Fear World génesis

Capítulo 9: La Guardia de la Noche

​El chirrido de los engranajes hidráulicos resonó en toda la bahía de acoplamiento del subnivel 3 cuando las compuertas blindadas terminaron de sellarse. El aire helado y con olor a ozono que acompañó la entrada de los trajes M-7 comenzó a ser condensado por los extractores del hangar, dejando un rastro de vapor y nieve derretida sobre el piso de rejillas metálicas.

​Ceidy aguardaba junto a la pasarela médica con una camilla de transporte térmico y un equipo de tres enfermeros de campo. Tenía los nudillos blancos de apretar la barra de contención.

​Los cuatro gigantes de titanio avanzaron en silencio. Cada pisada de los M-7 retumbaba en las vigas del techo. Las armaduras mostraban el desgaste de la Zona Cero: el escudo de Diego despedía un humo denso por sobrecalentamiento, el brazo de Juan goteaba fluido hidráulico sobre las rejillas, y la coraza de Alex presentaba profundas hendiduras de aguijón orgánico.

​Andrés caminó hasta el centro de la plataforma. Con un silbido sordo de los servomotores, el chasis de su M-7 se hincó sobre una rodilla.

​—Alex, despliega la bahía —ordenó Andrés con voz baja, filtrada por el sintetizador del casco.

​Alex dio dos pasos al frente, se giró y activó los cerrojos magnéticos de la compuerta de transporte dorsal de su traje. Las placas de titanio se abrieron lentamente.

​Entre el revestimiento térmico acolchado, envuelto cuidadosamente en la manta de supervivencia táctica, reposaba el cuerpo de Dayana.

​Un silencio sepulcral envolvió el hangar. Los enfermeros dieron un paso atrás de forma instintiva, sobrecogidos por la escena. Ceidy tragó saliva y avanzó sola hacia la plataforma. Sus botas resonaron suavemente contra el metal mientras se acercaba al M-7 de Alex.

​Con manos temblorosas, Ceidy retiró el pliegue superior de la manta de protección. El rostro de Dayana lucía pálido y sereno, contrastando con las manchas de sangre congelada en su cuello. Entre sus dedos rígidos, aún apretaba el parche con la cruz médica.

​—Lo siento... Dayana... —susurró Ceidy, dejando que una lágrima solitaria cayera sobre la visera rota de la cabo.

​Con cuidado infinito, Ceidy tomó el parche del pecho de su compañera y lo guardó en el bolsillo de su propio uniforme médica. Luego, indicó a los enfermeros que posicionaran la camilla. Entre Ceidy y dos asistentes levantaron el cuerpo con todo el respeto militar, asegurándolo para el traslado hacia la morgue blindada del subnivel 4.

​Mientras la camilla se alejaba, Andrés permaneció inmóvil sobre una rodilla. Un chasquido neumático seco resonó en el cuello de su traje: las trancas del casco se liberaron y la cubierta blindada se desprendió hacia atrás.

​El rostro de Andrés Amaya quedó al descubierto. Tenía los ojos inyectados en sangre, ojeras marcadas y la frente cubierta de sudor frío. Miró la camilla alejarse hasta que cruzó las puertas herméticas de la enfermería.

​Ceidy se giró y caminó hacia él. Se detuvo a un metro de la masa de titanio de Andrés.

​—Hicieron lo que pudieron, Andrés —dijo Ceidy en voz baja, con la mirada fija en los ojos deshechos del comandante—. Cumplieron con traerla de vuelta.

​Andrés apretó la mandíbula. Por un segundo, la frialdad del soldado se quebró, dejando ver al hombre devastado por la culpa.

​—Llegué tarde, Ceidy —respondió Andrés, con la voz áspera y rota—. Fui un imbécil... y ella murió sola en la nieve mientras yo estaba encerrado en esta lata de metal.

​—Ella no murió huyendo —intervino Juan, desabrochando también el frontal de su casco mientras los técnicos de la base enganchaban las grúas de reparación a su pierna dañada—. La encontramos en la base de la baliza. Intentó destruirla hasta el último segundo. Murió como una guerrera.

​—Y por eso mismo no vamos a dejar que este lugar caiga —añadió Diego, apoyando su enorme martillo térmico en el bastidor de recarga—. Bajaran de esas naves, pero van a tener que pasar sobre cuatro toneladas de titanio si quieren esta base.

​Un estridente zumbido de frecuencia ultraalta atravesó de pronto los sistemas de la instalación.

​Las luces blancas del hangar parpadearon violentamente tres veces antes de apagarse por completo. Un segundo después, los focos rojos de energía auxiliar se encendieron, proyectando sombras alargadas sobre las paredes de concreto.

​En la consola de mando del hangar, las pantallas de radar emitieron una serie de pitidos frenéticos.

​—¡Alerta en el perímetro superior! —resonó la voz del oficial de guardia por el altavoz de emergencia—. ¡Múltiples vectores de impacto en la superficie! ¡La vanguardia enemiga está cruzando los campos de minas del sector norte!

​El suelo de Fort Greely vibró con un temblor profundo. A varios cientos de metros por encima de sus cabezas, las explosiones del artillería pesada de la base comenzaron a retumbar contra las capas de roca y hielo.

​Andrés volvió a colocar el casco sobre su rostro. Las trancas neumáticas se sellaron con un golpe seco y la visera holográfica dorada se encendió de nuevo.

​—Ceidy, repliégate al refugio médico del subnivel 4 y atranca las compuertas blindadas —ordenó Andrés, mientras los servomotores de su traje lo ponían de pie a toda su altura—. Escuadrón M-7... recarga rápida de munición y posición de combate en el portón principal del hangar.

​Juan, Alex y Diego encajaron sus cascos al mismo tiempo.

​En la penumbra roja del subnivel 3, los cuatro hombres robot alinearon sus armas pesadas hacia la gran compuerta blindada que daba acceso a la superficie. Al otro lado del acero de un metro de grosor, el rugido de las bestias y el impacto del fuego de plasma comenzaron a golpear la entrada.

​El primer ataque contra Fort Greely había comenzado.




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