Fear World génesis

Capítulo 13: La Caída de Fort Greely

​El rugido de las explosiones ya no provenía de la entrada del hangar: retumbaba directamente bajo los suelos de concreto armado del subnivel 3. Las vibraciones desprendían capas de pintura y polvo del techo de la sala de mandos, mientras las luces de emergencia parpadeaban en un rojo tenue y amenazante.

​—¡El sellado térmico de la bóveda principal acaba de ceder! —gritó Alex, golpeando la consola táctil para redirigir la poca energía restante a los monitores—. La infantería pesada rompió los niveles 1 y 2. Vienen bajando por los huecos de los ascensores de carga.

​Andrés Amaya dio un paso al frente, reajustando el soporte hidráulico de su traje M-7. La visera de su casco estaba cruzada por grietas, pero sus ojos permanecían fijos en el mapa holográfico del complejo, donde decenas de firmas enemigas rojas avanzaban como una marea implacable sobre su posición.

​—No hay forma de contenerlos en la superficie —dijo Andrés con la voz firme, aunque entrecortada por el agotamiento—. Fort Greely cayó.

​En ese instante, la compuerta blindada del fondo del corredor se abrió con un silbido de presión. El Capitán Felipe Vera irrumpió en la sala al frente de un reducido contingente militar, manteniendo la cobertura sobre Ceidy, quien llevaba apretado contra el pecho el terminal de datos centrales con toda la información táctica recopilada sobre la tecnología de rayos X y aguijones de la flota.

​—¡Amaya! —gritó el Capitán Felipe Vera, avanzando mientras descargaba su fusil de asalto contra las primeras sombras alienígenas que asomaban al final del pasillo—. El mando estratégico ordenó la evacuación total. No podemos regalarles los datos de los trajes ni la investigación del núcleo.

​—¿Existe una ruta de salida limpia, capitán? —preguntó Diego, colocándose al frente y alzando su maltrecho escudo cinético para bloquear una ráfaga de proyectiles de plasma que rebotó con estruendo.

​—El túnel de ventilación secundario que conecta el subnivel 4 con el barranco este —respondió Ceidy, señalando una coordenada en su pantalla portátil—. Es demasiado estrecho para las naves enemigas, pero está al límite del colapso estructural.

​—Suficiente espacio para nosotros —sentenció Juan, haciendo rotar el cañón de su ametralladora pesada con un chasquido metálico—. Les voy a dejar un recuerdo en la puerta para que no nos sigan de cerca.

​—¡En marcha! ¡Juan, Diego, abran paso hacia el túnel! —ordenó Andrés Amaya—. Capitán Vera, cubra a Ceidy con Alex. Yo cierro la marcha.

​El grupo se movió como una unidad sincronizada en medio del caos. A su alrededor, los cimientos de la fortaleza cedían bajo las cargas térmicas del enemigo. Diego embestía cualquier obstáculo con el hombro blindado de su M-7, abriendo brecha entre la mampostería destruida, mientras Juan barría los conductos laterales con ráfagas cortas e implacables.

​El Capitán Felipe Vera y Ceidy avanzaban en el centro de la formación, protegidos por los análisis en tiempo real de Alex, quien marcaba las grietas estructurales para evitar que la comitiva quedara atrapada por los derrumbes.

​Llegaron a la boca del túnel de escape justo cuando una sacudida telúrica masiva hizo crujir la montaña entera. La nave insignia alienígena había liberado una segunda descarga orbital sobre el núcleo de la base.

​—¡Pongan las cargas de demolición en los pilares del subnivel! —gritó el Capitán Vera, ayudando a Ceidy a ingresar en la estrecha galería de roca viva.

​Andrés armó el detonador remoto de su traje M-7 y miró por última vez el pasillo de Fort Greely. Un enjambre de soldados alienígenas irrumpió en el recinto, pero antes de que pudieran abrir fuego, Andrés presionó el conmutador y se arrojó al interior del túnel.

​La explosión en cadena detonó las reservas de munición del subnivel 3, colapsando toneladas de roca sobre la entrada y sepultando la base bajo una avalancha masiva de nieve, concreto y acero.

​Minutos después, en la ladera exterior del barranco este, una compuerta de camuflaje cubierta de hielo cedió pesadamente.

​Uno a uno, los supervivientes salieron a la intemperie. Andrés Amaya, Alex, Juan y Diego apoyaron los pesos de sus trajes sobre la nieve profunda, mientras el Capitán Felipe Vera ayudaba a Ceidy a ponerse a salvo tras una formación rocosa.

​Al elevar la vista, la escena era desoladora: sobre la cumbre de la montaña, donde antes se erigía la imponente fortaleza de Fort Greely, solo quedaba un cráter humeante dominado por la sombra gigantesca de la flota enemiga en la atmósfera. La base había caído, pero el grupo estaba vivo, con los datos a salvo y la voluntad intacta para reorganizar la resistencia.




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