Fear World génesis

Capítulo 12: La Llegada de la Flota Principal

​El silencio que siguió a la destrucción de la nave de transporte duró apenas unos segundos. Sobre la plataforma exterior de Fort Greely, el humo negro de la explosión se mezclaba con la nieve que comenzaba a caer con fuerza. El metal incandescente del transporte quemaba la superficie congelada, pero el frío ártico no traía ningún alivio al escuadrón M-7.

​En la visera táctica del casco de Andrés, los indicadores de alerta pasaron de un amarillo de advertencia a un rojo intermitente.

​—Comandante... mire el cielo —la voz de Alex no sonaba a través de la radio con la serenidad habitual del oficial de análisis, sino con una vibración helada.

​Andrés levantó la cabeza. Arriba, rompiendo la densa capa de nubes nocturnas de Alaska, el firmamento pareció rasgarse. Decenas de destellos de luz violeta y cobalto iluminaron las auroras boreales. No eran naves de reconocimiento ni transportes tácticos como los que acababan de destruir: eran destructores de línea y cruceros pesados de combate, estructuras gigantescas de metal oscuro y contornos orgánicos que eclipsaban las estrellas.

​La nave insignia de la flota, una mole de más de dos kilómetros de longitud con anillos de energía giratorios alrededor de su núcleo, se posicionó directamente sobre la cadena montuosa de Fort Greely.

—Dios mío... —susurró Juan desde la entrada del hangar, sosteniendo su ametralladora rotativa con el cañón todavía humeante—. Eso no es un ataque táctico. Es un despliegue de conquista.

​Un zumbido de baja frecuencia retumbó en las entrañas de la tierra. Desde el vientre de la nave insignia, un haz de luz violácea de más de diez metros de ancho se disparó verticalmente hacia la cima del pico más alto de la montaña. El impacto no produjo una explosión inmediata; en su lugar, la roca viva comenzó a vitrificarse y colapsar, abriendo un cráter térmico mientras la onda electromagnética anulaba los sensores de radar de toda la región.

​—¡Todos al interior del hangar, ya! —ordenó Andrés, impulsándose con los propulsores para retroceder tras la línea de las compuertas blindadas—. ¡Diego, Juan, aseguren los cierres mecánicos de emergencia! ¡Alex, comunica al subnivel 4 que el asedio espacial ha comenzado!

​Apenas los tres trajes M-7 atravesaron el umbral del túnel, miles de destellos más pequeños comenzaron a desprenderse de las naves superiores. Eran cápsulas de desembarco orbital, cayendo como una lluvia de meteoros incandescentes sobre todo el perímetro de la base militar.

​En el interior del subnivel 3, la luz de alarma roja iluminaba los rostros exhaustos del equipo. Las paredes de concreto armado crujían bajo la presión de los bombardeos orbitales que golpeaban la superficie.

​Por el intercomunicador de la base, la voz de Ceidy resonó entre interferencias de estática:

​—¡Andrés! Las lecturas de sismología del subnivel 4 están fuera de control. El techo de la plataforma exterior colapsó y la red electromagnética global en Alaska cayó por completo. Estamos a ciegas con el mando exterior.

​—Ceidy, mantén al personal médico y de apoyo atrinchera en el subnivel más profundo —respondió Andrés mientras los servomotores de su traje chirriaban al reajustarse—. La flota principal está sobre nosotros. Van a intentar asfixiar la base desde la superficie y abrirse paso por los conductos de ventilación y los pozos de los ascensores.

​—Comandante —interrumpió Alex, señalando las lecturas holográficas proyectadas desde la muñeca de su armadura—. Las cápsulas de desembarco cayeron en anillo alrededor de toda la montaña. Estamos rodeados por miles de unidades de infantería pesada y blindados alienígenas. Si el generador principal de la base cae, las compuertas térmicas se abrirán automáticas para evitar un colapso del reactor... y entrarán todos de golpe.

​Andrés miró a sus compañeros. El traje de Diego tenía la coraza del hombro fundida por la resina ácida de los aguijones; la munición pesada de Juan estaba al cuarenta por ciento, y la visera de su propio casco mostraba fisuras en el visor térmico. Pero detrás del cristal, sus ojos mantenían la firmeza del primer momento.

​—No vamos a esperar a que abran la puerta —dijo Andrés, ajustando el agarre de su carabina de plasma—. Diego, fortalece los sellos del hangar principal. Juan, Alex, preparen los depósitos de munición del subnivel 3. Fort Greely no va a caer hoy.

​Afuera, la lluvia de ceniza y fuego violeta transformó la noche alaskeña en un infierno helado, dando inicio oficial al asedio total de la última fortaleza humana en el norte.




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