Fear World génesis

Capítulo 10: Carne, Titanio y Ceniza

​El acero blindado de la compuerta principal del hangar se deformó con un chasquido ensordecedor. Un resplandor violeta y blanco comenzó a filtrarse por las grietas del metal, seguido inmediatamente por una serie de detonaciones secundarias. No era plasma convencional: el enemigo estaba empleando cañones de pulso concentrado de rayos X. Al entrar en contacto con el denso blindaje de Fort Greely, las radiaciones ionizantes supercalentaban el aire dentro de la estructura, provocando explosiones térmicas instantáneas desde el interior mismo del acero.

​—¡A cubierto detrás de las barricadas secundarias! —gritó Andrés por el canal de mando justo cuando la puerta saltó en mil pedazos de metralla incandescente.

​Las ondas de choque sacudieron la estructura del subnivel 3, haciendo vibrar las placas de titanio de los trajes M-7. Una llamarada de radiación violácea barrió el túnel de acceso, reduciendo a cenizas las defensas automatizadas de la infantería que custodiaban el pasillo.

​—¡Ese armamento de rayos X va a sobrecargar la matriz de mis escudos si nos impacta de lleno! —advirtió Diego, clavando los soportes magnéticos de sus botas al suelo y elevando el escudo de dispersión cinético al máximo.

​A través del humo y el resplandor violeta, la penumbra de la noche alaskeña se reveló al fondo del túnel destrozado. Sobre la entrada de la base flotaba una nave de combate alienígena de diseño anguloso y superficie cobalto. En su vientre, dos emisores giratorios cargaban una nueva descarga de rayos X.

​—¡Alex, Juan, neutralicen esa nave de apoyo antes de que vuelva a disparar! —ordenó Andrés, saliendo de la cobertura con su carabina pesada alineada.

​Juan no esperó una segunda orden. La ametralladora rotativa de su brazo derecho rugió con un estruendo metálico ininterrumpido. Una lluvia de proyectiles de titanio de 20 mm impactó directamente sobre los emisores de la nave de combate, rompiendo los cristales de contención del rayo. La nave enemiga convulsionó en el aire y estalló en una bola de fuego violácea que colapsó parte de la bóveda de entrada.

​Pero antes de que el escuadrón pudiera celebrar la baja, el rugido de múltiples propulsores pesados hizo retumbar toda la montaña.

​Tres naves de transporte masivo de tropas, con formas orgánicas que recordaban a escarabajos blindados, descendieron en picada sobre la plataforma exterior del hangar. Sin llegar a posarse en el suelo, los laterales de las naves se desplegaron, revelando filas de torretas lanzadoras de aguijones orgánicos acelerados electromagnéticamente.

​—¡Cuidado! ¡Proyectiles orgánicos de alta velocidad! —previno Alex desde la retaguardia mientras desplegaba sus paneles de análisis táctico.

​Las naves de transporte abrieron fuego. Un enjambre de miles de aguijones quitinosos y cargados con toxinas ácidas voló hacia el interior del hangar como un enjambre de dardos mortales. Los proyectiles no solo impactaban con la fuerza de una bala perforante, sino que al clavarse en el blindaje de las armaduras M-7 comenzaban a segregar un compuesto altamente corrosivo que fundía las articulaciones de los servomotores.

​—¡Diego, aguanta el frente! —gritó Juan mientras una ráfaga de aguijones golpeaba el hombro de su traje, liberando un humo verde acre al contacto con el metal.

​Diego gruñó por el esfuerzo, ajustando los ángulos del escudo cinético. Los aguijones rebotaban y se fragmentaban contra la barrera energética en una lluvia de esquirlas, pero la densidad del ataque empezaba a forzar los límites de sobrecalentamiento de su unidad central.

​—¡Están desembarcando infantería pesada al amparo de las torretas! —informó Alex, disparando su cañón de hombro contra la rampa de una de las naves de transporte y partiendo a dos enemigos a la mitad antes de que tocaran suelo.

​Decenas de soldados alienígenas con corazas azuladas y fusiles de pulso descendieron de los transportes, abriéndose paso entre el humo e intentando flanquear la posición del escuadrón M-7 para penetrar en los subniveles inferiores donde se refugiaba Ceidy y el personal médico.

​Andrés avanzó entre el fuego cruzado, usando la mano de titanio de su M-7 para atrapar a un alienígena que intentaba sobrepasarlo por la izquierda y arrojándolo violentamente contra la pared de concreto.

​—¡No van a dar ni un paso más dentro de esta base! —rugió Andrés.

​Activó los propulsores dorsales de su armadura, ejecutando un salto de carga directamente hacia la plataforma exterior donde la nave de transporte principal coordinaba la descarga de aguijones.




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