La tormenta sobre la cordillera de Alaska no daba tregua. Entre las rocas heladas del barranco este, Andrés Amaya, el Capitán Felipe Vera, Ceidy, Juan, Alex y Diego permanecían atrincherados. Los servomotores de los cuatro trajes M-7 emitían un silbido débil mientras consumían sus últimas reservas de energía; la nieve comenzaba a cubrir las grietas de sus armaduras de titanio.
En el horizonte humeante, sobre las ruinas sepultadas de Fort Greely, tres cruceros pesados alienígenas desplegaban sus escáneres térmicos, peinando la montaña en busca de supervivientes.
—Tengo firmas biológicas enemigas aproximándose por el cresterío norte —reportó Alex, con la pantalla de su casco parpadeando en tonos rojos de batería crítica—. Si nos detectan ahora, no tenemos suficiente munición para una segunda ronda.
—Aseguren a Ceidy y el terminal de datos —ordenó el Capitán Vera, ajustando el agarre de su fusil de asalto—. Nos mantendremos abajo hasta el último segundo.
De pronto, un zumbido hiperiónico rasgó la atmósfera superior. No era el crujido orgánico de las naves invasoras, sino el rugido limpio y ensordecedor de motores de fusión terrestre.
El cielo nocturno se iluminó cuando una nave de desembarco pesado clase Goliath —una fortaleza volante de transporte táctico de cincuenta metros de eslora, blindada en aleación de carboloy y con las insignias de las Fuerzas Especiales— atravesó las nubes a velocidad supersónica.
—¡Llegaron! —gritó Juan, golpeando el puño de su M-7 contra el suelo.
Antes de que las naves alienígenas pudieran fijar blanco, la Goliath desplegó sus torretas ventrales de riel de alta frecuencia, desatando una cortina de proyectiles de tungsteno que pulverizó a la patrulla de reconocimiento enemiga en la cresta.
Las compuertas laterales del transporte se abrieron en pleno vuelo estacionario. Cuatro figuras masivas, con armaduras mecanizadas de nueva generación M-9 —más altas, estilizadas y dotadas de escudos de fase ionizada— saltaron directamente hacia la ladera, desplegando retrocohetes para amortiguar la caída.
—¡Supervivientes de Fort Greely! —retumbó la voz del líder del escuadrón de rescate por la frecuencia abierta—. ¡Soy el mayor Ramírez, unidad de respuesta rápida de Hawái! ¡A bordo, rápido! ¡Tenemos cobertura por tiempo limitado!
Diego y Juan ayudaron al Capitán Vera y a Ceidy a abordar la rampa de desembarco, mientras Andrés y Alex cubrían la retaguardia junto a los operadores M-9. Apenas el último botas de titanio tocó el suelo de la bodega de carga, la compuerta blindada se selló herméticamente.
La Goliath encendió sus propulsores de salto orbital, elevándose en un ángulo vertical perfecto que dejó atrás el infierno de Alaska y se perdió en la estratosfera, burlando el cerco de la flota invasora.
Horas más tarde, tras cruzar el Océano Pacífico a velocidad de crucero suborbital, las luces del archipiélago de Hawái aparecieron bajo las alas del transporte.
En el corazón de la isla de Oahu, excavada en las profundidades de la base militar de Kaneohe y extendiéndose bajo el fondo marino, se erigía el complejo defensivo más grande del planeta: la Base de Entrenamiento Mecanizado y Operaciones Especiales del Pacífico.
La nave Goliath descendió lentamente por el pozo principal del hangar uno, una instalación colosal iluminada por focos industriales donde resonaba el eco de miles de marchas militares, maquinaria pesada y el ensamblaje de batallones enteros.
Apenas se desplegó la rampa, el grupo descendió a la plataforma principal.
El contraste con el desolado frío de Alaska era absoluto. El hangar abrumaba por su escala: cientos de Marines en uniforme táctico avanzaban en formación, mientras grúas automatizadas transportaban chasis de armaduras de combate, tanques de plasma y cañones de artillería pesada. A lo largo de la bahía central, decenas de escuadrones mecanizados realizaban simulacros de combate a gran escala.
Una comitiva de oficiales de Fuerzas Especiales y médicos de combate corrió al encuentro del grupo.
—¡Atención médica inmediata para los heridos! —ordenó el oficial al mando del hangar—. ¡Aseguren el terminal de datos de la soldada Ceidy y lleven los trajes M-7 a las bahías de mantenimiento y repotenciación!
Ceidy fue escoltada por personal médico mientras guardaba celosamente el terminal con la investigación de los rayos X y el parche de Dayana. Andrés, Juan, Alex y Diego liberaron finalmente los cierres de sus trajes M-7, saliendo de las cabinas de titanio con el rostro exhausto pero la mirada fija en el despliegue militar que los rodeaba.
El Capitán Felipe Vera se posicionó junto a Andrés Amaya, observando a las filas de Marines y operadores de Fuerzas Especiales que se preparaban para la guerra total.
—Fort Greely cayó, Andrés —dijo el Capitán Vera, mirando los gigantescos monitores de la base que mostrabas el mapa global del conflicto—. Pero aquí es donde la humanidad va a devolver el golpe.
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ciencia ficcion militar, invasión alienígena, acción y supervivencia
Editado: 04.10.2026