greely el silencio resultaba ensordecedor, interrumpido únicamente por el zumbido constante de los generadores de emergencia y el destello intermitente de las luces rojas de alerta máxima.
En la estación médica del subnivel 3, la soldada médica Ceidy apretaba las manos contra el borde de la consola táctil. Frente a sus ojos, el monitor biométrico principal mantenía la misma línea gris estática que le helaba la sangre: [CABO D. GONZÁLEZ — SIN SIGNOS VITALES].
Ceidy contuvo el aliento, sintiendo una lágrima tibia deslizarse por su mejilla antes de secársela bruscamente con la manga de su uniforme táctico. La culpa le pesaba en el pecho tanto como a Andrés. Ella había sido testigo de todo: de los roces, del distanciamiento y de las palabras duras antes de que Dayana subiera a aquel desafortunado Osprey. Y ahora, mientras la base entera se preparaba para el fin del mundo, el cuerpo de su compañera yacía en medio de la nieve.
—No puede terminar así... no puede ser —murmuró Ceidy hacia la nada.
A través del ventanal blindado de la enfermería, las pantallas de radar de la base mostraban una imagen aterradora. Cientos de puntos rojos —firmas térmicas de naves de desembarco y cápsulas invasoras— descendían sobre el perímetro exterior de las montañas de Alaska. Fuera de los búnkeres subterráneos, el sonido de las sirenas de evacuación resonaba por toda la instalación militar, mezclándose con los gritos de los soldados de infantería que fortificaban los accesos superiores con sacos de arena, cañones automáticos y barricadas de acero.
—¡Soldada médica! —la voz del teniente a cargo de la guardia de la base irrumpió por el intercomunicador de la bahía—. ¡Asegure los suministros de plasma y los kits de trauma! Si los M-7 no logran contener la vanguardia en el desfiladero, la infantería va a sufrir bajas masivas en las puertas del complejo.
—¡Entendido, señor! —respondió Ceidy, forzándose a recuperar el profesionalismo militar.
Se movió rápidamente entre las estantes de suministros médicos, preparando camillas de campo, torniquetes y viales de adrenalina sintética. Sin embargo, su mirada volvía inevitablemente hacia el panel de comunicaciones tácticas. En el canal de frecuencia dedicada de los M-7, solo había estática mezclada con interferencias electromagnéticas provenientes de la baliza alienígena.
Durante casi veinte minutos, el silencio de la unidad fue total.
Ceidy caminaba de un lado a otro por la pasarela de la bahía de acoplamiento, mirando el riel del ascensor electromagnético por el que Andrés, Juan, Alex y Diego habían sido propulsados hacia la noche. Sabía que los cuatro trajes M-7 eran fortalezas de titanio, pero también sabía que la fuerza invasora que acababa de abrir el cielo no se parecía a nada a lo que la humanidad se hubiera enfrentado.
De pronto, un chasquido de estática atravesó los altavoces de la consola central, haciendo que Ceidy saltara en su lugar.
—Control Fort Greely, aquí M-7 Actual... —la voz metálica y filtrada de Andrés sonó grave, fatigada pero firme a través del canal táctico—. Estamos en camino con el escuadrón completo y la cabo González. Preparen las defensas perimetrales y aseguren el subnivel 3. La guerra llegó a nuestra puerta.
El corazón de Ceidy dio un vuelco. Se abalanzó sobre el micrófono del panel de mandos.
—¡Andrés! ¡Aquí Ceidy! —gritó, con la voz temblando por la mezcla de alivio y dolor—. Las compuertas del hangar tres están abiertas. El equipo de traumatología está listo. ¿Cuál es el estado de la unidad?
—Juan tiene daños en el actuador hidráulico de la pierna izquierda —respondió la voz de Alex desde la frecuencia secundaria—. Diego consumió el ochenta por ciento de la reserva del escudo cinético y mi armamento de largo alcance está agotado. Pero estamos enteros.
Un segundo de silencio pesado cayó sobre la línea antes de que Andrés volviera a hablar:
—Ceidy... prepara una camilla de honor en la bahía de desembarco. Llevamos a Dayana con nosotros.
Ceidy cerró los ojos y asintió en silencio, sintiendo un nudo en la garganta.
—Entendido, Andrés... los espero abajo.
Minutos después, la estructura subterránea de Fort Greely tembló cuando las pesadas compuertas blindadas del hangar principal se abrieron con un chirrido hidráulico. El aire helado de Alaska, cargado de olor a ozono, nieve quemada y humo térmico, inundó la bahía de desembarco.
Desde la plataforma, Ceidy vio emerger de entre la bruma cuatro siluetas gigantescas de titanio. Los trajes M-7 venían cubiertos de hollín, marcas de fuego de plasma y rasguños profundos sobre las placas de blindaje. Andrés caminaba a la cabeza, apoyando a Juan sobre sus hombros de titanio, mientras Diego y Alex cubrían la retaguardia con sus armas en posición de guardia.
El escuadrón de hierro había regresado de la Zona Cero, pero la verdadera batalla por la supervivencia de Fort Greely apenas comenzaba.
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ciencia ficcion militar, invasión alienígena, acción y supervivencia
Editado: 04.10.2026