La ilusión de una victoria rápida en la plaza central se disipó en cuestión de minutos.
Cuando la escuadra de armaduras M-9 atravesó los primeros niveles del rascacielos, las lecturas térmicas en los visores tácticos de Andrés comenzaron a parpadear bruscamente, saturadas por una interferencia masiva. No era una simple emboscada local; era una trampa estratégica coordinada a escala orbital.
Un estruendo ensordecedor sacudió los cimientos de la metrópoli. Desde la aguja superior de la torre principal, un rayo de plasma violeta de alta frecuencia rasgó la bruma del cielo y se proyectó directamente hacia la estratosfera. Segundos después, la respuesta vino del espacio: la nave nodriza de la flota invasora activó su red de cañones cinéticos pesados.
—¡Alerta de impacto orbital! ¡Todos a cubierta! —gritó el Capitán Vera por la frecuencia de emergencia, pero la advertencia llegó tarde.
El cielo pareció desplomarse. Una lluvia de proyectiles supercalentados impactó en cadena sobre el centro de la ciudad. El choque destruyó de golpe dos de las naves de desembarco Goliath que acababan de desplegar a los Marines en la plaza. La onda de choque demolió los bloques de concreto de la avenida principal, arrojando a la infantería pesada como muñecos de trapo contra los escombros.
—¡Línea de contención destruida! ¡Nos están flanqueando por los niveles subterráneos! —sonó la voz agitada de uno de los tenientes de Marines antes de que la señal se transformara en estática.
Desde las grietas abiertas por los impactos orbitales emergieron unidades enemigas de combate pesado que no se habían visto en los enfrentamientos anteriores: los Devastadores, gigantes biomecánicos recubiertos de un blindaje autorreparable que absorbía el fuego directo de las ametralladoras de plasma.
Diego, intentando bloquear el avance de uno de los engendros sobre una sección de Marines atrapados, interpuso su armadura M-9. El titanio de su traje resistió el primer impacto, pero el enemigo disparó a quemarropa un pulso térmico concentrado que perforó la placa pectoral de la armadura hidráulica, lanzando a Diego varios metros atrás contra el vestíbulo de la torre.
—¡Diego cayó! —gritó Juan, descargando ráfagas continuas contra el casco del Devastador, pero los disparos apenas lograban ralentizar su marcha.
—¡Alex, asegura el perímetro con los escudos de energía! ¡Juan, ayuda a sacar a Diego de la línea de fuego! —ordenó Andrés, interponiéndose con su traje M-9 mientras el cañón de riel de su brazo sobrecalentaba por el uso continuo.
En las calles, la contraofensiva enemiga desarticuló la formación de la 1.ª División de Marines. La superioridad numérica y tecnológica del enemigo era aplastante: sus redes electromagnéticas neutralizaron las comunicaciones entre los mandos de la base en Hawái y las unidades en tierra. Desde la sala de operaciones del transporte insignia, Ceidy observaba con impotencia cómo los indicadores de las escuadras de asalto se apagaban uno a uno en la pantalla táctica global.
El Capitán Vera, herido en el brazo izquierdo por la onda de choque, se parapetó tras el chasis destruido de un Goliath, disparando su fusil contra las oleadas que avanzaban sin tregua.
—Andrés... la aguja de la torre no es un nodo de energía —dijo Vera por la canal de radio local, respirando con dificultad—. Es un relé de focalización orbital... Están fijando blancos para erradicar las grandes ciudades una por una. Si no detenemos esa torre ahora, no quedará ejército que defender.
Andrés miró a través de su visera agrietada el fuego que consumía la avenida y los cuerpos de los Marines caídos entre el polvo de los rascacielos. La raza humana acababa de recibir un golpe devastador en las primeras horas de la invasión planetaria, y la brecha entre la supervivencia y la aniquilación total se reducía a cada segundo.
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Editado: 04.10.2026