Febrero cambia todo

El Eco de Emma

El instituto estaba más ruidoso de lo normal esa mañana. Risas, pasos apresurados, conversaciones cruzadas que se mezclaban en los pasillos. Emma entre todo ese ruido con una sensación extraña: aunque estaba rodeada de gente, se sentía sola con sus pensamientos. Algo de lo que había pasado el día anterior seguía resonado dentro de ella, como un eco imposible de ignorar.

Luna lo notó enseguida. Siempre lo hacía. — Tienes esa cara otra vez — dijo, apoyándose en la taquilla de al lado —. La de cuando estás pensando demasiado. Emma sonrió apenas. — No puedo evitarlo. Es como si todo lo que siento no se callara nunca.

Desde la conversación de Alex bajo la lluvia, Emma no había dejado de revivir cada palabra, cada gesto. No sabía si había sido valiente o imprudente, si había hecho lo correcto o si simplemente se había dejado llevar. Pero lo que si sabía era que ya no podía volver a ser la de antes.

En clase, Alex se sentó dos filas delante. No habló mucho, pero cada vez que giraba un poco la cabeza, Emma sentía ese mismo nudo en el pecho. No era solo nervios. Era la sensación de ser vista, de existir de otra manera. Como si, por primera vez, alguien escuchara el eco de lo que llevaba dentro.

Valen, en cambio, no dejaba de observar desde el fondo del aula. Sus miradas eran rápidas, cargadas de algo que Emma no sabía si era curiosidad, molestia o simple incomprensión. Cuando la profesora pidió silencio, Valen murmuró algo que hizo reír a los chicos de su alrededor. Emma fingió no oírlo, pero el comentario se le quedó grabado más de lo que quería admitir.

En el recreo, Luna y Emma se sentaron en el mismo banco de siempre. El cielo estaba despejado, demasiado tranquilo para el torbellino que Emma sentía por dentro. —¿ Sabes qué es lo peor? — dijo Emma, jugando con la cremallera de su mochila —. Que ahora todo lo que pienso vuelve a mí. Como si mis propias palabras rebotaran en las paredes. Luna la miró con ternura. — Eso es crecer. Lo que sientes ya no se queda escondido. Hace ruido. Deja eco.

Más tarde, al salir del instituto, Emma caminó sola un tramo del camino. Necesitaba silencio, aunque sabía que no lo encontraría del todo. Pensó en quién había sido, en quién estaba siendo, y en quién podría llegar a ser. Cada decisión, cada emoción, dejaba una huella. Un eco que no desaparecía, sino que se transformaba.

Y mientras cerraba el cuaderno, Emma supo que, aunque el mundo siguiera haciendo ruido a su alrededor, aprendería a escuchar su propio eco. Porque ahí, entre dudas y emociones, estaba empezando a encontrarse.




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